Ciclismo antiguo
Una tarde en Val Louron, con Indurain
Toda buena historia tiene un inicio, la de Indurain en el Tour arrancó en Val Louron
En los primeros días del confinamiento, hace ya diez meses, parece increíble cómo corre el tiempo, nos pusieron la etapa de Val Louron, Tour de 1991, cuando Indurain asaltó la corona que no soltaría en cinco años.
Aquella tarde de 1991, con la adolescencia a flor de piel, la recordamos calurosa, en el pueblo, pendientes del Marca que adquiríamos cada mediodía y la expectativa que allí debía pasar algo grande.
Pues aquel fue un Tour muy extraño, donde la dureza no era excesiva, concentrándose en pocos días.
Uno en especial, la etapa iba de Jaca al enclave de Val Louron, lugar poco visitado Tour, diluido entre los colosos del lugar.
Miguel Indurain pondría Val Louron en el mapa, en la historia
Día de espanto: 232 kilómetros, 6000 metros de desnivel y un perfil que dibujamos con los ojos cerrados, un diente de sierra en el que no omitía toda la dureza del lugar.
Entrando a Francia por el emblema de la Quebrantahuesos que la Covid ha enviado a septiembre este año, el Portalet, siguiendo por Aubisque, Tourmalet, Aspin y meta arriba de Val Louron.
Con la mochila cargada de plomo y desgaste, cincuenta ciclistas asaltaron el Tourmalet por el lado de Luz Saint Sauveur en el grupo principal.
No vamos errados si decimos que no hay cima + ciclista que el Col du Tourmalet. Lo podemos decir incluso en días en los que su cafetería de cima aparece confundida en medio de una montaña de nieve…
???? @grahamwatson10 pic.twitter.com/I8IO8grT5I— JoanSeguidor (@JoanSeguidor) January 24, 2021
Por delante Conti, Chozas y Pensec entre otros, iban en fuga
Pero el golpe viene de Greg Lemond, a diez de la cima.
Se cree Greg, Hinault, cinco años antes, sabiéndose, en su fuero interno, inferior.
Por eso ataca primero, quiere intimidar, pero Chiapucci, que era muy de entrar en el trapo, no se escurrió y luego vino el resto.
Fuerzas gastadas, el frío americano había consumido cartuchos que serían necesarios.
Arriba, donde se erige el Gigante Octave los días largos de verano, coronan ocho en el grupo importante.
Una cosa ya había sucedido, Perico ya no está con los mejores, Indurain vuela: el relevo se había consumado en Banesto.
Lemond, tampoco va ahí, ni Luc Leblanc, el líder, la carrera es un rosario de ciclistas chafados por unos acontecimientos que vienen en cascada.
La generación del 60 se ve superada: Fignon iría a más, Lemond sería un gato panza a arriba, Perico sabe que ya tiene otro capo por delante.
Es el momento de los chicos del 64: Indurain saca brillo a su entereza en la subida, está lúcido y parte en el descenso.
Chiapucci le cazaría en el valle hacia el Aspin, mientras Bugno espera instrucciones del coche, no sale a por ellos y se arrepentirá de por vida.
Confluyen los intereses, ahí, en el Vall de Campan, donde la fuente de los ciclistas, Indurain y Chiapucci escriben la historia gorda, el día más celebrado de siempre: faltaban 45 kilómetros para meta, llegarían de uno en uno, de dos en dos… pero los primeros fueron los mentados.
Para Miguel Indurain el amarillo, aquel de Val Louron en cuyo podio, el mecenas principal le puso la gorra en detrimento de la del equipo: ambos eran entidades bancarias.
Para Claudio, la etapa.
Casi treinta años después, aquello sigue sabiendo a gloria, lo que daríamos por volver a vivirlo.




