Ciclismo
París-Roubaix: ¿Qué le pasó al Deceuninck?
Así se encalló la maquinaria del Deceuninck en la París-Roubaix más épica
11 de la mañana del domingo 3 de octubre de 2021, en la norteña ciudad francesa de Compiègne, como ya viene siendo costumbre desde 1977, se da inicio a la edición número 118 de la Paris-Roubaix y muchas miradas en el azul del Deceuninck.
La mañana se presenta húmeda, la lluvia ha aparecido en la ruta du Enfer du Nord después de haber sido la gran ausente durante 19 años, una circunstancia que lo cambia todo, un hecho nuevo para los ciclistas que nunca se han enfrentado a los adoquines de Roubaix con tal cantidad de barro y de agua.
Las miradas se ciernen sobre los protagonistas, Stuyven, Colbrelli, Van Aert, Van der Poel y sobretodo, los lobos de The Wolfpack, los Deceuninck cuya casa madre tanto ha dominado la París-Roubaix.
Son los cocos, las ruedas a seguir, el equipo de Lefevere representa la élite en las clásicas de adoquines, un solo movimiento de alguno de sus corredores sirve para poner en vilo a todo el pelotón y los rivales lo saben e intentan no perderles la rueda.
Christian Proudhomme da el pistoletazo de salida y los valientes ciclistas empiezan a devorar kilómetros. Los esfuerzos para que cuaje una escapada son constantes a la par que infructuosos. Lo prueban gente de la talla de Trentin o Van Avermaet pero ambos sin éxito.
Enfrente del pelotón una figura alta y robusta impone su ritmo constante. Vestido con su buzo azul no puede ser otro que Tim Declercq, El Tractor, la primera ficha que suelen mover los Deceuninck, señal inequívoca de que la maquinaria del equipo empieza a funcionar, la París-Roubaix lo merece.
Las carreteras están mojadas, muy mojadas, el barro abunda ofreciendo imágenes más propias de la Copa del Mundo de Ciclocross en Namur que de las Paris-Roubaix que se han celebrado en este milenio.
En estas circunstancias las caídas son una constante, ni tan siquiera los grandes protagonistas son ajenos a los malos infortunios, ciclistas como Pedersen o Sagan son cazados por la mala suerte, bien sea por un pinchazo bien sea por una caída.
A medida que la carrera avanza empiezan a aparecer los primeros tramos de adoquín, el famoso pavés que sirve de trofeo para el ganador de la prueba.
Las cosas siguen más o menos el guión que Tom Steels y Wilfred Peeters, directores del Deceuninck, han escrito.
Por delante marcha un grupo numeroso en el que los azules han filtrado al Tractor y Davide Ballerini un corredor que ya ha ganado clásicas de prestigio como la Omloop Het Nieuwsblad.
Mientras que en el pelotón aguardan los capos Stybar, Asgreen, Sénéchal y Lampaert junto con otro peón, Bert van Lerberghe.
Una posición muy cómoda para los Deceuninck que les libra del trabajo de tener que cazar, puesto que ha colocado a dos compañeros en la escapada y a su vez, en el caso bastante improbable de que la fuga llegara a meta, tienen situado a uno de los corredores más rápidos y fuertes del grupo.
Pero si algo hemos visto en Paris-Roubaix es que la suerte, caprichosa ella, da tumbos y más tumbos, y una situación que parece controlada, incluso por los Deceuninck puede torcerse en un santiamén.
Y de golpe y porrazo los pinchazos se ceban con Asgreen y Sénéchal, el francés llega a pinchar hasta en tres ocasiones, la última de ellas minutos antes de que la carrera llegue a toda marcha a la Troueé d’Arenberg, el primer sector cinco estrellas de la carrera, imposibilitando que el buen corredor francés pueda conectar con el grupo de elegidos que se disputarán la carrera.
Tampoco se libra del infortunio Yves Lampaert, el único que parece poder seguir a Mathieu van der Poel en el momento en el que el neerlandés lanza su ataque definitivo, pero la fortuna una vez más, da la espalda al equipo de Lefevere, un inoportuno pinchazo impide a Lampaert seguir al nieto de Poulidor, que se marcha en solitario para cazar al grupo de Colbrelli, Vermersch, Boivin y Van Asbroeck que a la postre, se disputarán la victoria final.
Suponemos que pocos de los lectores imaginaban una Paris-Roubaix en la que los Deceuninck no pudieran ejercer de capos de la carrera, pero la verdad fue bien distinta y la perfecta maquinaria azul se estropeó en medio de tanto barro y adoquín.
Pensamos que el naufragio de The Wolfpack es la mejor representación de lo que fue esta magnífica edición de la Paris-Roubaix, una carrera marcada por la lluvia, el barro y la fortuna.
Una fortuna de la que no gozaron la manada de lobos, que inicialmente habían planteado una buena táctica de carrera, lanzando a corredores por delante y manteniendo a salvo a sus principales bazas pero que se torció por la presencia de las caídas y de los pinchazos, los de Sénéchal y Lampaert y en caso concreto de Stybar y Asgreen, por la falta de fuerzas en el momento decisivo.
Estamos seguros de que el fracaso de Deceuninck-Quick Step en Paris-Roubaix será un caso aislado y los veremos de nuevo dominando las clásicas con mano de hierro y tiranía, pero permitidnos, al menos por una vez, el capricho de poder escribir sobre la derrota del mejor equipo de carreras de un día que la historia del ciclismo ha conocido.
Texto: @RBrugue
Imagen: FB del Deceuninck





