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Mundo Bicicleta

El calambre de Contador y Landa

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Alberto Contador y Mikel landa tour de francia
DT – 2022 post

Entre Contador y Landa hicieron un infierno de la etapa más corta

Landa y Contador, a veces se cree innovar, o se busca acercarse. Entre otras cosas que las grandes buscan, está la sorpresa. El recorrido que no deja párrafo suelto, ni renglón seguido, quieren romper, dejar la carrera tocada, no de muerte, pero sí en el animo de aficionado. Quieren en definitiva sal y pimienta.

Pero a la ensalada le hace falta verde, quien la llene, quien le dé contenido e incluso sentido. En la alquimia de los recorridos, los organizadores necesitan la complicidad del payaso del circo, el ciclista, el vértice inferior en una pirámide invertida, en la que a veces no siempre se le trata con el cariño que merece.

 

En el Tour, hubo una jornada, la de Foix, que ciertamente fue sensacional por lo complicado que resulta ver algo así en Francia. Estaba ya casi con dos tercios de carrera finiquitada. Con Fabio Aru pidiendo la hora, porque su amarillo no se apoyaba en un equipo que le rodeara y le diera seguridad en los momentos clave. Con un Froome que titubeaba. Admitiría que vio peligrar la carrera en los Pirineos.

Cabía luchar.

Aru, Froome, pero también Uran y Bardet. Un Tour a cuatro en capilla de la última semana y el Team Sky con la obligación de no estar quieto. ¿La mejor baza?  Mikel Landa.

En la primera parte de la carrera, con el cuerpo rompiendo a sudar, Alberto Contador vuelve a la carga, suelta el chimpancé. Salta y toma metros. Mira atrás, viene otro de blanco, Landa. La pareja ya está hecha, el hueco también.

Quedaba hacer daño.

Y se hizo, Aru desconcertado. Ve el italiano que no hay gente celeste a su alrededor. Sólo rivales. Kwiatkowski se integra en el grupo de contraataque con Nairo y Barguil. Si el polaco entra por delante, Landa tendrá un misil a su servicio.

Pero no, en Sky pesa la jerarquía, Kwaitko para atrás, Froome espera, hay que tentar al líder, si es complicada la gestión de la carrera con un líder, incluso portando el uno, imaginaros con dos, en plenitud y haciéndose valer. La ventaja de Landa, su perfecta compenetración con Contador, estaba creciendo en exceso.

Kwiatko cazado por detrás, y el ajedrez del Sky lo juega todo al rey. El polaco tira y tira por detrás. Froome, nervioso, tienta, pero no descuelga a Aru, sin embargo la ventaja de los de adelante se estabiliza, entra en lo normal, en lo razonable. Warren Barguil gana su primera etapa, memorable su entrada en la recta de meta, Landa se mete en la pomada, Contador se lame las heridas atacando y Froome ve que Aru es fruta madura.

Si hubo un día que Landa creyó optar al Tour, fue éste, si en el futuro cuando mire atrás, escrutara el día que el Tour le abrió la puerta, fue éste. Fue desde luego la mejor etapa del Tour.

Imagen tomada de Ciclo21

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Mundo Bicicleta

La ciclista

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DT – 2022 post

Una historia sobre esa ciclista que siempre veías pasar

Invierno. Son las 8 de la mañana. Ahí afuera hace un frío que pela. Creo que deberemos rondar los 0ºC. Hasta la casa está fría. Enciendo la chimenea. Calor de hogar. Mientras tomo el café me asomo a la ventana a ver si la veo. Mi casa está justo al final de la colina principal que corona el pueblo, una rampa dura de unos 500 m al 10%, pero es que para llegar hasta aquí hay una respetable subida de 5 km al 6%.

El cielo de un gris plomizo, apenas deja pasar el sol. Observo los árboles desnudos y escucho el sonido del viento, aire frío y molesto del norte, el habitual por estas fechas. La carretera está muy húmeda y me viene un olor intenso a chimeneas encendidas.

