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Ciclismo antiguo

La increíble suerte de Wim Van Est

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DT – 2022 post

El Tour de Francia es una competición que por mil razones siempre ha cautivado el interés de las gentes, incluso de las que habitualmente se sienten desvinculadas del deporte. El Tour tiene un sello especial, algo que nos atrae. Son muchas las anécdotas y la diversidad de acontecimientos que  nos delataron y nos delatan las grandezas y desgracias que asolan a estos  hombres intrépidos que a golpes de pedal recorren la periferia del territorio francés enzarzados en una lucha de alto contenido y valor deportivo.

Del Tour de Francia uno recuerda hechos sobresalientes que nos han llamado poderosamente  a la atención. Unos más y otros menos con  historias dignas para ser recontadas. Contemplando de cerca los contrafuertes pirenaicos, uno no puede por menos que retener en la mente un chocante suceso de los muchos que ilustran el pasado histórico de la ronda gala y que tuvimos la oportunidad de involucrarnos.

Fue un incidente que nos conmovió y que protagonizó un ciclista holandés llamado Wim Van Est, ya fallecido (mayo 2003), que tenía una gran capacidad para desenvolverse en los llanos que ofrecía la carretera. Su pedaleo, bien lo recordamos, era vivaz, destacando sobre todo cuando se pisaba un terreno sin altibajos,  cosa un tanto habitual en su tierra de procedencia, el llamado comúnmente el país de los tulipanes. Los expertos periodistas, viéndole pedalear con no poco entusiasmo, le apelaban  singularmente “la locomotora humana”.

La gloria de Van Est se centró en la Burdeos-París

Wim Van Est había nacido en la población de Fijnaart, en el mes de marzo de 1923, abarcando profesionalmente el período comprendido entre los años 1949 y 1965; es decir, dieciséis años como ciclista en activo. Con anterioridad había conseguido victorias de cierto realce en el campo reservado a los corredores aficionados. Se distinguió también muy particularmente en la especialidad de persecución individual en pista. Nos cabe hacer hincapié en concerniente a los Mundiales de esta exigente modalidad, consiguiendo alcanzar puestos de honor en Copenhague (1949) y en Milán (1955), con medalla de bronce, y en Rocourt (1950), con medalla de plata.

Tenía en su haber un buen historial en fondo en carretera, sobresaliendo con especial énfasis sus brillantes gestas plasmadas en la célebre y desaparecida Burdeos-París, una prueba clásica de alto rango internacional que los ciclistas debían salvar cubriendo la distancia nada desdeñable que oscilaba en torno a 590 kilómetros, kilómetros salvados en una sola vez, en una jornada. En la última parte de la citada prueba, los corredores afrontaban el desafío tras la estela de sendos ciclomotores puestos a su disposición por parte de los organizadores de la contienda. Van Est se permitió el lujo de vencer en tan atormentada carrera en dos ocasiones; concretamente en los años 1950 y 1952. Mientras que en 1951, debió aceptar el resultado al clasificarse en la segunda posición.

Una jornada que no hemos olvidado  

Nosotros queremos aquí rendir un homenaje a favor de Wim Van Est, en torno a una escena vivida en el corazón de los mismos Pirineos. Es un hecho que realmente nos impresionó y que nos dejó en verdad anonadados. Nos hemos de situar en la Vuelta Ciclista a Francia del año 1951, con fecha concreta: el 17 de julio. El evento acaeció en una etapa que conducía a la caravana multicolor hasta finalizar en la localidad de Tarbes. Se daba la circunstancia un tanto fortuita de que el holandés en la jornada anterior, en la ciudad de Dax, se había enfundado la simbólica y bien cotizada camiseta amarilla como líder del Tour, tras haberse adjudicado, además, la etapa en cuestión. En fin, un éxito compartido por partida doble.

