Ciclistas
#Top2016 A pesar de todo, Nairo sigue adelante
Lo hemos dicho más veces, y ahora lo repetiremos, no es nada, pero nada, sencillo apellidarse Quintana y llamarse Nairo. La historia del ciclismo, cíclica ella, repite cada cierto tiempo un patrón: campeón joven, voraz, ambicioso y con los astros alienados, empieza a gana fácil, con la ternura de la juventud y la solvencia de un veterano. En poco tiempo amasan un palmarés que a muchos les lleva una trayectoria alcanzar, si lo logran, y de repente, no sabemos el porqué, se estancan, su progresión no es la que se presume y resulta que las estadísticas que proyectaban se quedan pequeñas.
El problema de Nairo es lo mucho, lo muchísimo que promete, y lo alto que él mismo se pone el listón. Ya el año pasado, en vísperas de Tour admitía que la general final era lo único que satisfacía. Había sido segundo, le llevaron al Giro, que ganó, y en su retorno al Tour ya apuntaba a lo mas alto. Obivamente en la presente temporada, quería volver sus pasos y pareció tenerlo en su mano, porque Chris Froome se encontró sin esa jornada que le aúpa a lo más alto y ya nadie le quita.
No hubo ni Pierre de Saint Martin ni Ax 3 Domaines. No hubo donde abrir brecha, al más puro estilo Armstrong, donde dar forma a ventaja que ponía la carrera imposible a sus rivales. Nairo salió vivo, muy vivo, esta vez del primer ciclo montañoso, con el único sonrojo de ver como su rival, en amarillo, le rebañaba unos simbólicos segundos en el descenso del Peyresourde.
Porque Nairo, que venía con la carga del #SueñoAmarillo, una carga de su equipo y su país, venia preparado para el mano a mano con el inglés, pero no a la guerra de goteo a la que le sometió. Entre la jornada de Luchon y Montpellier, donde ya se vio que aquello no rodaba, Nairo llegó en desventaja pero con opciones al Ventoux. Ahí, como diría Jaime Mir “se acabó la historia”. La resistencia del colombiano se resquebrajó al punto que no sólo perdió las opciones de ganar. también las de mantener la segunda plaza, pues Romain Bardet hizo el único movimiento ganador de la carrera, al margen del campeón final.
Tercero en su tercer Tour, tras haber sido segundo en los dos primeros. Sinceramente a mí me parece el balance de un superclase, de un corredor que enamoró por una categoría sin igual, por su precocidad, pero que parece correr con lastre, como frenado por una cuerda invisible que le ata a no sé qué, a no sé qué instrucciones. Oír a su director, José Luis Arrieta, puede servir de explicación.
Pero a Nairo el año le cundió en lo anímico porque en la Vuelta encontró, como Lucho hace 29 años el gran premio. Entonces el jardinerito venció al pronóstico que apuntaba hacia Kelly, ahora Nairo hizo lo propio frente a su bestia negra. Ganar a Froome por eso no fue sencillo. Pudo haberle echo más daño si en los Lagos hubiera tenido más margen.
Lo que no se llevó en Covadonga, se lo llevó por partida triple, y tras verse frustrado en Aubisque y Peña Cabarga, en la memorable etapa de Formigal. De aquello, todos conocemos la historia y el desenlace, y fue clave, tanto que le salvó ante la increíble ventaja que Froome le tomó en la crono, un tema menor ahora mismo, si se tiene en cuenta lo poco que cuenta ahora la modalidad, pero a prever para el futuro, si a alguien se le ilumina la idea de recuperar la bella especialidad.
La Vuelta de Nairo creo que cierra otro buen año para él, otro año que se completa con triunfos menos vistosos para el gran público, pero de gran valor para la parroquia, porque Nairo se está haciendo un collar de perlas con carreras de prestigio. Este año cayeron Volta y Romandía, a pesar de Ion Izagirre, y éstas se completan con las que logró en el pasado para completar una trayectoria de excepción, un talento sólo cincelable por la habilidad de subir un Aspin diario para ir al cole cuando era un crío, aquella vida que a Nairo le tocó vivir y de la que ahora saca rédito su privilegiado físico.
Imagen tomada del FB de la Vuelta a España
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