La verdad es que tengo ganas de verla ya que hace bastante que no pasa por aquí, desde mucho antes de Navidad. Se habrá tomado su merecido mes de descanso, pero como es habitual en ella, hoy es el primer sábado después de las fiestas y seguro que hoy la veo. Siempre inicia su temporada en esta fecha realizando este recorrido ascendiendo este pequeño alto donde yo vivo.

Shimano Sep 2022 – Post

Se retrasa bastante. Es normal. Seguro que se lo ha tomado con calma. Después del parón invernal, las fiestas y el frío que hace no es para menos. El reloj está a punto de tocar las 9 de la mañana. Parece que se acerca alguien a lo lejos en bici. Tiene que ser ella. En efecto, es mi «amiga» ciclista. No la conozco de nada, pero la he visto pasar muchas veces.

Viene muy tranquila, moviendo un desarrollo muy cómodo. Si no fuera porque sé que es ella, casi no la reconocería. Muy abrigada, con un buff que le tapa casi toda la cara y sólo se distinguen sus bonitos ojos detrás de sus gafas claras, su pelo recogido bajo su casco de color metalizado, chaqueta térmica de color amarillo y un culotte largo de invierno ajustado que delatan que estos días ha echado algunos kilillos, no muchos, tres o cuatro. Unos guantes de riguroso invierno y unos botines a juego completan su equipación en estos primeros kilómetros del año.

La verdad es que debe ser una sensación muy especial salir de casa el primer día del año con la bici y pegar esa primera pedalada, ya sea con la derecha o con la izquierda, que hay para todos los gustos, y completar ese primer kilómetro pedaleando al que le seguirán miles y miles más durante toda la temporada.

Hoy mi «amiga», del cual desconozco su nombre, va muy tranquila sobre su blanca y reluciente bici. Seguro que unos días antes de salir le ha dado un buen repaso, engrasándola y limpiándola.

Llega a mi altura y corona el repecho. Como siempre también gira su cabeza arriba y hacia la derecha como buscándome. Aquí estoy. Me saluda con un ligero y tímido movimiento de cabeza. Le contesto con una sonrisa. Nada más iniciar el suave descenso que viene a continuación ya veo que echa mano del plato grande y se deja caer pedaleando con tranquilidad. Ya no la volveré a ver hasta la semana que viene.

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Primavera. La luz del sol me despierta. Las ocho en el reloj. Me hago el café y me asomo rápido a la ventana. La abro y respiro. Hace un fresco agradable. Los árboles empiezan a vestirse de  verde y escucho el agradable sonido del canto de las golondrinas revoloteando alrededor de mi casa. Es una bonita mañana de abril con el cielo completamente despejado. Sopla una ligera brisa y en el campo que tengo delante de casa ya florecen las amapolas. Hemos dejado por fin el invierno atrás.

Hoy seguro que viene con ganas. Ya está aquí. Y viene bastante deprisa. Apena pasa un cuarto de hora de las 8. Lleva dos o tres piñones menos desde la última vez que la vi. La encuentro más atlética y sin duda ya ha dejado por el camino los kilos que le sobraban. Ya lleva culotte corto, mostrando sus bonitas piernas que empiezan a estar ya bastante morenas. Aún va con maillot largo. En las bajadas aún hace fresquito. Ha cambiado sus gafas transparentes por otras oscuras. El sol empieza a pegar. Veo su cara, también ya morenita y se ha soltado un poco su corta melena. Es muy guapa, la verdad, y la veo muy en forma. Va por faena y muy concentrada. Apenas hoy se fija en mí.

Aún y así hace un gesto como de saludo.

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No sé ni siquiera si me ha visto o ha intuido que estaba ahí asomado como siempre. Creo que hoy ha debido subir muy rápido, ha coronado, ha puesto plato y se ha lanzado como una posesa hacia abajo. Estos días la veré más a menudo. Hoy es martes, el jueves seguro que vuelve y el sábado también. Está entrenando duro.

