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Ciclismo antiguo

¿Doblete Dauphiné y Tour?

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Vingegaard el año 2023 ganó Dauphiné y Tour cerrando por el momento una lista muy exclusiva

Aunque sea una ciencia no exacta, la teoría dice que el Dauphiné suele ser una buena pista de cara al Tour de Francia, de hecho se comenta que el Dauphiné es un “mini Tour”.

Los años de historia compartida entre las dos carreras, que son más de 60, dictan que son más bien pocos los que han firmado un doblete, por otro lado muy prestigioso. Tanto, que el elenco con las dos carreras en la misma temporada responde a un selecto grupo de campeones, un palmarés de ensueño: Lance Armstrong –si se nos permite incluir-, Miguel Indurain, Bernard Hinault, Bernard Thévénet, Luis Ocaña, Eddy Merckx, Jacques Anquetil y Loison Bobet.

En el final de la lista se incluye a los tres últimos ganadores británicos del Tour: Geraint Thomas, Chris Froome y Brad Wiggins.

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Y sumadle a Jonas Vingegaard el año pasado.

Antes por eso fueron esos ocho ciclistas de perfil alto, con dos o más Tours en su bagaje, a excepción de Ocaña, con excelentes prestaciones en la montaña, pero hábiles croners, cuando no inmejorables.

Ocho ciclistas y diez coincidencias. Lance Armstrong hizo de la Dauphiné su auténtico banco de pruebas, y no precisamente con gaseosa. A un mes escaso del Tour el tejano comprendió que lo que pasara en la vuelta por etapas posiblemente más cotizada tras las tres grandes resultaría esclarecedor de su suerte en el Tour. Así lo hizo en dos ocasiones, de forma consecutiva además, en 2002 y 2003.

En algunas ocasiones forzando hasta lo recomendado, como en 2003 cuando Iban Mayo le propuso un duelo que el americano no rehuyó, al punto que en el Tour se le vio exento de esa chispa tan suya. Entre Suiza y Dauphiné, el americano siempre prefirió la vía francesa, quizá por gozar de un privilegio único: compartir parajes y puertos con el Tour. Sin ir más lejos en la presente edición ambas pruebas compartirán el Ventoux, puerto erigido en clave de la “Grande Boucle”.

Otro que ha repetido triunfo en dos ocasiones fue Bernard Hinault. Lo hizo un par de veces, en los años 1979 y 1981. El francés acumuló en el primer año cuatro etapas y la general de la Dauphiné para luego sumarle el triunfo absoluto y siete parciales en el Tour. Dos años después, Hinault repitió jugada casi idéntica.

En 1995 Miguel Indurain conseguía apropiarse de tan singular logro. El año de su quinto Tour, el navarro sacrificó el Giro de Italia, donde un año antes había sido derrotado por Berzin y Pantani, por atar un camino más cómodo hacia el Tour, en el que también se llevó por delante la otrora prestigiosa Midi Libre. Saltando de década, debemos remontarnos hacia Bernard Thévenet, ganador en 1975 de ambas pruebas.

Antes lo habían logrado Luis Ocaña en 1973, Eddy Merckx en 1971, Jacques Anquetil en 1963 y Loison Bobet en 1955.

Dos ediciones resultan especialmente significativas de que lo que ocurra en la Dauphiné no debe extrapolarse al Tour. A

mbas tienen además a dos protagonistas españoles. En 1996 Miguel Indurain firmaba en la prueba alpina una victoria extraordinaria, de las mejores que se le recuerdan. Ganó con autoridad la crono individual y se mostró insultante en montaña, ganando incluso una etapa, algo poco usual en él. Un estado de forma rotundo, acompañado de su aureola de quíntuple ganador del Tour, le alzaba con exclusivo favorito para la grande gala.

Aquella edición partió de los Países Bajos, una semana de lluvia y frío inéditos en Francia y en julio pasaron factura al mejor ciclista español de la historia que ya en los Alpes cedía para declinar toda opción en los Pirineos. Un caso más reciente fue el que aconteció con Iban Mayo.

En 2004 el ciclista nato en Igorre marcó una carrera antológica, con una cronoescalada al Mont Ventoux que entra entre los mayores revolcones que se le recuerdan a Lance Armstrong en plenitud. Luego en la primera semana del Tour se dejaba toda suerte en un adoquinado polvoriento del norte de Francia.

