Ciclismo
Moments 24 Pogačar cambió la forma de ver el mundial
En el Mundial, Tadej Pogačar culminó su mejor día de siempre
No creo que sea una exageración decir que Tadej Pogačar logró, en este Mundial de Zúrich, cambiar para siempre nuestra manera de ver esta carrera.
Es el Mundial, no es cualquier cosa. Siempre se define en la segunda o última vuelta, con emoción hasta el final, con margen de error mínimo y nervios hasta el último instante.
No sé si esto marcará un cambio permanente, pero cada Mundial que veamos a partir de ahora se comparará inevitablemente con lo que presenciamos en 2024, con el esloveno como protagonista.
Aunque lo esperábamos, no deja de sorprendernos la capacidad de asombro que genera este ciclista, sin lugar a dudas el mejor que hemos visto en mucho tiempo.
Cuando atacó a más de 100 km de la meta, desbarató de un solo golpe todas las estrategias posibles de sus rivales.
¿Atacar de lejos?
¿Quién podría hacerlo?
Sinceramente, el esloveno estaba en las apuestas, pero quizá no para hacerlo con tanta intensidad ni desde tan lejos. Hacerlo más cerca de la meta habría sido lo más lógico, más acorde con su estilo en las últimas carreras.
Dos semanas antes, en Montreal, había desbaratado todas las opciones de sus rivales a dos vueltas del final, y parecía que esa estrategia era suficiente.
Pero el Mundial le exigió un paso más. Asumió un riesgo que, en otras circunstancias, probablemente no habría corrido. Sabía que se enfrentaba a los mejores rivales posibles, a los más temibles: Van der Poel y Evenepoel.
Contra semejantes bestias, el que ataca primero suele tener cierta ventaja, y Pogačar era muy consciente de ello.
Abrir camino y generar caos en el pelotón se ha convertido en una de sus señas de identidad. El poder disuasorio de sus ataques es tal que, cuando se lanza, da la sensación de que el resto ya compite por la segunda plaza.
No fue diferente esta vez. Detrás de él, lo perseguía gente de altísimo nivel, pero, al final, sucedió lo mismo que en tantas otras carreras: la victoria fue suya.
En un año donde hemos visto al mejor ciclista del mundo llevar a cabo actuaciones solitarias y magistrales, este Mundial se destaca como su obra maestra, la culminación de una temporada impresionante.
Ponerle el maillot arcoíris a este año era, sin duda, el colofón perfecto que Pogačar —y muchos de los aficionados que amamos el ciclismo— deseábamos para él.
Pero claro, cuando un corredor no solo busca el título, sino que además quiere lograrlo de una manera única, especial y eterna, eso ya es llevarlo a otro nivel. Y aquí tenemos a un ciclista que no compite únicamente por estadísticas, puntos o títulos individuales. Está escribiendo directamente las páginas de la historia, sin intermediarios, persiguiendo una excelencia que, en este Mundial, fue absoluta.
Hemos sido testigos de una temporada histórica, probablemente la mejor que hemos visto, y aún así, cualquier resultado que no fuera la victoria en este Mundial habría sido insatisfactorio.
Estamos ante un ciclista que no le teme al vacío ni al fracaso, y eso que ya ha conocido ambos.
Plantear una persecución infernal durante más de 100 km, manteniendo una diferencia que rara vez superó el minuto, requiere no solo motivación y carácter, sino también el mejor motor que hemos visto en los últimos 40 o 50 años de ciclismo.
El maillot arcoíris no podía estar en mejores manos. Dos semanas después, Pogačar lo estrenó en el Monumento de Lombardía, y siete días antes ya había roto el hielo en la Emilia.
¿Habrá maldición del arcoíris?
Como tantas otras cosas, mucho me temo que Pogačar seguirá reescribiendo la historia del ciclismo.





