Ciclismo
Si la bicicleta de gravel mola ¿qué más da cómo le llamemos?
Puedo decir que eso que llamamos gravel me ha devuelto las ganas de bicicleta
Hacía mucho que no montaba en bicicleta con la frecuencia que lo hago en la actualidad, y admito que el gravel ha tenido la culpa.
Ha llovido mucho desde que era asiduo a salidas en bicicleta por carretera, incluso en BTT, haciendo algunas rutillas, trilladas como el Camino de Santiago, otras más personales, como esas de infancia por las montañas de León, esas que nunca olvidas.
En todo caso, la bicicleta siempre ha estado en mi vida, bien fuera montando una o escribiendo sobre ella, sin importarme ruedas gordas, finas o de gravel.
En su día accidentes como el de los hermanos Otxoa me afectaron al punto de dejar de un lado la flaca, ante el peligro que implicaba adentrarse con ella en las carreteras.
Ese “miedo”, muy común entre muchos ciclistas, raro es quien no admite respeto cada vez que sale por la puerta de casa a dar una vuelta -la muerte de Rebellin, como persona conocida, nos refresca la memoria-, aún persiste en cierto modo en mi interior -a pesar de transmitir tan mal lo de pasar los semáforos en rojo-.
Sin embargo, las ganas de volver a ver mundo sobre una burra de aluminio me ha podido.
Y de ahí que probara con una sencilla bicicleta de gravel de la que estoy encantado.
No es la más cara, ni la más lujosa, pero su geometría es cómoda, pesa, pero no mucho, y, cuando le exijo, responde.
Es perfecta para ciudad, para carretera y para caminos, ¿quién no se ha visto en una encerrona que le ha tenido varios kilómetros pateando un pedregal en medio del monte?
Salvados esos momentos de zozobra, la bicicleta de gravel creo que ha sido un gran aliado para que muchas personas encontráramos el camino del medio, ni montaña pura y dura ni carretera, y nos echáramos a caminos en los que a veces nos paramos entre un rebaño de ovejas.
Hemos vuelto al redil de la forma más natural y poco estresante posible, pues circular por ciertos sitios con tráfico abierto es una locura en el sentido más amplio de la palabra y pasar por ciertas trialeras me supera.
Veo a todo tipo de gente probando con la bicicleta de gravel, algo a caballo entre la montaña y la carretera, aunque con una posición más road que el betetero de toda la vida, pero menos racing que los flipados que nos cruzamos por la carretera sin tiempo para saludar.
Por suerte son muy pocos.
En todo caso dándole vueltas a esto del gravel y cómo llamarlo, me encanta leer a algunos clasicones, entre los que me incluyo, decir que esta bicicleta es algo que se inventó hace mucho tiempo y que llamarla así responde a otro gol de los anglosajones y de los que el otro día describía en lo del postureo.
Sea bicicleta de gravel, bicicleta todo terreno, bicicleta “lo que sea” mola, mola mucho, y bravo por ese alguien que supo ver un agujero en el cada vez más atiborrado catálogo de las marcas y llenarlo con algo tan sencillo como una bicicleta tanto para un roto como para un “descosío”, pues al final ha hecho más grande el globo de ciclistas pululando por el mundo.
En un tiempo, es posible que escriba lo mismo, pero sobre una bicicleta eléctrica, cruzo los dedos para que tarde mucho en hacerlo…