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Entre las curiosidades que encontramos hurgando entre estos más de 60 años de historia común entre dos carreras íntimamente vinculadas por su proximidad de fechas y escenarios comunes, destacan dos corredores, ambos con un sino muy similar: frecuentar podios para recoger premios secundarios, rara vez como ganadores.

Hace poco más de una década que tomamos nota de la segunda plaza firmada por Cadel Evans tanto en la Dauphiné como en Tour. Años antes, tenemos a Raymond Poulidor, el corredor con más podios en ambas carreras coincidiendo el año.

El llamado “eterno segundón” logró ganar la Dauphiné en dos ocasiones, en 1966 y 1969. En esos años acabó tercero el Tour.

En 1962 fue tercero en ambas carreras y 1965 y en 1974 segundo en las dos. Un par de ciclistas cuyas similitudes salvados los tiempos y sus diferencias parecen más que evidentes.

Dos ciclistas que en definitiva acentúan esa sintonía existente entre dos grandes pruebas.

Imagen: A.S.O./Billy Ceusters

 

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Ciclismo antiguo

Cuando Indurain perpetuó el tramo de Pinerolo a Sestriere

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Las veces que Sestriere se cruzó en la vida de Indurain dejó huella

La despedida del Tour en Italia se hizo por un trazado que conocíamos de otras muchas ocasiones, pero me ha hecho gracia que los primeros 50 y pico kilómetros se hicieran prácticamente sobre el mismo tramo en el que Miguel Indurain sentenció su segundo Giro, en 1993.

Porque el tramo entre Pinerolo y Sestriere es uno de los más comunes en la historia del ciclismo a lo largo de los años, pero sólo ese día, una tarde de junio de 1993 se cubrió de forma específica.

Llegaba aquella cronoescalada de 55 kilómetros en el tramo final de Giro de Italia, con Miguel Indurain en clara maglia rosa ante el rush final de la carrera.

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El navarro se tomó con calma la mañana de la crono definitiva de la entonces segunda gran vuelta del año, pues ya se había celebrado la Vuelta.

Se levantó sobre las siete y media, y tras un rápido desayuno se fue a reconocer el primer tramo de la crono, el más sencillo sobre el papel, pero siempre, siempre, picando para arriba.

Tras una comida a mediodía, descansó y planificó con Echávarri la crono para abordarla pasadas las tres y media de la tarde.

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Ya en competición, el navarro no fue el primero en el tramo inicial, pero a partir de la segunda referencia empezó a abrir el melón.

Piotr Ugrumov mantenía el tipo pero el resto empezaba a irse a una distancia importante, en especial Claudio Chiapucci y sobre todos, Maurizio Fondriest.

En la cima de Sestriere, Indurain lograba 45 segundos importantísimos sobre Ugrumov, el rival que venía del anonimato y que estaba en capilla de ponerle al pie de los caballos en la famosa ascensión a Oropa, al día siguiente.

Indurain y Sestriere no se cruzaron muchas veces en la historia, pero su relación tuvo altibajos, desde la bestial etapa del Tour 92, en la que se planteó un maratón alpino que pasa por ser uno de los más duros de la historia, al Tour 96, cuando Riis demostró ir tres, cuatro o cinco puntos por encima del resto.

Imagen: Youtube

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Ciclismo antiguo

La excelencia del Tour 1989: 5 elementos diferenciales

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Ahondar en la historia del Tour de 1989 es hacerlo en la carrera más singular de siempre

No es eso de «cualquier año pasado fue mejor«, pero cierto es que, recuperando emociones y recuerdos, pocas carreras sugieren la épica, leyenda y singularidad del Tour de Francia de 1989, una edición que, a mi juicio, fue un antes y después para la carrera.

Una carrera que hasta entonces sí era la mejor del mundo, pero que en combinación con lo sucedido en 1986 dio un salto a la popularidad más absoluta, rompiendo los límites naturales del ciclismo.

Si echamos el recuerdo a aquellos días de julio de 1989, entenderemos los motivos de esta percepción.

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Una generación única en su «peak»

Los nombres gruesos de esos días fueron Pedro Delgado, Laurent Fignon y Greg Lemond, en orden inverso al podio.

Sólo faltaba el lesivo Stephen Roche en esa terna.

