Ciclismo
La despedida a lo grande Elia Viviani
Mucha gente no aprecia la verdadera dimensión ciclista de Elia Viviani
Elia Viviani se despidió del ciclismo como lo hacen los grandes: ganando y sonriendo desde el podio.
En los Mundiales de pista de Chile, donde Torres se había colgado el oro en el omnium, carrera que viene conoce Elia, el italiano puso punto final a una carrera de 15 años con una última victoria, arcoíris incluido, en la prueba de eliminación.
Cruzó la meta con los brazos en cruz, gesto claro de adiós, antes de abrazarse con su pareja, la también ciclista Elena Cecchini.
Fue el cierre perfecto para un corredor que siempre compitió con pasión y respeto.
A sus 36 años, Viviani deja atrás 90 triunfos en carretera y una vida entera ligada al velódromo.
En Italia lo llaman il Profeta, porque junto al seleccionador Marco Villa fue el alma de la resurrección del ciclismo en pista italiano.
Su liderazgo inspiró a una nueva generación que hoy recoge su testigo.
Cambió el sentido de la historia, devolviendo a Italia al más algo, incluso por encima de los anglosajones.
No era solo un ganador; era uno de esos corredores queridos por todos, de los que saludan en el bus, que saben perder y que siempre tienen una sonrisa lista.
Viviani fue profesional desde 2010, pasando por equipos como Liquigas, Sky, QuickStep, Cofidis, Ineos y Lotto.
En la ruta se llevó etapas en el Giro, en el Tour y en la Cyclassics de Hamburgo.
En pista, su cima fue el oro olímpico del ómnium en Río 2016, tras la decepción de Londres 2012. También sumó podios mundiales y continentales, y un respeto que trasciende los resultados.
En Chile, todo el equipo italiano lo arropó en su último podio. Villa, su inseparable entrenador, le colocó una capa con las palabras The Last Dance – il Profeta. “No podía imaginar un final mejor”, dijo Elia, emocionado. “Cuando empecé estaba solo, ahora hay una nueva generación que sigue volando la bandera de Italia. Les toca a ellos”.
Viviani aún correrá los Seis Días de Bremen y Gante, pero su carrera ya tiene un punto final digno: el arcoíris, la pista, su gente y una despedida desde lo más alto.
Un cierre sencillo, elegante y humano, como él mismo.





