Ciclismo antiguo
El Tourmalet es el símbolo que resiste
El Tourmalet es la cima que mejor lleva el peso de los años
Nos contó mi querido Gerardo Fuster, cómo el Tour de Francia se adentró un día en los valles pirenaicos para encontrar puertos de montaña que pudieran ser visitados por aquellos pioneros en un raid tan peligroso como incierto que, sin embargo, nos sirvió el Tourmalet en bandeja.
Descubrieron un tesoro centenario para este deporte, poniéndolo en la ruta de la edición 1910 del Tour de Francia, siendo pasto de celebraciones cien años después, cuando Andy Schleck fue el primero entre la niebla de su cima.
Hoy han pasado más de 110 años de ese debut y podemos decir que el Tourmalet está tan en forma como el primer día.
Hace pocos días nos lamentábamos del triste Tour de Francia que, a mi juicio, se había dibujado para 2023.
Celebré la vuelta del Puy de Dôme, pero lamenté, la ausencia de pocos símbolos en la carrera, no sé, subidas como Ausbisque, Ventoux, Gabilier, Izoard y otras.
Sí, lo sé, es imposible tenerlas todas en todas las ediciones, pero no sé, algo como imponerse una cuota mínima de leyenda debería ser una máxima entre los ideólogos del Tour de Francia.
Que la carrera evoluciona es una verdad que nadie puede cuestionar, ni parar, pero olvidar que los puntos cardinales de la grandeza del Tour está, entre otras cosas, en sus símbolos sería negarle la mayor a la historia de la mejor carrera del mundo.
Hablo de esos enclaves que han marcado la historia y forjado los grandes personajes, no endentemos Bobet sin Izoard, ni Simpson sin Ventoux, como Coppi sin Alpe d´Huez, pues yo no entiendo un Tour tan desprovisto de símbolos, que no son más que una forma de poner a los grandes de ayer y hoy en el mismo teatro.
El Tour 2023 sólo sube el Tourmalet entre los grandes puertos de historia.
No sé si la pirenaica será la cima más emblemática del Tour, pero desde luego casi que pondría la mano en el fuego por ello.
Mientras otros enclaves languidecen o son visitados de forma muy espaciada (a mí el Galibier por el Télégraphe me parece inexcusable), el Tourmalet está en forma, pletórico, como la estatua que recuerda a Octave Lapize situada en su cima en los días más largos del año.
En 2023 el Tourmalet tendrá el Tour y casi seguro la Vuelta a España, como alto final de etapa, tras un encandenado de escándalo con el Aubisque.
Qué buena pareja hacen ambos.
Que el Tourmalet fuera el primer gran puerto de Pirineos y Alpes en ser cruzado por el Tour, y que en la edición que tenemos por delante siga ahí demuestra que el colapso de ciclistas y motos que se produce en los días de primavera y verano está justificado.
Sus dos caras, casi iguales en kilómetros y dureza, los memoriales y recuerdos ciclistas en los valles y cima y una paisaje brutal, todo eso es demasiado para que el ciclismo pro, que busca nuevas metas, se olvide de él.
Y sabéis qué, me gusta, porque al menos queda un resquicio de historia en todo lo que veamos el año que viene, al menos queda un punto cardinal íntegro para este bello deporte.
Imagen: A.S.O./Thomas Maheux