Verano. Hoy me he despertado antes de las 8. Son las 7:30. Ya no podía dormir más y no paraba de dar vueltas en la cama. Hace ya mucho calor y eso que duermo con la ventana abierta. El sol está ya bastante alto y el termómetro marca ya 22 grados,  lo que promete una jornada de intenso calor. Oigo el canto de las chicharras, tostándose al sol, y a lo lejos campos amarillos de trigo a punto de ser segados. Suerte que aquí arriba tengo estos frondosos árboles que protegen y dan un poco de sombra a mi casa.

Miro el calendario. Ya estamos a finales de junio. Me asomo a la ventana y giro mi cabeza directamente a la derecha. Ya ha pasado, la veo a lo lejos que ya ha iniciado hace un rato el descenso. Estos días, a no ser que madrugue, sólo la veré por detrás, muy morena, completamente de corto, con su maillot azul y su culotte blanco alejándose como una moto. Hoy seguro que habrá hecho su mejor tiempo subiendo hasta aquí. Ya está preparada.

Hasta el otoño, guapa.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: A.S.O./Thomas Maheux

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Mundo Bicicleta

La Peña Cabarga: La cima que mira el mar

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DT – 2022 post

En la Peña Cabarga la vista abarca desde la bahía de Santander a los primeros Picos de Europa

El día que muchos supimos de Peña Cabarga es ese que ilustra este artículo, con aquel mano a mano Froome vs Juanjo Cobo… vaya tarde.

Cantabria es pequeña. Pero este término puede ser muy relativo ya que esto no le impide ofrecer a cicloturistas de diferente pelaje, desde duras cumbres para escalar y probarse en sus severas cuestas, hasta carreteras junto a playas de aguas tranquilas para pedalear y rodar con tranquilidad.

Cantabria es la Montaña, como si no hubiese lugares, que los hay, más distantes del nivel del mar.

Una tierra en la que más de su mitad está 600 metros por encima de su piélago, el Cantábrico, un mar duro que combate fuerte con sus altas olas.

Los naturales de la tierra son los montañeses, gentes que pueden estar separados por pocos kilómetros, entre los que viven en la alta montaña y los pescadores de la costa. Del litoral a los Picos de Europa, donde las alturas se disparan hasta los 2.500 metros.

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Cantabria es verde naturaleza y azul de los cielos y el mar.

Terruño de difícil acceso en la antigüedad, donde las sierras han formado una barrera natural, Cantabria es equilibrio, entre el mar y el monte, entre la naturaleza y la obra del hombre.

Vamos a comprobarlo.

Parque Natural de la Peña Cabarga. Santander. Una de las ascensiones más duras que se pueden realizar en bici en esta bella tierra.

Como diría un buen amigo, «una subida para cicloturistas muy bien preparados». Y con muy buen desarrollo, añadiría yo.

Pero estamos en junio. Nuestro mes. Estamos en nuestro mejor pico de forma y nos decimos a nosotros mismos ¿por qué no? El verano ha llegado y lo ha hecho para hacernos feliz, para que lo llenemos de colores y de sueños… cicloturistas, parafraseando la famosa canción.

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Sol. Calor. Tiempo de playa. También de montaña. Mes de vacaciones para algunos, como pueda ser nuestro caso, disfrutando de esta joya que es Santander que nos recuerda nuestra infancia. Y nuestra juventud. Cuando pasábamos largos y cálidos veranos en inolvidables estancias junto al Cantábrico. Matinales de playa con la familia. Tardes de bici con los amigos, bajo el inconfundible canto de la chicharra. Salidas, a veces, a ritmo de verano azul. Otras, muchas,

muy duras. El reto era alcanzar el alto de Peña Cabarga, una escalada muy exigente a este macizo santanderino, donde nos dábamos palos por todos lados y nos picábamos en sus inflexibles rampas.

Sudor. Calor. Cansancio. Fuerzas llevadas al límite. Meriendas junto al monumento a los marinos de Castilla. ¡Qué recuerdos!

