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Mundo Bicicleta

Repensar la lucha contra el dopaje como quien da la vuelta a un calcetín

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Escribo esta entrada ‘a petición’ del compañero Iván y, francamente, me da un poco de miedo. Pese a mi trabajo, no soy un experto en psicología deportiva ni medicina del deporte. Ni me considero un gran deportista. Simplemente un practicante del bello deporte del ciclismo. Con mucha motivación, que no rendimiento, y  muchas horas de sofá viendo carreras por televisión.

He disfrutado de niño con Perico, Fignon y Lemond, de adolescente con Induráin, Rominger, Bugno, Chiapucci, de más joven con Escartín, Montoya, Beloki, Zulle o Armstrong  (pese a que siempre me ha costado digerir el personaje) y actualmente disfruto de los Valverde, Contador, Cancellara, Froome, etc.

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Todo este tiempo siempre con el ciclismo empapado de escándalos alrededor del dopaje. Con una impresión ‘rara’. Si bien uno está un poco metido en el mundo cuesta tener una visión más o menos definida como aficionado, e incluso como ciudadano. Esta semana Gaumont, famoso por, aparte de su carrera como ciclista, relatos que describían perfectamente ciertas prácticas de dopaje en sus años de profesional, ha entrado en coma. Y tras los malogrados casos del Chava, Vanderbroucke o Pantani uno teme lo peor por su salud.

Recordemos algunos de los últimos episodios que han resultado vergonzosos para el ciclismo. Por citar algunos: el numerito de Ricco jurando por la vida de su madre que nunca se había dopado, el grande de Vinokourov apelando a una caída su extraño cambio de sangre, Landis asumiendo su defensa a través de donaciones de seguidores que creían limpio, o Rasmussen diciendo que había pensado suicidarse tras ver que la gente no creía en su inocencia.  Y ¿qué decir del extraño caso del bistec de Contador?.

El caso Armstrong es el enésimo ejemplo de un deportista confesando haberse dopado aparentemente arrepentido. Hasta aquí nada nuevo. Tampoco se debe ser ingenuo pensando que este perdón respira verdad. El encorsetamiento de sus palabras sigue una estrategia de defensa de su patrimonio y futuro antes que un reconocimiento de culpa verdadero. Algo tipo “lo reconozco ahora antes de que lo pierda todo; o esto vaya a peor”. Eso sí, todo disfrazado de cierta emoción. Un recurso que puede funcionar bastante para que Estados Unidos redima a un personaje que, aparte de deportista, se ha convertido en un referente por su lucha personal y fundacional contra del cáncer. Y que también ha profesado aspiraciones políticas.

En ningún momento se debe dudar de sus cualidades deportivas. Al contrario, Armstrong seguirá estando entre los mejores ciclistas de la historia. La ayuda ilegal y frecuente no ha hecho que haya ganado Tours con facilidad aunque lo sitúa en una posición desigual hacia quien está cumpliendo las normas, en la lógica de la propia competición. Pero cuestiona el personaje público que se ha pasado años vendiendo discursos de inocencia y dando lecciones de ética y superación, a menudo ocultando otros rasgos curiosos de su propio ego.

La Operación Puerto también ha destapado que no estábamos hablando ni de casos aislados ni de estrategias pequeñas. No todo ciclista se dopa, obviamente, pero han aparecido verdaderos montajes entre equipos.

Existen ciertas similitudes entre el debate sobre la legitimidad del uso de sustancias, sea con finalidades recreativas, medicinales o para la mejora del rendimiento. Si bien su consumo dista por lo que a finalidades se refiere, debe distinguirse entre quien usa sustancias para mejorar el rendimiento, a quien las usa para conseguir ciertos estados placenteros o no. El momento actual debe servirnos para plantearnos si la política sobre su consumo está dando los resultados esperados. Y si cumple un planteamiento lógico: hagamos una lectura críticamente de los hechos y revisemos la inutilidad de algunas propuestas. Destaquemos al menos un par de cuestiones para no caer en discursos vacíos.

De entrada, cuidado con hablar de ciertas éticas en la cuestión del deporte profesional. No olvidemos que se mueven millones de euros en contratos por ganar pruebas de 3.500 kilómetros pedaleando con apenas pocos minutos menos que el segundo clasificado. Como tampoco justifiquemos demagógicamente que el dopaje es una influencia negativa para niños y jóvenes, o que transmite valores de dudosa moralidad. El tema del dopaje debe afrontarse como una cuestión de salud y no de moral. El reto no es prohibir su uso, sino dar respuestas sensatas a una compleja cuestión que ya hace tiempo que está subordinada a exigencias comerciales, deportivas y económicas que deberían regularse.

