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Mundo Bicicleta

Es imposible no querer ser ciclista en Yorkshire

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Tour de Yorkshire JoanSeguidor
DT – 2022 post

En UK hay una región que ha entrado en el mapa ciclista: Yorkshire

Tour de Yorkshire: Qué carrera, qué realización, qué paisajes.

El otro día nos asombrábamos por lo que mueve el ciclismo en UK, con lo que se refleja en Yorkshire y su vuelta.

Una carrera que se ha jugado entre nombres que no son de gran de relumbrón, pero que ha puesto en juego todas las virtudes de una tierra advenediza en este deporte, con una tradición contenida en el tiempo, pero ilimitada en el territorio, que ofrece una materia prima envidiable para este deporte y su envidia.

Gravel Ride SQR – 300×250

 

SQR – Cerdanya Cycle

 

Ha ganado Chris Lawless, con la inestimable ayuda del irlandés Eddie Dunbar, que se trajeron de los saldos del Aqua.

Es un tercer espada del Ineos que ha sufrido lo indecible en un escenario agitado por el propio  Chris Froome.

Bloom by Gobik: el maillot ultraligero, muy ceñido y altamente transpirable que hace efecto segunda piel

El inglés que opta al quinto Tour ha formado parte de la primera aparición dl Team Ineos con su maillot definitivo.

Y ha contribuido al triunfo del equipo, el primero, incluso llamándose Sky.

Froome se acuerda de los jóvenes que igual un día tendrán que trabajarle y dejarse la vida por él.

 

Si no habéis visto, vedla, y os damos varios motivos.

Por esos equipos continentales ingleses que dan cera en su terreno hasta extremos insospechados.

Corren como si no hubiera un mañana, una clásica diaria, con una categoría y clase sobre la bicicleta que viene de escuela, de esos velódromos que proliferan con éxito por la gran isla.

https://www.facebook.com/LeTourYorkshire/photos/a.802247896504840/2319644021431879/?type=3&theater

 

Esa forma de rodar, entre muracos que hacen justicia a la Lieja o Amstel, rampas del 20 o del 30%

Tour de Yorkshire pueblo JoanSeguidor

FB Tour de Yorkshire

Esa forma de rodar es de persecucionistas, de especialistas en madison. 

Una forma de rodar que se compaginó con los Roompot y sobre todo con los daneses del Riwal de donde salió un ganador de etapa, la del espigón golpeado por las olas de un mar enfurecido, la de Scarborough. .

La etapa de Alexander Kamp.

Que Ineos esté en ciclismo nos parece perfecto

En las trampas de los últimos días los Ineos echaron mano de hasta Chris Froome para derribar la fortaleza de Kamp,

 

Carrera emocionante, tiempo variable, meteorología «legendaria» y una realización escandalosa, de vértigo, aprovechando cada guiño del terreno.

Y además la gente, que enloquece con los ciclistas en UK.

Tour de Yourshire publico JoanSeguidor

FB Tour de Yorkshire

Una forma de ver este deporte curiosa, entre ingenua, como el amor de primera juventud, y sumamente crítica.

Sorprendiéndose ante cosas que son tan antiguas como este deporte, y dejándose querer como no vemos en ningún otro lado.

Yorkshire es un vergel de afición como vemos en pocas carreras durante la temporada. 

Cambrils Square Agosto

 

Multitudes atropelladas en las cunetas que visten ropa ciclista, de calle y performance.

Gente que ama la historia de este deporte, sus raíces, que compran revistas como objetos de lujo, porque sus ediciones son de lujo y lo que es más complicado, hasta rentables.

Sus equipos profesionales y continentales no sólo dan cera, como los italianos en su Giro, visten con gusto exquisito unos maillots que en un e commerce invitan a eso de «agregar carrito».

 

Y luego los paisajes, los cambios de rasante, las abadías sin techo, los castillos en ruinas, los espigones asaltados por las olas del Mar del Norte, colinas verdes de «pedra seca» como en Menorca fruto de los minifundios de cultura celta…

Tour de Yorkshire meta JoanSeguidor

Yorkshire nos ha ganado, entra en el circuito de Lombardía, Euskadi, Flandes y otros enclaves eminentemente ciclistas, pocas veces alguien lo hizo tan bien, en tan poco tiempo. Tour

World Fondo WT – Epic
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Mundo Bicicleta

La Peña Cabarga: La cima que mira el mar

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DT – 2022 post

En la Peña Cabarga la vista abarca desde la bahía de Santander a los primeros Picos de Europa

El día que muchos supimos de Peña Cabarga es ese que ilustra este artículo, con aquel mano a mano Froome vs Juanjo Cobo… vaya tarde.

