Poco pero muy bueno, eso es lo que gana y nos gana Ben Healy
Hay ciclistas que ganan más allá del resultado, tipos que se cuelan en la historia por la forma en que compiten, no sólo por lo que levantan los brazos.
Este 2025 ha sido el año en que el irlandés del EF Education–EasyPost ha pasado de promesa de culto a realidad de las grandes ligas.
El Tour de Francia lo cambió todo.
Ganó en Vire Normandie, se vistió de amarillo durante dos días y acabó noveno en la general, su mejor posición en una grande.
Lo hizo como siempre: a lo loco, en fuga, tirando más de la cuenta, con ese punto de inconsciencia que separa a los valientes de los que esperan a que los favoritos se muevan.
Fue el premio a su insistencia, tras un 2024 lleno de escapadas cazadas.
En el EF lo saben bien: lo suyo no es especular, es atacar, agitar la carrera, ponerla patas arriba.
En aquella décima etapa, el equipo rozó la perfección: Harry Sweeny y Alex Baudin vaciándose para que Healy se enfundara un amarillo que sólo tres irlandeses habían lucido antes: Roche, Kelly y Elliott.
Un hito. Un baño de ego y una postal para siempre.
Pero si el Tour fue la confirmación, el Mundial de Kigali fue la consagración.
Allí, entre la primavera corona jugada en terreno africano, Healy se metió en el grupo bueno: Pogačar, Evenepoel, Skjelmose… y él. Cuando Remco se lanzó a 20 de meta, Healy resistió hasta donde pudo, soltó al danés en el último repecho y cruzó la meta con el bronce.
Un bronce que sabe a oro. “Nunca había visto un público así”, dijo con los ojos brillantes. Aquella tarde África se tiñó de arcoíris y el irlandés entró en la foto junto a los monstruos.
Healy compite contra gigantes, pero no se arruga. Sabe que batirlos es casi imposible, pero también que cada vez está más cerca.
Su palmarés crece a su manera: con ataques desde lejos. exitosos también en Itzulia, con gestos de otro tiempo, con la elegancia torpe de quien va más rápido que su bicicleta.
En un ciclismo de cálculo y vatios, Healy representa el romanticismo del riesgo.
Lo poco que gana sabe doble.
Su equipo, el EF, lo sabe y lo celebra: con menos presupuesto, pero con más alma.
Este año el irlandés no sólo ha ganado etapas o medallas: ha ganado el respeto de todos.
Y eso, en este circo de titanes, vale más que cualquier maillot.
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