Fueron los ciclistas que crecieron al abrigo del éxito de Bernard Hinault. 

Lemond y Fignon de su mismo seno, en el caso de Perico coincidiendo en el tiempo y en ciertos lugares, como aquella vez de la escapada de Pau en 1986.

El arranque inesperado

No creo que haya persona en el mundo que se haya cruzado con Perico que no le haya preguntado por Luxemburgo.

Ese desastre, el fin del mundo en esos momentos, fue al mismo tiempo una bomba de popularidad y comocimiento generalizado.

Llegar tarde a la salida de una contrarreloj, con el maillot amarillo y el dorsal uno en la espalda, eso sólo le podía pasar a Perico, quien para más inri se quedó tieso en la crono por equipos del día siguiente.

¿Resultado?

Que el ganador saliente empezó su defensa del Tour último.

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La dualidad Fignon-Lemond

Ahí estuvieron dos monstruos en tiempo y lugar,

Ambos creo que no eran superiores físicamente a Perico, pero le tomaron de salida una diferencia tan bestia que al segoviano le resultó imposible remontarles.

Pero, como digo, americano y francés eran dos gigantes, dos ciclistas irrepetibles, tan buenos, tan carismáticos que sólo hubo sitio para uno.

De Greg, me quedo con su inteligencia absoluta, su compromiso con la innovación y el no rendirse nunca, de Laurent me marcó su carácter y su forma de correr, siempre agresiva, sin esconder intenciones ni guardar fuerzas.

Bicentenario de la Revolución Francesa

1989 fue un año de cargado simbolismo para Francia, pues se cumplían dos siglos de su famosa revolución.

El Tour estaba pensado para uno de casa, el año que el Louvre inauguraba su emblemática pirámide de cristal, pero no fue posible y el anticlimax fue histórico.

El mejor desenlace de la historia

La imagen de Greg Lemond remontando en el suspiro final fue brutal, a ello se le añadió el hundimiento en vivo y directo de Laurent Fignon, con Perico, recuerdo, en directo en TVE.

Ese final no se ha vuelto a producir, ocho segundos en una crono como desenlace tuvieron la palabra.

El Tour nunca ha vuelto a acabar así desde entonces ¿qué pasará entre Mónaco y Niza este año?

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Ediciones top del Tour: 2022, ese Vingegaard

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Vingegaard y Jumbo ejecutaron un Tour 2022 lleno de golpes maestros

Cuando veamos en la salida de Florencia, durante la presentación de equipos, recordad cómo fue la del Tour 2022 en Copenhague con Jonas Vingegaard.

El abrumador apoyo de afición danesa sobrepasó al ciclista, que no lograba disimulas las lágrimas ante aquel fervor.

Una salida memorable, como casi todas las Grands Départs, como espero que sea la de BCN, para uno de los mejores Tours que recuerdo.

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Con un favorito ejerciendo desde el kilómetro cero, el dorsal uno y bicampeón, Tadej Pogacar, Jumbo Visma ejecutó a las mil maravillas una envolvente invisible y sutil que acabó con la fortaleza del coco.

Aunque Primoz Roglic partía con la vitola en el equipo neerlandés, algo nos hacía presagiar que el danés segundo del año pasado iba a estar más cerca de Pogacar.

Ya en la primera semana del Tour 2022, Vingegaard dio serios avisos de su estado de forma: estuvo en el corte de Van Aert camino de Caen y en la Superplanche, Pogacar ganó, pero no abrumó.

Síntomas que se mezclaron con días de polvo y golpes como el del pavés, en el que Pogacar no logró despegarse lo que su exhibición merecía, ante la rocambolesca situación para Jumbo, desmembrados en muchas partes de la jornada, perdiendo a Roglic, pero salvando los muebles para Jonas Vingegaard.

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De esta manera nos presentamos en la gran danza ciclista de los años próximos, el tramo del Télégraphe y Galibier, encadenados, con Roglic lanzando los cohetes y obligando a Pogacar a entrar al trapo.

Aquello fue un equipo contra un ciclista, en algunos tramos del Galibier, el esloveno, en el último día que ha vestido el amarillo se vio rodeado de Kuss, Kuijswijk, Roglic y el mismo Vingegaard, mientras Van Aert iba escapado.

Tanta presión, tanto desgaste dejó seco a Pogacar que cedió en el Granon ante Vingegaard.