Cantabria es pequeña. Pero este término puede ser muy relativo ya que esto no le impide ofrecer a cicloturistas de diferente pelaje, desde duras cumbres para escalar y probarse en sus severas cuestas, hasta carreteras junto a playas de aguas tranquilas para pedalear y rodar con tranquilidad.

Cantabria es la Montaña, como si no hubiese lugares, que los hay, más distantes del nivel del mar.

Una tierra en la que más de su mitad está 600 metros por encima de su piélago, el Cantábrico, un mar duro que combate fuerte con sus altas olas.

Los naturales de la tierra son los montañeses, gentes que pueden estar separados por pocos kilómetros, entre los que viven en la alta montaña y los pescadores de la costa. Del litoral a los Picos de Europa, donde las alturas se disparan hasta los 2.500 metros.

Shimano Sep 2022 – Post

Cantabria es verde naturaleza y azul de los cielos y el mar.

Terruño de difícil acceso en la antigüedad, donde las sierras han formado una barrera natural, Cantabria es equilibrio, entre el mar y el monte, entre la naturaleza y la obra del hombre.

Vamos a comprobarlo.

Parque Natural de la Peña Cabarga. Santander. Una de las ascensiones más duras que se pueden realizar en bici en esta bella tierra.

Como diría un buen amigo, «una subida para cicloturistas muy bien preparados». Y con muy buen desarrollo, añadiría yo.

Pero estamos en junio. Nuestro mes. Estamos en nuestro mejor pico de forma y nos decimos a nosotros mismos ¿por qué no? El verano ha llegado y lo ha hecho para hacernos feliz, para que lo llenemos de colores y de sueños… cicloturistas, parafraseando la famosa canción.

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Sol. Calor. Tiempo de playa. También de montaña. Mes de vacaciones para algunos, como pueda ser nuestro caso, disfrutando de esta joya que es Santander que nos recuerda nuestra infancia. Y nuestra juventud. Cuando pasábamos largos y cálidos veranos en inolvidables estancias junto al Cantábrico. Matinales de playa con la familia. Tardes de bici con los amigos, bajo el inconfundible canto de la chicharra. Salidas, a veces, a ritmo de verano azul. Otras, muchas,

muy duras. El reto era alcanzar el alto de Peña Cabarga, una escalada muy exigente a este macizo santanderino, donde nos dábamos palos por todos lados y nos picábamos en sus inflexibles rampas.

Sudor. Calor. Cansancio. Fuerzas llevadas al límite. Meriendas junto al monumento a los marinos de Castilla. ¡Qué recuerdos!

Allí arriba, gozando en su cima de las vistas, contemplando toda la Bahía de Santander, los valles y los Picos de Europa, nuestros sentidos se abrían y observábamos fascinados cómo se conjugaban con fuerza todos los elementos de la naturaleza, el cielo y el mar, la montaña y el viento.

Hoy volvemos. Para allí que vamos. Le tenemos ganas.

Nos bajamos la cremallera del maillot. El día ha sido caluroso. Habremos rebasado los 30º grados con facilidad. Lo bueno que tiene salir a media tarde, aprovechando los largos días de junio, es que la intensidad del sol va bajando a medida que también nosotros vamos avanzando en nuestro pedaleo, mientras el sonido de las golondrinas, que tanto nos gusta también, cantando alegres y revoloteando entre los callejones, nos acompaña en estas primeras pedaladas mientras enfilamos la antigua carretera entre Santander y Bilbao.

Habremos salido prácticamente tocando la fina arena de la playa del Sardinero, para en apenas 20 kilómetros alcanzar el Mirador del Indiano, allí arriba. Así de cerca. Así de lejos. Pensar en este muro nos hace verlo próximo, porque a 14 kilómetros de Santander, enfilando la recta de Heras, encontramos el cartel que nos indica el camino a seguir para superar el resto. También nos dará la impresión de distancia, de mucho trayecto, pues en esos últimos 6 kilómetros, en los que comienza la diversión, es donde sentiremos en nuestras piernas toda la dureza de esta gran cuesta y, con dolor, después de tomarnos con calma sus tres primeros kilómetros al 10%, para llegar al falso llano de 500 metros, respirar profundamente, antes de encarar sus infernales 2 kilómetros y medio hasta la cúspide.

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Por eso, la recomendación es tranquilidad, buen ritmo y no forzar mucho, estirar piernas en el descansillo, y afrontar con cabeza y piñón grande la pendiente que se nos vendrá encima con una empinada rampa de 200 metros al 22% de desnivel que se nos hará eterna.