Allí arriba, gozando en su cima de las vistas, contemplando toda la Bahía de Santander, los valles y los Picos de Europa, nuestros sentidos se abrían y observábamos fascinados cómo se conjugaban con fuerza todos los elementos de la naturaleza, el cielo y el mar, la montaña y el viento.

Hoy volvemos. Para allí que vamos. Le tenemos ganas.

Nos bajamos la cremallera del maillot. El día ha sido caluroso. Habremos rebasado los 30º grados con facilidad. Lo bueno que tiene salir a media tarde, aprovechando los largos días de junio, es que la intensidad del sol va bajando a medida que también nosotros vamos avanzando en nuestro pedaleo, mientras el sonido de las golondrinas, que tanto nos gusta también, cantando alegres y revoloteando entre los callejones, nos acompaña en estas primeras pedaladas mientras enfilamos la antigua carretera entre Santander y Bilbao.

Habremos salido prácticamente tocando la fina arena de la playa del Sardinero, para en apenas 20 kilómetros alcanzar el Mirador del Indiano, allí arriba. Así de cerca. Así de lejos. Pensar en este muro nos hace verlo próximo, porque a 14 kilómetros de Santander, enfilando la recta de Heras, encontramos el cartel que nos indica el camino a seguir para superar el resto. También nos dará la impresión de distancia, de mucho trayecto, pues en esos últimos 6 kilómetros, en los que comienza la diversión, es donde sentiremos en nuestras piernas toda la dureza de esta gran cuesta y, con dolor, después de tomarnos con calma sus tres primeros kilómetros al 10%, para llegar al falso llano de 500 metros, respirar profundamente, antes de encarar sus infernales 2 kilómetros y medio hasta la cúspide.

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Por eso, la recomendación es tranquilidad, buen ritmo y no forzar mucho, estirar piernas en el descansillo, y afrontar con cabeza y piñón grande la pendiente que se nos vendrá encima con una empinada rampa de 200 metros al 22% de desnivel que se nos hará eterna.

No podremos olvidar las imágenes que vendrán a nuestra memoria, como fogonazos, recordando como reptaban por aquí, retorciéndose, escaladores de la talla de Joaquim Rodríguez, Chris Froome, Juanjo Cobo o Vasil Kirienka.

Pasado este trance, sólo nos quedará pedalear 500 metros más hasta la cima con una no menos exigente media al 8%. Un vértice fabuloso coronado por el Pirulí de Peña Cabarga.

Prudencia en el descenso y buen retorno, de nuevo, al mar.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: Diario de Jaén

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En Pailhères tendrás el puerto total

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DT – 2022 post

Pailhères fue el primer gran escenario de Nairo en el Tour

Un puerto soberbio, a 2001 metros de altitud con una magnífica carretera para ascenderlo tanto si lo hacemos desde Axat como desde Ax-les-Thermes. Admiración. ¡Oh! Pailhères, sí. Eso es.

Si tuviera que explicarlo lo primero que saldría de mis labios sería esta exclamación.

Asombro. Fue lo que yo sentí cuando lo ascendí por primera vez en julio de 2013, como cuando Nairo explotó en la grande boucle. Aquel año, aquel verano en el Tour. ¡Qué gran recuerdo! Estaba fuerte aquella temporada y quizás haya sido una de mis mejores ascensiones a un gran puerto, a todo un hors catégorie, donde yo encontré mi mejor golpe de pedal en uno de los escenarios más sorprendentes que yo pueda recordar. “De dibujos animados”, lo llaman algunos.

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Fascinación. Y eso que lo tuve que ascender con una corona trasera de 25, que era lo único que pudo ponerme el simpático alemán Wolfgang, mecánico de Focus, marca de bicis por la que había sido invitado a sentir toda una experiencia en la Grand Boucle. “Tendrás que tirar de piernas”, recuerdo que me dijo en su día, medio en alemán, medio en francés.

Seducción. A pesar del “dolor”, del sufrimiento en un día de sol radiante de mucho calor, el típico día de verano de la alta montaña del julio francés, decidí disfrutarlo, y vaya si lo hice.