Por otro lado, el deporte profesional obliga a repensar las lógicas de esfuerzo y resistencia. Tampoco vendamos cierta idea de salud y bienestar si de lo que se trata es de deportes de fondo y competición. Y es evidente que ciertas prácticas de ayuda externa  pueden ayudar a mejorarlas, si se cumplen unos márgenes de seguridad (y eso lo dicen Eufemiano y muchos otros médicos). Aceptando esta realidad evitaríamos, probablemente, evitar un uso excesivo de sustancias dopantes, y de mayor riesgo, y apelar a la moderación y mejor control.

Destaco un artículo del Doctor Fernando Caudevilla, experto en el uso de drogas, que nos habla de la realidad del uso de sustancias dopantes en el deporte amateur. Y acierta cuando dice que

 

muchas de las sustancias empleadas en suplementación deportiva cuentan con suficientes ensayos clínicos como para poder proporcionar al usuario interesado en utilizarlas consejos sobre cómo hacerlo de forma razonablemente segura, aunque son pocos los profesionales sanitarios interesados en este aspecto y el uso de anabolizantes con fines estéticos sigue siendo un tabú’

 

Todos los ejemplos y prácticas explicadas por Armstrong, Manzano, Gaumont y Millar nos enseñan que un imprescindible control sanitario y de seguridad hacia las personas brilla por su ausencia. A la vez, el mercadeo y oscurantismo de la estrategia nos obliga a perder mucho margen de seguridad. Estos ejemplos deberían servir para regular un tema, el uso de sustancias en el deporte profesional, en el que la manoseada política de la “tolerancia cero” parece no dar respuesta a una práctica bastante instaurada y tolerada durante años. Si el planteamiento de ‘Lissawetsky’ ya iba por esta dirección, parece que todo lo que le sigue también.

Ha quedado sobradamente demostrado que las políticas de control de la oferta, persecución del individuo y prohibición generan más problemas que no soluciones, y son contraproducentes, pues aumentan el consumo a pesar del pretendido control de la oferta. El reto es abrir el debate de la regulación legal. Eso sí, utilicemos un discurso maduro y coherente. Es decir, reconducir la inversión a perseguir la oferta a favorecer una demanda controlada: mayor dedicación en investigación, prevención e información.

Puede ser más sensato afrontar esta realidad, y discutirla, que seguir presenciando brindis al sol ante un nuevos positivo: extrañas justificaciones sobre bistecs contaminados, cremas para la piel, o sobre como medio pelotón está afectado por asma. Y más cuando todo esto se descubre años después y los implicados o no están o no quieren estarlo.

Los que temen a este proceso apelan a que los beneficios de regular el dopaje  en el deporte profesional causarían el posible aumento difícilmente demostrable del consumo y los problemas de salud. Pero obvian aspectos positivos que podríamos controlar:

 

(1) se tendría una práctica más controlada (conocimiento de las sustancias y su administración);

(2) situaría los deportistas en espacios más “seguros”, por tanto, controlados;

(3) dispondríamos de más control de la accesibilidad. Y un sinfín de etcéteras.

 

Aunque abrir el debate sobre la regulación del uso de sustancias -que no dopaje- en el deporte profesional -no sólo en el ciclismo- resulte aún, en el siglo XXI, políticamente incorrecto.

 

Por Jordi Bernabeu, psicólogo, educador y no muy buen ciclista

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6 Comentarios

6 Comments

  1. Luis

    28 de abril, 2013 En 21:19

    El tramposo a casa para siempre y que devuelva todas sus ganancias para la creación de escuelas de ciclismo, hasta donde quieres que se les deje "ayudar"????

  2. Jordi Bernabeu

    28 de abril, 2013 En 21:39

    Hola Iván,

    ante todo, gracias por dejarme expresar esta opinión. Seguro que mucha gente no la compartirá. Lo único que creo es que si se regula (que se puede tomar y que no, cómo, cuando, etc) sería todo más sensato, realista, y en ese entonces podríamos hablar de verdaderos tramposos, pues no siguen el reglamento. La ayuda externa (se llame o no dopaje) ha estado, está y estará. Aceptarlo no es dar marcha atrás. Si no qué se puede (y porqué) y que no. Salud!