La etapa siguiente, la trascendente en el tema que nos ocupa, constituía un trance difícil al tener que franquear cuatro puertos contundentes de alta montaña colocados uno tras otro, en hilera. Era una aventura para aquel hombre procedente del país de las planicies y llano como la palma de la mano. Van Est cruzó la cima del puerto de Aubisque con una ya acentuada desventaja de doce minutos sobre varios hombres belicosos que iban pedaleando en vanguardia con el deseo de darse a conocer a los entusiastas aficionados.

El ciclista holandés se lanzó en el descenso “a tumba abierta”, tal como se suele difundir en los ámbitos de la bicicleta.  Imaginaba él que podría recuperar siquiera parte del tiempo perdido y mantener sobre sus espaldas la ilusionada camiseta amarilla. En un tramo de la bajada el holandés, empujado por su alto temperamento, prosiguió en su tentativa imprimiendo a los pedales una fuerza de alto riesgo.

Tanto fue así hasta que llegó el momento crítico, que se situaba aproximadamente a dos kilómetros de pasada la cumbre. Allí fue el punto en que la bicicleta dominó al hombre, acarreando el accidente que afectaría gravemente al belicoso corredor. En una de tantas curvas cerradas que tenía el aludido puerto, el ciclista Van Est, empujado por la celeridad del momento, salió despedido tangencialmente de la carretera para precipitarse en las profundidades y en la espesura de un angosto barranco.

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Entre la vida y la muerte o el dramatismo de una escena

Se comprobó que la altura de la caída oscilaba en más o en menos alrededor de los 70 metros. Este dato que ya de por si da cierto escalofrío fue debidamente contrastado dado que algunos rotativos aumentaron la cifra con el afán de dar mayor sensacionalismo a la noticia. Se da la circunstancia de que el belga Decock y los compatriotas españoles Langarica y Masip, en compañía de algunos seguidores y del conocido director técnico Karel Pellenaers, que capitaneaba precisamente la escuadra representativa de Holanda,  coincidieron en aquel conmovedor momento, en el punto en donde Van Est se salió y se despeñó cayendo de bruces entre piedras y matorrales. Acto seguido, se oyó la voz de alarma a los cuatro vientos, y, además, informando en primera instancia que el ciclista holandés acababa de perder la vida en aquel rincón de mundo.

Desde las alturas de la sinuosa carretera, se podía otear el cuerpo inmóvil del arrojado corredor, que permanecía pétreo en las honduras de la casi oscurecida garganta. En aquellos instantes de incertidumbre, se percibieron gritos de angustia por doquier, unos gritos desesperados que contrastaban con el silencio que suele imperar en los entornos de cualquier montaña de alto corte.

Al fin, terminada la sugestión de los primeros momentos, se vislumbró con alborozo y con evidente sorpresa que Van Est todavía estaba vivo: se movía y aún estaba a salvo. La problemática radicaba en saber cómo se le podría sacar de aquel atolladero un tanto inaccesible, de aquel agujero en el cual se encontraba acurrucado. Lo cierto fue que fue extraído e izado a la superficie de manera un tanto ingeniosa. No sabemos de quién partió la idea de poder izar hasta la superficie de la carretera al ciclista siniestrado frente a la situación planteada. Sí queremos rendir homenaje en estas páginas al hombre anónimo que facilitó la solución al problema.

La solución: unos tubulares entrelazados

El terreno intrincado no daba para mucho, y más sabiendo que se debía actuar con suma rapidez. En la primera fase del rescate, Van Est, debidamente ayudado, pudo ascender lentamente con su propio pie. Pero para salvar el trazado final y definitivo, se logró la feliz idea de poder reunir varios tubulares de repuesto facilitados por varios mecánicos pertenecientes al servicio técnico de la prueba, que se encontraron fortuitamente en el lugar del accidente. El pelotón del Tour en aquellas alturas estaba fraccionado en pequeños grupos por la dureza manifiesta exigida en aquella etapa de tintes dantescos, que se adjudicaría, por lo demás, el italiano Severino Biagoni.

