Ciclismo
París-Roubaix: El botellazo a Van der Poel es para encerrar
Las agresiones a Van der Poel en las grandes carreras se han convertido en un clásico indeseable
La escena fue tan absurda como alarmante, sobretodo porque no es la primera vez: dejado atrás Pogacar, en pleno fragor de la carrera, con 33 kilómetros por delante, Mathieu Van der Poel lideraba la París-Roubaix en solitario.
De repente algo algo voló por el aire para impactar directo a su cara.
No era una rama, no… era un bidón lanzado por un espectador.
Un imbécil de 28 años, que decidió en pleno delirio de la carrera, arrojarle una botella al ciclista como si fuera parte del espectáculo.
Como cuando le tiraron una gorra, creo que el año pasado, cuando no escupitajos en las carreras de ciclocross, en invierno, templos de la pasión por el ciclismo en el que se cuelan cuatro subnormales a descargar la tensión de la semana.
Esto no pasaría en España, sucedería en el fútbol, pero en Bélgica nuestro deporte es el Rey, y con ello viene todo lo bueno y también lo malo.
Van der Poel, enfadadísimo en la meta, lo llamó directamente “un intento de homicidio” y tiene razón.
Si en ese momento se va al suelo a más de 50 por hora ¿que hubiera podido pasar?
No sufrió lesiones, por suerte, pero el susto y la gravedad del gesto fueron evidentes.
Como decimos lo más inquietante es que no se trata de un caso aislado.
A MVDP ya le ha tocado lidiar con situaciones similares: le han tirado cerveza, escupido, empujado, e incluso han intentado interferir con su bici. ¿Por qué tanta agresividad contra él?
Alguna vez el ciclista ha respondido, pero no puede ser la solución.
Comenta L´Equipe, hay un patrón claro: todos estos incidentes suceden en Bélgica, sobre todo en Flandes o cerca de la frontera.
Y ahí entra un detalle interesante: en Flandes, donde el ciclismo es casi una religión, Van der Poel no es precisamente un santo.
La rivalidad con Van Aert es una parte, pero también su personalidad desinhibida, su gusto por los lujos y su aura de estrella no terminan de encajar con el perfil más sobrio que muchos fans flamencos admiran.
Es cierto que cuando Mathieu, su pareja y parte de su séquito llegan a la carrera hay un revuelo, pero nadie le ha regalado nada, ni el deportivo que a veces le ceden desde un concesionario de Amberes ni el relojazo que también lleva Tadej Pogacar.
Es un bon vivant, se lo ha ganado, camina por el pasillo de la historia y eso tiene un coste en positivo para él, luego en carrera, entra, compite y muchas veces gana, pero no se le conocen malos gestos con rivales, como sí sucedió con su compañero Philipsen en el Tour de hace dos años.
El agresor, flamenco para más señas, ya se entregó, supongo que abrumado por la muchedumbre que le rodeaba y le vio hacer esa barbaridad, además de ser identificado por las cámaras.
Alpecin tomará medidas legales, bien que hace.
Porque sí, en Flandes el ciclismo mueve pasiones como pocos lugares en el mundo… pero nada justifica cruzar esa línea del respeto.
La pasión no es violencia, es otra cosa.