    • fernando

      30 de abril, 2013 En 3:22

      Saludos. Primero, felicidades por el comentario. Es una cuestión de sentido común ver que los extremos en el tema del dopaje no dejarán que sobreviva el deporte. Sinceramente, coincido en que quienes hemos pasado por probar un poco del deporte podemos opinar -que siempre es arriesgado- por la necesidad de hacer del tema una cuestión de salud, como la prostitución y el consumo de drogas recreativas. ¿Qué haría la diferencia? como dice el compañero del comentario anterior: espectáculo o deporte (NBA o FIBA) y aceptar dos calidades de entretenimiento. Gracias por compartir tus reflexiones.

  3. Joseba

    29 de abril, 2013 En 15:27

    Completamente de acuerdo contigo en los planteamientos, incluso yo abogo por una asociación profesional tipo NBA, NO FEDERACION, en la que todos estos extremos que comentas queden expresados por escrito y que sean debatidos por los propios interesados. Ellos serían quienes deberían hacer sus normas, marcar sus fronteras y decidir sus castigos.

  4. fernando

    30 de abril, 2013 En 3:37

    Gracias a Jordi por su reflexión. El doping, como cualquier tema humano, no admite una sola lectura ¡qué más quisiéramos!, pero sí merece un análisis detenido. Insisto en que como sociedad es difícil pedirle al deporte una limpieza que no tenemos. No perdonamos al héroe que confiesa (o se le pilla) y se pontifica pretendiendo el ostracismo para quien nos ha traicionado. Olvidamos que el tema de fondo es la salud del atleta, su preparación y seguimiento a manos de un profesional de la salud competente, ¿o no se trata el deporte de mejorar a través de su práctica la calidad de vida del individuo? ¿es al contrario porque hay intereses económicos muy poderosos detrás? Entonces no nos rasguemos las vestiduras, y aceptemos -todos, incluido el atleta- el tema como viene. Una sociedad madura no se espanta de las flaquezas humanas.

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Ciclismo antiguo

El rampante león de la bandera de Flandes

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Flandes bandera JoanSeguidor
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El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

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Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

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Ciclismo antiguo

Tirreno-Adriático: Herminio Díaz Zabala fue almirante entre dos mares

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Herminio Díaz Zabala Tirreno JoanSeguidor
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Cuando Herminio Díaz Zabala ganó toda una Tirreno-Adriático

Si en los años recientes nos hemos acostumbrado a ver a ciclistas españoles hollar nuevas dimensiones, hubo un tiempo que ciertos cotos parecían vedados a los nuestros.
Una de las mejores carreras del calendario, la Tirreno- Adriático, que arranca ya de costa a costa, por el ancho de la bota transalpina, no tuvo acento hispano hasta que aquel ciclista de generosa entrega llamado Herminio Díaz Zabala logró el éxito en el año 1991.
Hace treinta años, ya.
Y es que en el libro de oro de la ONCE, Herminio ocupa plaza afortunada.
Compañero de Perico en su Tour triunfal, le dio al cuadro dirigido por Manolo Sainz su primera gran victoria, esa que dicen nunca se olvida, con una etapa en la Vuelta a España de 1989 con final en Benicassim.
Sin embargo si hubo una victoria que este cántabro pudo saborear con excelente tino fue esa Tirreno que acabó embolsando en un palmarés asimétrico en cantidad respecto a la calidad humana y derroche que generó a favor de otros.
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En esa edición de la Tirreno Herminio debió correr con el pálpito desde el inicio pues entre Pompeya y Octaviano ya estuvo ojo avizor insertándose en fuga buena con muy buenos elementos rodeándole, tales como Taffi, Ghirotto, Wegmuller o Raúl Alcalá. Tercero en esa jornada el equipo decidió trabajar la inesperada baza del ciclista cántabro.
De esta manera la carrera estuvo atada hasta la crono final de San Benedetto del Tronto, ese lugar ya fijo en la carrera, donde Herminio sólo era superado por Erik Breukink, entonces en condición de eterna promesa en el PDM, obteniendo un rédito de cuatro segundos pero definitivo sobre Ghirotto, en el gran éxito de este ciclista entonces bien dotado de cabello, pero luego reconocido por su estampa inclinada sobre el manillar y despoblada testa.
Un ciclista como pocos quedan, como pocos se ven. Un hombre cuyo mejor triunfo siempre era el ajeno.
Foto tomada de www.ciclo21.com

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Strade Bianche: ¿De dónde viene la fiebre por el ciclismo vintage?

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Ciclismo Vintage JoanSeguidor
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La Strade Bianche es la cuna del nuevo gusto del ciclismo vintage

En 2020 la Strade Bianche fue noticia por su anulación hasta el mes de agosto, pero la historia de esta carrera, la misma que no había visto una suspensión de la Milán-San Remo desde la II Guerra Mundial, viene de antes.