Se procedió, pues, a enlazar los tubulares disponibles uno tras otro en forma de cadena hasta llegar al lugar  en el cual se encontraba el holandés errante ¡valga la palabra! Fue rescatado prodigiosamente rodeando su cuerpo por la cintura con un último tubular, el postrero de la serie de enlace. A continuación, con la eficaz ayuda y el esfuerzo de varios improvisados asistentes, fue elevado hacia arriba hasta la altura o nivel de la misma carretera. De manera espontánea se oyeron los aplausos de las gentes allí apiñadas en el aludido lugar del siniestro. Van Est fue trasladado con urgencia en una ambulancia hasta un hospital cercano emplazado en la misma localidad de Tarbes, al objeto de recibir los  primeros   auxilios ante tan inesperada emergencia.

Conclusión

Nos sentimos muy identificados con esta historia que os acabamos de relatar. En verdad es una más de las muchas que se viven en una prueba de esta índole como es el Tour de Francia. Es motivo suficiente para elogiar la figura inconfundible del inolvidable Wim Van Est. Se trata de un acontecimiento un tanto lejano, pero de suficiente identidad para que lo expongamos hoy con particular énfasis y hasta con escondida emoción. Ese hecho, repetimos, tan cercano en nuestra mente, nos conmovió sensiblemente y hemos sentido ahora hasta cierta necesidad de poder contar esta historia a nuestros fieles lectores. Nos hemos plenamente identificado con esta página de sabor dramático y a la vez de cariz hasta milagroso. Lo hacemos como otras veces para divulgar las variadas facetas que encierra este deporte, un deporte que al mismo tiempo da cobertura a las hazañas o a los percances que algunas veces afrontaron y afrontan los sufridos atletas del pedal.

Por  Gerardo  Fuster

Sobre la imagen: Documento fotográfico extraordinario que se acompaña, pertenece a la conocida publicación de otros tiempos denominada “But et Club-Le Miroir des Sports” (Julio 1951), ya desaparecida de las arcas del ciclismo.

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3 Comentarios

3 Comments

  1. Gerard

    13 de diciembre, 2015 En 15:00

    Genial artículo, sazonado por una fotografía impactante, que nos sigue hablando del ciclismo heroico de los 50.

  2. Fernando García Amorena

    10 de enero, 2016 En 11:49

    Gerardo, por fin he podido leer el genial artículo sobre Van Est. Impresionante.
    No conocía a este ciclista. Leyendo tus escritos, siempre aprendemos cosas nuevas. Nuevas historias. En este caso con una carga emocionante extraordinaria.
    Nos quedamos con una sensación de intensa admiración hacia este deporte.
    Gerardo, muchas gracias.
    Fernando

    • Ivan

      10 de enero, 2016 En 15:53

      gracias Fernando, Gerardo es una de las personas que más sabe de ciclismo en este lado de los Pirineos y aqui tenemos la suerte de deleitarnos con su sapiencia

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Ciclismo antiguo

Pocos ciclistas impactaron como Jan Ullrich

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DT – 2022 post

Jan Ullrich fue tan poderoso como efímero en lo más alto del podio

No hace mucho dijimos que Jan Ullrich fue lo más brutal que vimos desde Miguel Indurain y, 25 años después de su Tour, seguimos en las mismas.

Quiso el azar que a segunda mitad de los vilipendiados años noventa viera la colisión de los dos talentos más grandes que ha tenido este deporte en los últimos cuarenta años: Miguel Indurain y Jan Ullrich.

Fue un choque muy desigual, reducido al Tour de 1996, una de las ediciones que flotan en la polémica perenne con un danés sentenciando la carrera en Hautacam ¿Os suena la película?

Al margen de todo ello, aquella carrera tuvo un ganador real y otro moral.

