Ciclismo
El pedacito grande de ciclismo que se va con Ángel Arroyo
Con Ángel Arroyo se van historias de ciclismo que no creeríamos
Ángel Arroyo nos ha dejado y con su marcha se apaga una de las huellas más singulares y auténticas de la historia del ciclismo español.
Se va un corredor de raza, curtido en las sierras castellanas entre el frío y la dureza de un deporte que entonces no admitía aderezos.
Con Arroyo despedimos a ese pionero que abrió brecha cuando acudir al Tour de Francia infundía un respeto casi reverencial y las leyendas sobre la ronda francesa sonaban a territorio hostil para los nuestros.
Aquella edición de 1983 marcó un antes y un después.
Tras unos años de sequía y ostracismo que siguieron a las gestas de Luis Ocaña y José Manuel Fuente, el ciclismo español necesitaba un golpe de efecto.
Arroyo, al frente de aquella expedición del Reynolds, no solo logró subir al segundo cajón del podio en París tras Laurent Fignon y ganar la cronoescalada al Puy de Dôme, sino que demostró a toda una camada de corredores que el podio de los Campos Elíseos no era una quimera.
Aquel resultado abrió de par en par las puertas a nombres como Pedro Delgado, José Luis Laguía, Julián Gorospe o Anstasio Greciano, iniciando una época dorada.
Antes de su eclosión en Francia, la carrera de Arroyo estuvo marcada por la controversia de la Vuelta a España de 1982.
Tras haberse coronado en las carreteras, una sanción le desposeyó del triunfo final en favor de Marino Lejarreta.
Aquel episodio fue duro, pero lejos de hundirlo, fortaleció el carácter de un ciclista instintivo.
Arroyo respondió sobre la bicicleta, sin estridencias, hablando con los pedales y con un punto de honor que definía su personalidad dentro del pelotón.
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Ángel Arroyo encarnaba un ciclismo de miradas francas, ojos saltones y garra constante.
Un deporte medido en kilómetros reales y sufrimiento interno, muy alejado de la sobreexposición y las redes sociales de hoy.
Quienes compartieron ruta con él coinciden en destacar su simpatía, su sencillez y su sinceridad.
Nos queda la memoria de una conversación grabada en el podcast hace unos años junto a un experto de la época com Jorge Lastra, donde desgranó con lucidez y sin adornos lo que significó encarar aquel abismo de 1983.
Se va un tipo diferente, de otra época, un eslabón imprescindible para entender lo que vino después.
Descanse en paz el ángel de Ávila.