En 1997 nació en Italia, en la preciosa Toscana, la tierra de viñedos e increíbles ciudades medievales, L´ Eroica, era la nueva edad de oro del ciclismo vintage.

Por los caminos que en Castilla se podrían llamar “de concentración”, se lanzaron miles de cicloturistas equipados por bicicletas de sabor añejo.

Dotados de glamour de antaño, viejos hierros rehechos a sí mismos. Piezas de museo, menospreciadas durante muchos años, por su peso e incomodidad, abordaron las rutas de la Strade Bianche.

Todos debían llegar a la salida de Gaiole in Chianti con una bicicleta anterior a 1987, es decir, y para ubicarnos, todas las anteriores al triplete inédito de Stephen Roche. Combinando gravilla, tierra y asfalto se pusieron varios recorridos y distancias según los niveles y exigencias.

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Todo se vistió de rosa, muy italiano, vino y pasta rodearon el evento, el círculo estaba cerrado, fantástico producto que desde entonces no ha parado de crecer.

Y lo ha hecho tanto que cada mes de marzo, un sábado en las líneas que dibujan el mapa de Siena se reúne parte del mejor pelotón mundial dando salida a grandes ganadores y mejores momentos de ciclismo: Cancellara, Kwiatkowski, Stybar, Gilbert, Alaphilippe…

Arrate JoanSeguidor

Es la Strade Bianche, la repercusión más obvia y directa de este evento que al mismo tiempo ha inspirado no pocas citas en el calendario español e internacional en las que ciclistas pertrechados con maillots de hace cuarenta años, chichonera en ristre y vieja, pero remozada, bicicleta entre las piernas se dan cita para recorrer pintorescos lugares.

Hace un tiempo Jordi Escrihuela nos deleitaba con una pieza sobre la vieja bicicleta que le acabó cautivando y llevando por los páramos de medio mundo a presumir el mero placer de rodar como antaño.

Con Jordi quisimos saber de las raíces de esta nueva pasión que además de generar eventos por doquier da de comer a no pocos restauradores, auténticos artistas platerescos que en otra circunstancia no habrían tenido esta cantidad de trabajo.

El amante del ciclismo vintage admiraba a Perico, a Ocaña, a Bahamontes, y echa de menos aquel ciclismo de costura y tapiz, sin pulsómetros, ni CRM no ostias, era ciclismo a pelo, corrido con el corazón y las sensaciones, de rompe y rasga. La tecnología le ha robado alma al ciclismo, como a otros deportes, al mismo tiempo.

Hay auténticos nostálgicos de aquello.

Y la única manera de revivir esa época es montando estas fiestas del ciclismo sin pulsómetros, ni medias, ni chips, ni dorsales sino sacando las viejas bicis de rastrales, manetas en el cambio, y nuestros maillots de laneta de los sesenta o setenta

Hoy en día se ve a Froome, Bernal, Roglic y compañía, se disfruta, se sabe más que nunca de ellos, quizá demasiado, y la química no es la de entonces cuando un campeón era la cara de tu chapa en los juegos de corral y llenaba de posters las paredes de tus paredes con relieve de gotelé.

Hoy las carreras muchas veces se resuelven por un puñado de segundos, ya no existen las pájaras, ni los ataques suicidas, ni las heroicidades en montaña ni la épica, todo está bajo control, el ciclista no es dueño de sus actos, no hay tiempo para la improvisación, todo está bajo el mando de la voz del director en el pinganillo.

Por eso triunfan estas marchas, por eso  vuelve lo antiguo, que aunque un incauto lo pensara, nunca pasó de moda.

Imagen tomada de totalwomenscycling.com

trata de un accesorio fundamental para las bicis de piñón fijo, porque significan el único sistema de seguridad para los que no llevan freno o llevan un solo freno. Es un sistema de retención que básicamente te ayuda a frenar hacia atrás con los pedales sin que vueles de la bici.

No obstante como todo sistema de frenado, los straps de pedales deben ser regularmente mirados para ver si hay desgaste. Todo depende de cuánto los usas y del tipo de bici que tengas. Nuestros straps aguantan bastante y a nivel de relación precio/calidad son de los mejores del mercado.

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Mundo Bicicleta

En el Galibier somos como un pálido y vulgar animalillo

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«En el Galibier somos como un pálido y vulgar animalillo; ante este gigante, sólo podemos quitarnos el sombrero y saludar con modestia»

La frase de Henry Desgrange, el padre del Tour, exclamada en 1911, define a la perfección lo que el ciclista siente cuando se tiene que enfrentar al gigante alpino en un terreno grandioso, inexpugnable hasta aquel entonces, donde incluso los más grandes campeones empequeñecen ascendiendo por su carretera ganada a los hielos, que cubren tres cuartas partes del año alcanzando los siete metros de manto blanco bajo las órdenes del general Invierno.