En el declive de Indurain, emergió un corredor que podía hacerlo todo, tirar del grupo de los mejores por kilómetros y llegar con ellos hasta el final, un escalador potente y pesado, de desarrollo largo, una bruta bestia, que diría Ares, que en la contrarreloj no hacía presos.

Jan Ullrich explotó de tal manera, en esos días, que sigo pensando que fue uno de los motivos para que Miguel Indurain diera un paso al lado.

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¿Qué habría sido del Tour 1997 si ambos hubieran estado de dulce?

No lo sabremos, aunque una cosa es cierta, lo que vimos en aquella edición, hace 25 años de eso, pasó a los anales como una de las palizas más hirientes jamás vistas.

El tramo que va desde Andorra a Saint Etienne es un chorreo en toda regla, como yo creo que nunca he visto nunca más.

Con Riis lejos del nivel de antaño, ya en la primera de los Pirineos, Ullrich ejerce de patrón sin el uno a la espalda.

En Arcalis, se acabarían las bromas. el alemán, campeón de su país ese año, abrió gas y destrozó los sueños de Pantani y Virenque en su terreno: les envió más allá del minuto en una etapa concluida tras 250 kilómetros.

A los pocos días en Saint Etienne, «diferencias Indurain» con éste retirado

Ullrich le tomó más de tres minutos en 55 kilómetros a ambos escaladores en una exhibición en la que Olano, especialista total, estuvo casi en los cuatro minutos de pérdida.

Esas eran las carnicerías que dejaba Ullrich a su paso, golpes de efecto que a veces le jugaban malas pasadas, como cuando salía a rueda de Pantani, volando en Alpe d´Huez, para reventar y pasar a controlar los daños.

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Su reinado se presumía largo y duro, pero nada hubo de eso.

Ullrich quedó rápido apeado del trono, esa mala cabeza que mostró en etapas como en los Vosgos, la ineptitud de Virenque aquel día le salvó, le traería de cráneo durante toda su vida.

Ver a aquel ciclista de 1997 fue lo más parecido a Indurain que recuerdo, 25 años después lo sigo pensando.

Aunque no volvería a ganar el Tour, hizo pequeños los registros de Poulidor batallando hasta el final y de buena lid con Pantani -memorable su ataque en la Madeleine- y Armstrong, en los Tours que no salen en los libros.

Queríamos acordarnos de este monstruo que esperemos esté mucho mejor y muy alejado de los entornos en los que le hemos visto no hace tanto tiempo.

Imagen: NDR

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Ciclismo antiguo

«Monsieur Anquetil, no le pedimos que pierda, sólo que no despliegue todo su potencial»

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DT – 2022 post

A Jacques Anquetil le pidieron que no abusara de los rivales

Ese día a Anquetil le llegó una propuesta tremenda.

En Lugano cuando el cielo luce azul, el sol entra por entre las crestas del Ticino y el agua refleja una luz que no calienta, pero sí reconforta.

Una luz de esas que llena el alma e inspira.

Lugano, en el vértice italiano de la confederación helvética, acoge su gran premio, una suerte de mundial oficioso contra el crono que Jacques Anquetil tuvo a bien dominar durante más de media década.

Encantados, pero asustados, los organizadores del evento, no saben cómo aproximarse a la estrella normanda.

Jacques, maitre Jacques, el señor del reloj, el estilista que cinceló la imagen perfecta del hombre sembrado sobre la máquina, la perfección perenne que medio siglo después seguirá como los cánones clásicos, sin perturbarse por las modas.

Temor, como decimos en los garantes del evento.

Temor porque sospechan que el astro va a copar la clasificación.

Sinuosos se escurren ante Anquetil.

Le vienen a decir: “No decimos que pierda, sólo que no despliegue el potencial de su enrome talento”.

Eso tenía un precio, una media verdad que no mintiera al público, pero que le hiciera humano, que le diera emoción. Anquetil pacta un precio por su no victoria.