No podremos olvidar las imágenes que vendrán a nuestra memoria, como fogonazos, recordando como reptaban por aquí, retorciéndose, escaladores de la talla de Joaquim Rodríguez, Chris Froome, Juanjo Cobo o Vasil Kirienka.

Pasado este trance, sólo nos quedará pedalear 500 metros más hasta la cima con una no menos exigente media al 8%. Un vértice fabuloso coronado por el Pirulí de Peña Cabarga.

Prudencia en el descenso y buen retorno, de nuevo, al mar.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: Diario de Jaén

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En Pailhères tendrás el puerto total

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DT – 2022 post

Pailhères fue el primer gran escenario de Nairo en el Tour

Un puerto soberbio, a 2001 metros de altitud con una magnífica carretera para ascenderlo tanto si lo hacemos desde Axat como desde Ax-les-Thermes. Admiración. ¡Oh! Pailhères, sí. Eso es.

Si tuviera que explicarlo lo primero que saldría de mis labios sería esta exclamación.

Asombro. Fue lo que yo sentí cuando lo ascendí por primera vez en julio de 2013, como cuando Nairo explotó en la grande boucle. Aquel año, aquel verano en el Tour. ¡Qué gran recuerdo! Estaba fuerte aquella temporada y quizás haya sido una de mis mejores ascensiones a un gran puerto, a todo un hors catégorie, donde yo encontré mi mejor golpe de pedal en uno de los escenarios más sorprendentes que yo pueda recordar. “De dibujos animados”, lo llaman algunos.

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Fascinación. Y eso que lo tuve que ascender con una corona trasera de 25, que era lo único que pudo ponerme el simpático alemán Wolfgang, mecánico de Focus, marca de bicis por la que había sido invitado a sentir toda una experiencia en la Grand Boucle. “Tendrás que tirar de piernas”, recuerdo que me dijo en su día, medio en alemán, medio en francés.

Seducción. A pesar del “dolor”, del sufrimiento en un día de sol radiante de mucho calor, el típico día de verano de la alta montaña del julio francés, decidí disfrutarlo, y vaya si lo hice.

Atracción. Aquella jornada nos pusimos en marcha tres alemanes, un inglés, un francés, un italiano y yo (sí, como en los chistes, je), iniciando desde Axat, bonito pueblo del Languedoc-Roussillon situado a 405 metros de altitud, y cruzando el puente sobre el Aude, una preciosa ruta de unos 20 kilómetros en suave ascenso dirección a Usson-les-Bains (785 m) pasando por una carretera encajonada entre rocas: el bello paso de Les Gorgues de St. George atravesando el Valle del Aude.

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Maravilla. A ritmo de cháchara y de risas, mientras pudimos, llegamos al cruce a mano derecha donde se desataron todas las hostilidades: los alemanes se descolgaron y yo me fui detrás del francés que inició la subida como alma que lleva el diablo.

Hechizo. Al final lo tuve que dejar y poner intermitente a la derecha porque aquel ritmo me iba a reventar. Además hacía muchísimo calor. Me preparé para sufrir, puse el 25 y para arriba, sin prisa pero sin pausa, notando el aliento en mi cogote de algunos que ya se me iban acercando.

Encanto. En Rouze (980 m), un pequeño descanso alivió mis piernas y me hizo bajar piñones. Pasado este pequeño suspiro las rampas volvieron a endurecerse. De pronto me giré y vi al inglés poniéndose a mi lado, asfixiado. Me adelantó unos 25 metros y se bajó de la bici. Abandonaba. No podía más. Yo seguí a mi ritmo, pasando mucho calor, pero más o menos bien. Luego supe que el resto también plegaron, incluido el italiano. Aquí también recordé la etapa del Tour de 2003, cuando un villano llamado Lance las pasó canutas en una jornada como la de aquel día, en plena ola de calor y a más de 30 grados: maillot abierto, boca abierta buscando aire, y mirada baja, que hizo que hasta se le desencajara el rostro y pareciera algo más humano.

Embrujo. Recuperando fuerzas, aprovechando un pequeño rellano entre agradecidas sombras de hayas, a mitad de puerto y a la salida de aquel bosque, es cuando pude contemplar hasta dónde tenía que llegar. Vistas impresionantes de la cima del puerto de Pailhères, en la que aún quedaban rastros de nieve en sus laderas rodeadas de verdes prados. Unas montañas bellísimas. Un paraíso pirenaico espectacular.

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Embeleso. Uno de los puertos más hermosos que yo haya ascendido nunca con esa poquita de razón ante tanta locura, porque Palhières (“la razón de la locura”) es así, te aprieta pero no te ahoga, te deja hacer sin que te vuelvas loco, sino padeces de síndrome de Stendhal porque es inmensa la belleza que se presentó delante de mí, algo que, por otra parte, hizo que mi sufrimiento encima de la bici lo tuviera bastante distraído a la espera de que por fin saliera la fiera de escalador que llevaba dentro, que por algún sitio tenía que estar, y pudiera vencer sin problemas al coloso.

