Si Chava Jiménez era la vedette, Roberto Heras era cabeza de cartel
En la foto, amarillenta ya por los años, posan seis tipos que huelen a otro tiempo: Beloki, Heras, el Chava, Olano y Escartín.
Una alineación de lujo de ese ciclismo de los noventa que vivía aún bajo la sombra de Indurain, cuando España seguía creyendo que todo lo que subía un puerto llevaba ADN navarro.
Allí estaban, los herederos del gigante, intentando sobrevivir a la comparación imposible.
En medio de todos, dos nombres que aún hoy dividen sobremesas y recuerdos: Roberto Heras y José María Jiménez.
Dos castellanos de pura cepa, vecinos casi de mapa, pero separados por un mundo entero de carácter.
El Chava era chispa, un vendaval con alma de rockstar
Cuando atacaba, lo hacía como si se jugara la vida, y el público se lo compraba entero.
Lo veías subir, retorciéndose, medio desatado, y entendías por qué la gente llenaba cunetas solo por verle pasar. Era el ídolo que no necesitaba ganar para ser querido.
Heras, en cambio, era otra historia
Silencioso, preciso, sin necesidad de aspavientos. Mientras el abulense levantaba brazos, el bejarano miraba el potenciómetro antes de que existieran los potenciómetros.
Frío en carrera, amable fuera de ella, como esos ciclistas que no hacen ruido pero ganan donde hay que ganar.
Sus caminos se cruzaron menos de lo que el recuerdo colectivo cree. Cuando el Chava volaba en el 98, Heras trabajaba para Escartín en el Kelme.
Y cuando el bejarano ganó la Vuelta, el ídolo de El Barraco ya no estaba para pelear.
Aun así, la afición se empeñó en compararlos, como si el ciclismo fuera una cuestión de temperamento.
La prensa, que entendía de ciclismo lo justo, ayudó poco. Se construyó un mito alrededor del Chava tan desbordado como su propio carácter.
Y Heras, que ganó más, fue menos querido. Cuestión de narrativa, que dirían ahora.
Yo, que siempre fui resultadista, me quedo con el del Kelme.
Con ese escalador fino, metódico, que subía como si la montaña le debiera algo. El Chava fue emoción pura, sí, pero Heras fue eficacia.
Entre ambos, nos regalaron una rivalidad breve pero inolvidable, de esas que explican por qué seguimos mirando al ciclismo de los noventa con una mezcla de nostalgia, cariño y un punto de melancólica ironía.
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