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El pacto de bambalinas no saldría de entre los firmantes, pero Anquetil riza el rizo.

Tiene en Ercole Baldini, italiano, elegante, querido en la zona y uno de los mejores bajadores de los tiempos, su posible gran rival.

Al final sería Gianni Motta el segundo.

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De cualquiera de las maneras, con Ercole pacta otra prima, parte del premio de éste por “no desplegar el potencial de su talento”.

Ya son dos bolos más el fijo de salida.Pero el día pinta fenomenal, la gente aclama a maitre Jacques y al final gana, porque no podía ser de otra manera, es el mejor y los arreglos, tan traídos en la época, no funcionan.

Le maitre se lo guisa y se lo come, se lleva el premio del primero, sin necesidad de ofender a la concurrencia, dándole pábulo a una cierta emoción.Todo queda como lo establecido, Jacques Anquetil es siete veces ganador en Lugano, esas marcas que nadie osaría igualar, porque como el tiempo demostró no son de este mundo.

Ésta es una de las historias de «La soledad de Anquetil», el excepcional libro de Paul Fournel dedicado al primer quíntuple ganador del Tour de Francia.

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Ciclismo antiguo

La inédita y olímpica historia de Christa Luding y Clara Hughes

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DT – 2022 post

Christa Luding y Clara Hughes han sido campeonas olímpicas de ciclismo e invierno

La historia por poco sabida no merece ser omitida. El día que los Juegos Olímpicos coreanos echaron el cierre, hace ua cuatro años, con una fenomenal final de 50 kms de esquí nórdico, queríamos acordaros de dos campeonas olímpicas que las cuñas de Eurosport nos recordaron esos días porque lo fueron de invierno y verano, y en verano lo consiguieron en las pruebas de ciclismo. Hablamos de Christa Luding y Clara Hughes.

La primera era alemana del este, la antigua RDA, en tiempos en los que los mapas de geografía política en Europa borraron fronteras marcadas desde el mismo final de la Guerra Mundial.Christa Luding fue patinadora y ciclista de velocidad. Es una de nuestras campeonas olímpicas.

Christa Luding fue fija en los podios de los ochenta e inicios de los noventa

Su leyenda empieza como patinadora de velocidad. Medio kilómetro y kilómetro, medallas de oro en Sarajevo 1984 y Calgary 1988.Ese mismo año sería plata en la final de velocidad en Seúl 88, la primera olimpiada coreana y la anterior a la de Barcelona, en el 92, como la de Albertville, donde sería bronce de patinaje velocidad en 500 metros.

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Clara Hughes es una leyenda en Canadá

La otra protagonista es de Winnipeg. Es una leyenda, una celebridad en un país de honda tradición olímpica, como es Canadá.De hecho, Clara Hughes fue la abanderada en los juegos de Vancouver 2010.

Los juegos de casa, como Chris Hoy en Londres.Para tal honor, Hughes, subcampeona del mundo de contrarreloj en Tunja, año 1995, donde Indurain y Olano, ya había pisado podios olímpicos.

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En Atlanta, año 1996, se colgaría dos medallas de bronce en las carreras de carretera, crono y ruta, pero con el tiempo se pasaría a patinadora de distancias más largas que Luding.Hughes ganaría medallas desde Salt Lake City, año 2002, a Vancouver, año 2010.

Por medio, en Turín, 2006, entraría en la galería de campeonas olímpicas: oro en los 5000 metros.

Con la final de hockey hielo aún resonando, las emociones del frío y deslizante, hemos querido tener una esquinita de estos preciosos juegos en este mal anillado cuaderno que es El Velódromo.

Imagen: Olympics

 

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Ciclismo antiguo

El día que Greg Lemond sí batió a Sean Kelly

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DT – 2022 post

Ese mundial de Chambery condenó a Kelly ante Lemond

Sitúense. Década de los ochenta, años vintage.

