Ciclismo antiguo
Ciclistas que querría haber visto: Bernard Hinault
De las 1000 historias de Bernard Hinault me quedo con el Tour que perdió ante Fignon
Cuando hablamos de grandes de siempre, tipo Bernard Hinault, vamos al grano de sus mejores días y triunfos sonados.
Bernard Hinault tiene un puñado grande grande, al punto que, estadísticamente, sólo un ciclista podría superarle, un tal Eddy.
Días como el mundial que gana a lo bruto en Sallanches, o la Lieja que gana entre la nieve, junto a sus cronos en el Tour, retratan un campeón eterno, con hambre infinita y ambición sin puesta de sol.
Pero más allá de esas exhibiciones que no conocen caducidad, de Hinault me quedó con la mala hostia que supo plasmar y eternizar sobre una bicicleta.
Si el deporte es un mezcla de condiciones físicas y actitud, creo que de lo segundo el bretón iba sobradísimo, un coco con un convicción tal que nunca escatimó un gramo de fuerza e intensidad en todo lo que hacía.
En una trayectoria como la suya habría sido bonito verle en directo, como ahora disfrutamos de los cracks que envenenan cada sobremesa de ciclismo, en más de una ocasión, como esa en la que abrió a la brava una manifestación que cortó una etapa de la París-Niza, creo recordar.
Hinault fue Bernard hasta su último aliento ciclista, un bretón machacón y abigarrado hasta el mismo Tour que dijo correr para ayudar a Lemond pero trasladando la sensación que era todo lo contrario.
Aquella etapa de Pau con Perico….
En su libro, Laurent Fignon admite lo indeseable que había convertido en sus años de máximo esplendor.
Había ganado el Tour del 83, que Ángel Arroyo nos contó con tanto deleite, un poco yendo de relleno por la baja de Hinault tras la Vuelta que sentencia en Ávila, y quería repetir al año siguiente.
Si en 1983, Fignon iba a ver qué pasaba, al año siguiente su triunfo en Francia invitaba a pensar que el Tour ya tenía otro dominador nacido en el hexágono.
La superioridad de Fignon en ese Tour habría ablandado a cualquiera salvo a Bernard que buscó resquicios mil para poner en apuros a su insolente y joven rival.
Bernard Hinault lo intentó tanto que a veces hasta provocó el sonrojo de los allí presentes, como cuando atacó en la previa de Alpe d´Huez en un movimiento que parecía suicida, fruto de la frustración.
Hinault no ganó ese Tour, que habría de ser el quinto, pero no cejó y al año siguiente se lo apuntó, ante la mirada cómplice de los suyos, sabedores que ese americano mágico, apellidado Lemond había mirado para otro lado en los momentos malos del gran capo.
Haber visto a Bernard Hinault creo que habría significado conectar con la raíz del ciclismo, pues campeones de su carisma sí que habría de venir, pero no al nivel de autenticidad que él exhibió.
Su ciclismo era rudo, constante, peleón,… algo que conectaba con el origen de este deporte que hoy, con tanta ciencia y vatio, veo algo lejano.