Lo imposible que había producido, Vingegaard lideraba el Tour 2022 y no dejó el amarillo hasta el final, estampando el sello de otra memorable etapa, la de Hautacam.

Si el ciclismo es emoción y bello a flor de piel, ese Tour lo logró, lo hizo plenamente, en el duelo más espectacular que ha visto este deporte en tanto tiempo.

Imagen: ASO

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Ediciones top del Tour 2012: El lío entre Froome y Wiggins

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Froome no se equivocó al esperar a Wiggins

Ahora que le dimos vueltas a la situación de Bradley Wiggins, de si su irrupción ha sido una moda o que volverá por sus fueros, recordamos uno de los «peaks» del dominio británico en este deporte con aquel episodio entre Chris Froome y Bradley Wiggins en La Toussuire.

Si lo de Jumbo en la Vuelta os pareció bochornoso, aquello lo fue más.

En el mapa del dominio que ha dibujado el Team Sky esta última época del ciclismo, el Tour de 2012 fue la puerta al infierno.

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El tren negro ya se había configurado en el Dauphiné de antes: Boasson Hagen, Rogers, Porte y Froome, por este orden, debían secundar la gran y multimillonaria apuesta que Dave Brailsford había hecho por Brad Wiggins, traído a talonario del Garmin de Vaughters.

El plan tardó un par de años en activarse, pero para el Tour de 2012, Wiggins ya estaba a punto por mucho que a Froome, entonces joven e inexperto, le surgieran dudas sobre plan trazado.

Wiggo dominaba la general con la seguridad que sus rivales estaban lejos con Froome de por medio.

Ni Evans, ni Nibali eran amenaza real para la pareja del Sky que se quedó sola en la subida final en La Toussuire.

Ahí, años después el propio Froome admitió tener dudas.

Unas dudas que venían fundadas por la debilidad de Wiggins en la montaña de la Vuelta, diez meses antes, y también por Froome quien, como todo hijo de vecino, tenía sus ambiciones.

Ambiciones que se dispararon cuando, se puso a tirar y vio a gente sacando el cuello por encima de la camisa.

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Aquel Froome, el del molinillo, el anterior a su primer Tour, aquel del Ventoux y las mil teorías sobre sus aceleraciones, era una máquina de matar.

Chris Froome admite la tentación pero para su bien y el del equipo no quiso saltarse el plan establecido.

Al final, por eso, e incluso con la debilidad mostrada, Bradley Wiggins ganó esa carrera con más de tres minutos porque aquel Tour fue el último que tuvo contrarrelojes decentes.

Froome pensó entonces en los Tours que habían de venir

Froome tenía margen y Wiggins estaba en la cresta de su madurez física en la carretera, madurez física, y también mental, porque con el tiempo vimos que lo que el largo Sir logró ese verano ni se lo plantearía de nuevo.

Fueron tantas las servidumbres, el sacrificio y el dolor de aquellos meses que una y no más.

Sin embargo, nadie puede escapar al escenario lúbrico de un ataque de Froome que desarmara a Wiggins.

Froome pensó entonces en muchos Tours por disputar.

Hoy ha ganado cuatro, y ya noopta a un quinto, pero verte en la pomada de la mejor carrera del mundo es algo que, o lo coges muy fuerte, y luchas por ello, o a veces no te vuelves a ver en una igual.

Chris Froome fue frenado entonces, le hicieron volver al redil.

En el Team Sky no había vaciles sobre liderazgos y jerarquías, y se han mantenido incluso en circunstancias desfavorables.

Hoy, once años después, Chris Froome podría contar cuántos corredores han tenido que echar el freno por ayudarle a él.

«Hoy por ti, mañana…» Chris Froome tuvo las luces entonces de parar, como han parado por él grandes corredores tipo Richie Porte, Wouter Poels, Geraint Thomas, Michal Kwiatkowski o Mikel Landa.

Corredores que nunca llegarían al nivel de su líder, pero que sí demostraron en días puntuales tener piernas para hacer algo bonito.

Algo que para desgracia del espectador siempre quedará en la imaginación que ese ciclismo del Team Sky empequeñeció.

¿Qué hubiera pasado en el Team Sky si Froome no hubiera esperado a Wiggins?

Imagen: Eurosport

 

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DESTACADO: Tout de Francia

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