Ciclismo antiguo
El gran repaso de Gaul a Anquetil
Entre la nieve, en una etapa maratón, Gaul le recordó a Anquetil quién era el ángel del Giro
Admitimos que este viaje al pasado entre dos monstruos del tamaño de Charly Gaul y Jacques Anquetil tiene algo de interesado.
¡Ay las etapas largas! Esas proscritas en las grandes vueltas, con mentores que nos justifican su no necesidad, como si el fondo fuera cuestión de kilometrajes juveniles, de ciento y poco, como si esos llamados “minutos de la basura” fueran prescindibles en un deporte que si una cosa ha demostrado es que siempre pasan cosas, incluso hasta cuando parece que no suceden.
Por eso siempre decimos: el kilometraje es necesario hasta cuando parece que no lo es
No es la madre del cordero, ni siquiera la fórmula mágica para garantizar espectáculo, pero la inclusión de etapas de 240 kilómetros tiene una cosa y es que condicionan de tal manera, para bien o para mal, que tarde o temprano sus efectos acaban aflorando de la manera más insospechada.
Estos kilometrajes hoy vedados eran la norma, por eso, hace un tiempo.
Y no hace falta irse a la prehistoria del ciclismo, si nos quedamos con la etapa entre Aosta y Coumayeur del Giro de 1959, veremos que ha sido algo muy extendido siempre.
Ese día dos lugares tan próximos en el mapa, fueron separados por 296 kilómetros, una barbaridad de maratón alpino que sólo podía, eso, destrozar la carrera.
Una carrera que giraba sobre dos astros Jacques Anquetil y Charly Gaul
Tras un duelo de ida y vuelta, el normando lideraba la general con tres minutos largos sobre un luxemburgués que, gran escalador y amante de las condiciones adversas, sabía que en esa esquina de la bota itálica tendría su opción.
En un círculo infernal de puertos, Gaul ya buscó la espalda a la defensa de Anquetil en el Forclaz, puerto en el que el francés se las vería en pocos años con el mismísimo Bahamontes.
El movimiento hizo daño, pero no el suficiente.
En medio de la cada vez más densa nevada, Gaul abrió un hueco de tres minutos que Anquetil enjuagaría en el valle.
Primer aviso.
El siguiente, sin dilación, llegó en los 26 kilómetros hacia el Petit Saint-Bernad, un coloso entre murallas de nieve por cuyo camino Gaul hace maravillas con el desarrollo y saltarín reventaba a la maglia rosa.
Anquetil había dicho basta, su defensa cae en picado y se deja nueve minutos y medio en los confines de Courmayeur, a los pies del Monte Bianco.
Había cedido en una lucha sin cuartel durante tres semanas y la temeridad de una nevada copiosa mezclada con una kilometrada de esas que para bien o mal demuestran que el ciclismo nunca deberá darle la espalda a las señas que un día le hicieron grande.
Imagen: Wikipedia Commons