Tiempos de transición, de respeto real y cariño sincero hacia el ciclismo. Guimard diría que los últimos tiempos de inocencia.

El pelotón es poblado por leyendas vivientes.

Nos centramos en dos. Un americano de grácil pedaleo y afortunado sino, Greg Lemond. Enfrente el mejor ciclista del momento, Sean Kelly, un corredor cuyo bagaje excede los límites de la estadística.

En 1989 el Campeonato del Mundo se desarrolla en la ciudad francesa de Chambery, la puerta de los Alpes, un sitio mágico, de montañas preciosas y duendes escondidos.

La jornada es lluviosa y fría. El mundial, siempre en el ocaso del verano rara vez se corre bajo tanta agua. Aquel día descargó el cielo sobre los corredores, tanto que pasarían unos años hasta ver ediciones tan húmedas.

Oslo a los cuatro años y Valkenburg a los nueve le harían honor.

La carrera se decide en un sprint, qué sprint.

Uno entre un millón, Greg Lemond, sorpresivo ganador del Tour un mes antes ante el desconsuelo de Laurent Fignon, lo hizo, ganó a Kelly en una llegada explosiva, casi icónica, en un ambiente espeso y húmedo, con huesos asomando bajo el maillot calado, imitando eso que griegos inventaron en la Victoria de Samotracia, la técnica de los paños mojados para descifrar la anatomía.

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Sean Kelly vs Greg Lemond. Un duelo desigual si en grandes clásicas nos fijamos y asimétrico si añadimos mundiales.

Kelly llegaba como ganador de la recién creada Copa del Mundo, fue cuatro veces verde en el Tour, ganador de una Vuelta.

Kelly amasó victorias parciales sobre Lemond en San Remo, Lombardía y Lieja. Le sacó del podio de la Roubaix de 1985.

Sólo en una clásica Lemond rompió la tiranía de Kelly, el Gran Premio de las Américas de ese mismo año cuando se clasificaron cuarto y quinto respectivamente.

Greg pudo con Sean en esa clásica y en todos los mundiales en los que se cruzaron.

Sean nunca pudo con Greg cuando el arco iris amanecía en el horizonte.

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La carrera tuvo otro protagonista, Dimitry Konishev, un jovenzuelo soviético que clavó la carrera siempre en vanguardia.

Posiblemente él fuera, con su plata colgando de la nunca, el tipo más feliz del podio francés. Lemond ya había sido campeón del mundo, Kelly nunca lo sería.  El ciclismo, caminos paralelos, caminos cruzados, siempre tuvo estas cosas, estos azares.

Lemond nunca ganó a Kelly hasta que lo hizo, y en un Campeonato del Mundo.

 

Una historia discreta pero latente que explica por ejemplo lo que este año le ha pasado a Peter Sagan, quien nunca fallaba hasta que se vio en el sprint de San Remo.

Historia y foto tomadas de greglemondfans.wordpress.com

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😕 Cuando vi este vídeo, no me gustó.

Tengo la sensación de que se juzga a Movistar Team desde una óptica muy negativa, y me parece bastante injusto.

👇 Os cuento en este hilo mi punto de vista sobre el equipo y las consecuencias de su posible descenso.

Aunque parezca rigurosa, la descalificación de Marianne Vos es, con la norma en la mano, más que justa

https://joanseguidor.com/marianne-vos-descalificacion/

Las zapas @dmtcycling de Pogacar, blancas, limpias, un guante que se ajusta a la antigua usanza, con cordones, elegantemente escondidos

https://revista.joanseguidor.com/zapatillas-dmt-krsl/

Veo emoción en la parroquia con el debut de Carlos Rodríguez en la Vuelta, pero olvidáis, querid@s, que el mocetón va con varios líderes en ineos.
Eso no quita que pueda brillar, pero las opciones son menores de inicio

https://joanseguidor.com/vuelta-2022-carlos-rodriguez-ineos/

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