Ciclismo antiguo
La clase en ciclismo, eso de lo que todos hablan y pocos tienen
En ciclismo la palabra clase implica muchas cosas al mismo tiempo
Desde tiempos inmemoriales, donde alcanza mi memoria en ciclismo, la palabra “clase” ha sido recurrente, una especie de “día de la marmota” en el terreno de las explicaciones para actuaciones que perduran.
Clase, tener clase en ciclismo no es sencillo, se necesita la alineación de los astros, un tío con clase que no tenga fortuna no gozará de gran recorrido, un tío con clase que no le acompañe la fuerza no llegará lejos, pero un tío con clase que lo tenga todo en la mano, posiblemente acabe haciendo historia.
¿Qué es la clase en ciclismo?
Cuando surge esta palabra, lo asociamos, yo creo que automáticamente, con un ciclista, Gianni Bugno, la perfección sobre la máquina, la elegancia en la victoria y derrota, mover vatios como quien sume un azucarillo en el café, con naturalidad y perfección.
Gianni Bugno no fue el mejor de su generación, su palmarés es de gourmet, pero su clase es eternidad
Lució uno de los maillots más bonitos que recordamos, aquel del Tour de 1991, el de campeón italiano, con el que claudicó por primera vez ante Miguel Indurain, exhibiendo el mismo porte atacando en el Poggio para ganar en San Remo que descolgándose en Sestriere de Vona e Indurain.
El esfuerzo no pasaba por su rostro, ni por su postura sobre la flaca, era fino, elegante, como el cuchillo incandescente en la mantequilla, una saeta a nuestro enamoradizo corazón.
Hasta le escribieron un libro, el del eterno perdedor que deja surco.
Debemos entender la clase como la elegancia de donde surge rendimiento, sin que uno perjudique al otro, más bien se retroalimentan en un cóctel letal para los rivales y placentero para el espectador, son unos cuantos lo que también habríamos de mencionar.
Si hablamos de rostro neutro, que no expresa no expresa ni alegría ni sufrimiento, aunque con rendimiento sublime se nos ocurren dos, por un lado Laurent Jalabert, fino y sutil, por el otro Nairo Quintana, acompasado sobre la flaca, pero fatal para los rivales.
El estilo de ambos conecta con el de un francés que subía como los ángeles, David Montcoutié.
Luego están dos eternos alemanes, cada uno en su estilo
Jan Ullrich, desplegando fuerza, cadencia y postura casi pornográfica sobre la máquina.
Andreas Kloden, cincelando el ciclista perfecto, acoplado, siendo uno con la bicicleta en una estampa que seguro Miguel Ángel sacaría de un pedrusco de mármol si su David fuera un ciclista.
Clase y ciclismo, ambos tienen terreno abonado en la crono, el esfuerzo individual, sin distorsiones, donde la imagen es el espejo del alma.
Y ahí hay una línea cronológica, que arranca de uno que vimos, Jacques Anquetil, no lo vimos en directo, sí en diferido, el ejercicio contra el reloj sublimando la profesión, como la perfección de Miguel Indurain, incluso cuando subía, llegando a los más recientes: Wiggins-Dumoulin-Ganna.
Vaya tres en tiempos nada propicios para la lucha contra el reloj.
La clase no está reñida con la violencia y el ataque furibundo
La clase puede ser un ataque luciendo chepa, mentón coqueteando con el manillar y mirada asesina, como si el cuerpo fuera elástico, como un tirachinas antes de lanzar la piedra.
La chepa de Fausto Coppi, perfectamente peinado, que recreó Luis Ocaña y que en tiempos modernos nos puso Tom Boonen en los adoquines de Roubaix.
Es una “clase clásica”, podríamos decir.
Aunque para ver magia sobre los adoquines os sugiero apreciar cómo rueda Filippo Pozzato, quien no ganó Flandes, ni Roubaix, pero qué manera de rodar.
Por que la clase procuró agradables recuerdos, pero no siempre atronadoras victorias, por eso siempre nos quedaremos con Mikel Landa, agarrado de abajo, rompiendo techos de cristal.
Eso también es clase.








