Ciclismo
Cada victoria de Egan Bernal se celebra
Egan Bernal mantiene el maillot más bonito
El ciclismo tiene una memoria de elefante para el éxito y una amnesia selectiva para la tragedia física.
Egan Bernal acaba de encadenar su segundo título nacional en Colombia, un hito que en cualquier otro contexto invitaría a descorchar el champán y soñar con el amarillo de los Campos Elíseos.
Sin embargo, el propio corredor se ha apresurado a poner el pie a tierra antes de que la prensa y los aficionados empiecen a construir castillos en el aire.
No hay regalos en el pelotón profesional, y Egan lo sabe mejor que nadie.
Su advertencia contra el aumento de las expectativas no es un ejercicio de falsa modestia, sino una lectura cruda de su realidad actual.
Ganar en casa tiene un valor sentimental inmenso y confirma que sigue siendo un ciclista de élite, pero la brecha que le separa del nivel exhibido en 2019, aquel año donde parecía que el futuro le pertenecía en exclusiva, sigue siendo un abismo que el tiempo y las cicatrices no terminan de cerrar.
La realidad le ha situado en un escalón muy digno, el de los elegidos que pueden disputar carreras de primer nivel, pero lejos de la tiranía que imponen los nuevos capos del circuito mundial.
El triunfo en los Nacionales de Colombia es una muesca necesaria para su moral, un recordatorio de su clase natural, pero no es un pasaporte de vuelta a la cima.
Incluso su victoria de etapa en la pasada Vuelta a España, un momento de liberación donde por fin pudo alzar los brazos en una grande tras su calvario personal, vino envuelta en una atmósfera extraña.
Fue aquella jornada marcada por las protestas y la sombra del conflicto en Palestina, un ruido externo que pareció difuminar el brillo deportivo de su hazaña.
Bernal camina ahora por un sendero de honestidad brutal; se sabe competitivo, se sabe capaz de ganar cuando las circunstancias se alinean, pero también entiende que el ciclismo de hoy no espera a nadie, ni siquiera a los que han regresado del infierno.
Su discurso es el de quien ya no corre por obligación de leyenda, sino por el respeto a un oficio que le exige su mejor versión, aunque esta ya no sea suficiente para dominar el mundo.
Imagen: Sprint Cycling Agency



