Ciclismo
El momento del ciclismo francés es dulce
Ya no es sólo Seixas, muchos nombres hacen volar al ciclismo francés
El ciclismo francés ha vivido durante casi dos décadas instalado en la paradoja: una base social inmensa, las mejores infraestructuras y el mayor espectáculo del mundo en casa, pero un vacío de poder absoluto en las generales del World Tour.
La reciente victoria de Paul Seixas en la Itzulia de 2026 no es solo un triunfo deportivo; es el final a una sequía de diecisiete años que pesaba como una losa sobre el orgullo de la potencia gala.
Desde que Christophe Moreau se impusiera en el Dauphiné de 2007, el casillero de las vueltas por etapas de máxima categoría permanecía inalterable, un dato que retrata con crudeza la realidad de una generación que se acostumbró a los premios de consolación.
Con la Flecha Valona, Seixas suma clásicas World Tour a generales World Tour.
Es la punta de lanza de un ciclismo que carbura, y mucho.
Ojo el fono de armario: Paul Magnier, Romain Grégoire, Christophe Laporte, Kévin Vauquelin, Dorian Godon, Axel Laurence, Lenny Martinez, Valentin Paret-Peintre…
Ahí va calidad, ambivalencia y pegada total: Killers como Laurence o Godon, finos escaladores como Lenny o Valentin, la velocidad extrema de Paul Magnier y la polivalencia de Vauquelin, brutal.
No es que Francia haya carecido de talento en este tiempo, pero sí de la contundencia necesaria para rematar los grandes escenarios.
Hemos visto pasar a los Thibaut Pinot, Romain Bardet o David Gaudu, a quien no conviene licenciar aún, ciclistas de una calidad incuestionable que han poblado podios y han hecho vibrar a la afición, pero que siempre terminaban sucumbiendo ante la tiranía de los grandes capos internacionales. El éxito se medía en etapas o en maillots de la montaña, migajas para una nación que históricamente dominó el palmarés.
Mientras Julian Alaphilippe conquistaba el mundo en el formato de un día, el fondo de armario para las carreras de una semana o tres semanas se revelaba insuficiente ante el empuje de los bloques británicos, eslovenos o daneses.
La irrupción de Paul Seixas en el País Vasco cambia el paradigma por completo.
Sé que hablamos mucho de él, pero es que con diecinueve años, este joven ha logrado de un plumazo lo que nombres consagrados no pudieron gestionar en toda una carrera profesional.
Su victoria en la Itzulia rompe un muro psicológico y sitúa el listón en un lugar diferente para los que vienen detrás o por el lado.
El ciclismo francés ya no necesita mirar atrás, a los tiempos de Jalabert o Moreau, para recordar cómo se gana su plaza entre los mejores.
Seixas ha devuelto a Francia a la mesa de los adultos, los que vienen con él son muy buenos, terminando con un desierto que parecía eterno y obligando al pelotón internacional a volver a mirar con respeto el azul de su bandera en los podios finales.
Imagen: Volta Catalunya






