Ciclismo antiguo
Bartoli en 5 esenciales
Cuando estaba en forma, Michele Bartoli era un huracán
De esos ciclistas que seguro, pase lo que pase, recordarás con el tiempo, no importa cuánto pase, cuándo lo pienses, Michele Bartoli fue uno de los ciclistas que más me marcó en los noventa.
Y no sabría decir un motivo en concreto, quizá fuera esa amalgama de imágenes, de omnipresencia en la carrera, un ciclista al que le encantaba que le diera el aire, que firmó en una Lieja, una de las victorias más increíbles que le recuerdo a alguien que competía en minoría.
Recupero la rueda de Michele, y ahí van mis cinco rasgos…
Corredor competitivo en muchos frentes
En dos años, Michele Bartoli fue capaz de ganar el Tour de Flandes y la Lieja-Bastogne-Lieja.
Su polivalencia en clásicas quedó probada en casi todos los terrenos, pues pasó de largo de Roubaix.
En las grandes, tentó un poco en el Giro 1998, donde logró su primer gran triunfo, en una etapa de 1994, pero quedó claro que las generales eran demasiado para él.
Una pose que rozaba lo pornográfico
Su forma de correr, ese ánimo ofensivo, maridó perfectamente con su acople a la bicicleta.
Cuando se agarraba de abajo y se erizaba como un gato se desataba la tormenta.
Un palmarés de capricho
Su medio centenar de triunfos no sólo es cosa de cantidad, y sí de calidad.
Bartoli ganó cinco monumentos y pudo haber sido alguno más.
Abrió la cuenta en el Tour de Flandes, con un ataque demoledor en la capilla, cuando ésta era decisiva en la carrera, un poco como ahora la Het Nieuwsblad.
Le siguieron dos Lieja-Bastogne-Lieja y ya más mayor, sendos Giros de Lombardía.
Ojo con el valor y la dificultad de ganar un monumento, que Michele sumó hasta cinco.
San Remo y Mundial, sus asignaturas pendientes
En ese bagaje de lujo, le quedó la “pena” de no llevarse ni la Milán-San Remo ni el Mundial.
Especialmente doloroso fue su bronce en Valkenburg, cuando Camenzind se le adelantó, siendo el gran favorito.
Su cara en el podio era un poema, el mundial para cualquier ciclista es lo increíble, para un italiano, el viaje al cielo.
¿Una carrera? Lieja de 1997
Aquello fue un abuso, una carrera de esas que nunca olvidas, un frenesí de no sé cuántos kilómetros en un pulso a tres con Bartoli entre dos ONCE, Zulle y Jalabert, para más señas.
Escapados con ambos, el italiano no se cortó ni un pelo, entró a los relevos y encajó todos los golpes hasta que, a menos de un kilómetro de meta, hizo del muro de Ans la tumba deportiva de Jalabert.
Aquel día, el bicho fue demasiado, como lo sería Vandenbroucke para él un par de años después.
Imagen: L´Equipe




