Ciclismo
El santuario ciclista de Gran Canaria es éste
Ningún ciclista quiere dejar de visitar la gran cima de Gran Canaria
Preguntar por la importancia del Pico de las Nieves para el ciclista es obtener una respuesta unánime: es la referencia número uno, el faro que guía a cualquier ciclista que se atreva a rodar por Gran Canaria.
Situado estratégicamente en el corazón de la isla, su magnetismo atrae a corredores desde todos los puntos cardinales, generando un goteo constante de maillots que no cesa ni en los repechos iniciales ni en las zonas que serpentean buscando la gloria de la cima.
Esta montaña se hace querer a base de respeto, pues no es una ascensión amable, sino un puerto cuya dureza excede lo convencional y se convierte en el reflejo perfecto del ciclismo insular: una experiencia de mil paisajes y continentes condensada en un pedazo de tierra en medio del Atlántico.
Al extender el mapa sobre la mesa, se despliega un enjambre de rutas capilares que buscan el asalto final, cada una con su propia personalidad, pero todas compartiendo ese aura de desafío total que en el argot internacional llamaríamos un “challenge” de primer nivel.
La vertiente este se alza como la más célebre en este laberinto de asfalto.
Aunque el contador empieza a sumar desde Ingenio, la verdadera batalla comienza cuando la carretera se encabrita de forma salvaje a partir de La Pasadilla.
Es apenas un desvío a la derecha en el corazón del pueblo, pero ese giro marca el inicio de una aproximación agónica hacia la base del coloso.
Esta cara este no es solo famosa por su desnivel, sino por ser el escenario de eventos internacionales y de duelos que ya forman parte del imaginario colectivo, como aquel pulso entre el oficio de Luis Ángel Maté y la resistencia de Chema Martínez. Antes de poner el pie en el pedal, conviene mirar al cielo, pues el viento y las nubes son visitantes frecuentes que pueden endurecer el camino a partir de los 1500 metros, donde la temperatura cae y la cara norte empieza a mostrar sus dientes.
Si decidimos mirar hacia el sur, el abanico se abre desde el desierto de Maspalomas.
Aquí el ciclismo se vuelve un viaje en el tiempo y la naturaleza, partiendo desde las dunas para ver cómo el paisaje transmuta en algo propio de los Alpes según ganamos altura.
Ya sea por Fataga, las variantes de Santa Lucía, Mogán o el temido Valle de las Lágrimas, todas las rutas del sur comparten una miga particular: alternan rampas brutales con descensos pronunciados que, en caso de vuelta, se transforman en trampas para las piernas cansadas.
El clima aquí suele ser más estable y el sol un compañero fiel, pero la exigencia no disminuye. Coronar el Pico de las Nieves es, en definitiva, la graduación necesaria para todo aquel que quiera entender por qué esta isla es el epicentro del ciclismo cuando el continente tiritas de frío.