Furor. Como siempre, de menos a más, y sobre todo en la zona de curvas, nada menos que hasta 19 según han contado algunos, es donde mejor me encontré y donde di mi mejor golpe de pedal. Así es, en los lacitos es donde más fácil subí.

Éxtasis. Ya estaba a punto de coronar. Las cunetas llenas de auto-caravanas y mucho público que jaleaban nuestro pequeño Tour particular, esperando el de verdad para el día siguiente. Una experiencia extraordinaria. En aquel momento estar rodeado de gente que animaba me daba alas literalmente, soltando el pedaleo, demostrando que iba bien, porque notaba ese empujón invisible que hizo que lo diera todo y coronara con fuerzas, tras 15 kilómetros de duro ascenso hasta llegar a los 2001 metros de altura.

Wolfgang, ¿cuándo volvemos? Pero como alguien dijo, la próxima vez «mon Dieu, ¡ponme un 28!»

Por Jordi Escrihuela

 

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Mundo Bicicleta

El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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DT – 2022 post

Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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Países Bajos: un ancestral amor por la bicicleta

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DT – 2022 post

Así se vive la bicicleta en cualquier viaje por los Países Bajos

Poned un pie en Amsterdam, en los Países Bajos. Si usamos la vía normal será a través del principal aeropuerto del pequeño estado que ganó terreno al mar, Schiphol. Luego cogeréis un tren dirección estación central y allí accederéis a la vida normal de una ciudad que parece no dormir nunca.

Y lo veréis, un parking de varios pisos de altura donde se sitúan encajadas que digo cientos, miles de bicicletas, perfectamente acopladas, situadas y alineadas en grandes hileras.

Un espectáculo de civilización. Daréis dos pasos y os pitarán por izquierda y derecha, quizá hasta por arriba y abajo, son bicicletas que van y vienen. Gente de todas las edades, chicas con falda, ejecutivos con traje.

Todo armonía. Todo simple.

Shimano Sep 2022 – Post

Apreciaréis riadas, continuos movimientos informes de personas sobre su bici, también que el tráfico es menos denso, como más fluido.

Atascos habrá, como en todas las grandes urbes, pero mucho más llevaderos. Coger un bus, llamad a un taxi. Comparadlo con Madrid o Barcelona. Aquello va como más ligero.

Coged un tren e id a La Haya, o Delft, ciudades preciosas, modernas con sus enclaves de siempre, acanaladas en algún caso y sembradas, auténticamente trufadas de bicicletas.

Disfrutad de los bajos de las estaciones de tren con bicis que van y vienen, mirad el parking para bicis en Delft.

Acercaros a la que dicen ser la más católica de las ciudades de los Países Bajos, id a Utrech, la que vio la salida de Tour de 2015 o la de la Vuelta 2022.

Es una ciudad por y para ciclistas.

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Sinceramente, las flacas abruman, es terrible, son las reinas del paisaje, de la calzada y casi de las aceras, los coches frenan al verlas pasar, son el auténtico motor del lugar y del país.

Una isla en medio de países fuertemente motorizados, porque en sus senos crecieron grandes industrias automovilísticas.

Al norte Suecia, donde el respeto al ciclista no es la norma, al oeste Francia, al sur Alemania.

Ahora estos países y otros se quieren subir a los beneficios de la la bicicleta, pero estos ya se respiran en los Países Bajos desde hace tiempo ¿por qué? ¿de dónde viene ese arraigo?

Pues le viene de lejos, de tan lejos que hay que irse al 1870. Mientras Alemania sueña en grande con Bismarck, los neerlandeses adoptan la bicicleta como elemento propio y diferenciador, un instrumento que además perdura ante la inexistente industria del coche del país, lo que le confiere autonomía en la planificación de las ciudades.

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En esas fechas surgen las primeras asociaciones de velocipedistas, que hacen un ímprobo trabajo en la promoción de la bicicleta, esa máquina que entroncaba con la época de los grandes navegantes que yacen en las iglesias de Amsterdam, tiempos de esplendor que se recrean a través del equilibrio, libertad e independencia, valores que transmite la bicicleta, hoy la reina del lugar.

Y si no mirad lo que era Amsterdam en los años setenta, una utopía que casi cincuenta años después muchas ciudades europeas sueñan con ser.

Ellos ya lo eran entonces, nos llevan mucha ventaja.

Imagen: Amsterdam Bikes

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