Atracción. Aquella jornada nos pusimos en marcha tres alemanes, un inglés, un francés, un italiano y yo (sí, como en los chistes, je), iniciando desde Axat, bonito pueblo del Languedoc-Roussillon situado a 405 metros de altitud, y cruzando el puente sobre el Aude, una preciosa ruta de unos 20 kilómetros en suave ascenso dirección a Usson-les-Bains (785 m) pasando por una carretera encajonada entre rocas: el bello paso de Les Gorgues de St. George atravesando el Valle del Aude.

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Maravilla. A ritmo de cháchara y de risas, mientras pudimos, llegamos al cruce a mano derecha donde se desataron todas las hostilidades: los alemanes se descolgaron y yo me fui detrás del francés que inició la subida como alma que lleva el diablo.

Hechizo. Al final lo tuve que dejar y poner intermitente a la derecha porque aquel ritmo me iba a reventar. Además hacía muchísimo calor. Me preparé para sufrir, puse el 25 y para arriba, sin prisa pero sin pausa, notando el aliento en mi cogote de algunos que ya se me iban acercando.

Encanto. En Rouze (980 m), un pequeño descanso alivió mis piernas y me hizo bajar piñones. Pasado este pequeño suspiro las rampas volvieron a endurecerse. De pronto me giré y vi al inglés poniéndose a mi lado, asfixiado. Me adelantó unos 25 metros y se bajó de la bici. Abandonaba. No podía más. Yo seguí a mi ritmo, pasando mucho calor, pero más o menos bien. Luego supe que el resto también plegaron, incluido el italiano. Aquí también recordé la etapa del Tour de 2003, cuando un villano llamado Lance las pasó canutas en una jornada como la de aquel día, en plena ola de calor y a más de 30 grados: maillot abierto, boca abierta buscando aire, y mirada baja, que hizo que hasta se le desencajara el rostro y pareciera algo más humano.

Embrujo. Recuperando fuerzas, aprovechando un pequeño rellano entre agradecidas sombras de hayas, a mitad de puerto y a la salida de aquel bosque, es cuando pude contemplar hasta dónde tenía que llegar. Vistas impresionantes de la cima del puerto de Pailhères, en la que aún quedaban rastros de nieve en sus laderas rodeadas de verdes prados. Unas montañas bellísimas. Un paraíso pirenaico espectacular.

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Embeleso. Uno de los puertos más hermosos que yo haya ascendido nunca con esa poquita de razón ante tanta locura, porque Palhières (“la razón de la locura”) es así, te aprieta pero no te ahoga, te deja hacer sin que te vuelvas loco, sino padeces de síndrome de Stendhal porque es inmensa la belleza que se presentó delante de mí, algo que, por otra parte, hizo que mi sufrimiento encima de la bici lo tuviera bastante distraído a la espera de que por fin saliera la fiera de escalador que llevaba dentro, que por algún sitio tenía que estar, y pudiera vencer sin problemas al coloso.

Furor. Como siempre, de menos a más, y sobre todo en la zona de curvas, nada menos que hasta 19 según han contado algunos, es donde mejor me encontré y donde di mi mejor golpe de pedal. Así es, en los lacitos es donde más fácil subí.

Éxtasis. Ya estaba a punto de coronar. Las cunetas llenas de auto-caravanas y mucho público que jaleaban nuestro pequeño Tour particular, esperando el de verdad para el día siguiente. Una experiencia extraordinaria. En aquel momento estar rodeado de gente que animaba me daba alas literalmente, soltando el pedaleo, demostrando que iba bien, porque notaba ese empujón invisible que hizo que lo diera todo y coronara con fuerzas, tras 15 kilómetros de duro ascenso hasta llegar a los 2001 metros de altura.

Wolfgang, ¿cuándo volvemos? Pero como alguien dijo, la próxima vez «mon Dieu, ¡ponme un 28!»

Por Jordi Escrihuela

 

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El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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DT – 2022 post

Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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