Territorio hostil, en su cumbre a 2645 metros sobre el nivel del mar reina el silencio y solo nos queda admirar. Y meditar. Por encima de la cota 2000 hay poca vida en sus laderas, quizás alguna marmota que se despereza del letargo hibernal, pero la actividad humana es prácticamente nula. Es el triunfo de la naturaleza sobre el hombre, en toda su expresión, un monumento hecho montaña donde solo llegar hasta allí arriba supone una victoria y ganar, la gloria, tocando el cielo con las manos.

Así debió sentirse Émile Georget -igual que Neil Armstrong cuando pisó la Luna-, al ser el primer hombre en pedalear por el túnel abierto en su cima, porque el francés, a diferencia del norteamericano, no puso pie durante las 2 h y 38 minutos que invirtió en toda su ascensión, «una gesta sin precedentes en los anales del ciclismo», tal y como tituló L’Auto en su portada del 11 de julio de 1911. Siguiendo con la analogía, el mismo diario aquella fecha podría haber definido la épica etapa como un pequeño paso para el ciclista pero un gran salto para el ciclismo mundial y el Tour, que con aquella montaña adquiría una nueva dimensión.

El túnel que la mayoría de vosotros conocéis ya estaba abierto en aquellos años, ya que fue nada menos que en 1891 cuando se construyó para comunicar a los vecinos de la Saboya con los de la Provenza, bajo 90 metros de piedra y roca y 365 de largo, tantos como días tiene el año. Poco se podían imaginar que 20 años más tarde alguien montado en aquel invento reciente sería capaz de semejante hazaña.

Le habrían tachado de loco, de lunático, pero así fue para asombro de los aficionados a este increíble deporte que se engancharon a un espectáculo sin igual en el que los ciclistas «fueron capaces de ser alados y elevarse hasta unas alturas donde ni siquiera llegan las águilas», como también pronunció en su día el propio patrón de la Grand Boucle. Por aquí volaron Fausto Coppi en el Tour del 52 «escalando como un teleférico deslizándose por su cable de acero» (Goddet), Charly Gaul en 1955, Bahamontes en el 64 o Anquetil dos años más tarde en una de sus mejores vuelos.

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El Galibier es un paso de montaña casi tan viejo como la propia Humanidad. Se dice que esta ruta se fue trazando siguiendo los pasos de contrabandistas y vendedores ambulantes que desafiaban el frío y las ventiscas de nieve incluso en verano. Acceder a uno de los otros valles era como hacerlo a la cara oculta de la Luna, a un territorio desconocido, otro mundo.

Sin embargo no fue hasta 1979 cuando el coloso da su estirón definitivo y crece nada menos que 89 metros, alcanzando los 2645 actuales. En efecto, el viejo túnel se resintió de una sus bóvedas y amenazaba con desplomarse de un momento a otro. Se cerraron sus grandes portalones de madera durante 25 años y se construyó una nueva carretera para cruzar el paso en forma de curvas diseñadas «a la mula», mil metros más de escalada al 10%, convirtiéndose en el tramo más duro de toda la ascensión, siendo Lucien Van Impe, aquel mismo año, el primero en estrenarlo pasando en solitario en cabeza.

“L’adoquí”, caja de productos y experiencias para los amantes de la bicicleta

Aunque las puertas del túnel fueron abiertas de nuevo en el año 2003, después de las reformas que ya permitían el paso incluso de autocares, el Tour prescinde de él y prefiere el nuevo tramo que lleva a la cima, para disfrute de los aficionados que sienten en aquellas nuevas rampas toda la épica de los esforzados de la ruta que se convierten en gigantes cuando hollan su cumbre, igual que lo seréis vosotros si superáis el miedo escénico del cartel «Col du Galibier: 35 km», saliendo de St Michel de Maurienne. Más que un fuera categoría, un puerto de otro planeta.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: Ciclismo Épico

 

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Este ciclismo ha superado a muchos y entre ellos creo que se encuentra Mikel Landa, quien ya no es referencia y la luz con sus ataques. Ahora se dedica a trabajar buenos puestos, trabajando desde atrás y persiguiendo.

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La Itzulia retrata el ingrato presente de Landa

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"Crecí escuchando @lavuelta con JM García y el ciclismo me entró por el ojo" @m_marchante
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