Tadej Pogacar
Tirreno: Pogacar y los campeones insaciables
La Tirreno, como escenario de las conexiones de Pogacar con los grandes de siempre
La maravilla que Tadej Pogacar propone cada vez que se pone un dorsal, sorprendiendo rivales y no perdonando un triunfo, como hemos visto en Tirreno, es una doctrina que bebe de grandes nombres.
“Según respiro, ataco” dijo un día Bernard Hinault, hasta hay una camiseta con esa frase.
En otro momento aseguró que él no corría para “complacer a nadie”.
Finalmente soltó que “duermo como un niño, porque sé que al día siguiente voy a ganar”
Así se las gastaba el que fuera jefe de protocolo del Tour de Francia.
Eso lo decía Hinault, palabras de ese nivel exhibió también Eddy Merckx, incluso Lance Armstrong, en sus años de nebulosa que se borraron de los almanaques.
No cabe duda que los campeones son de otra pasta.
Desprenden calor, como una luz, atrayente de las masas.
Mirad a Alaphilippe en Strade, que voló e hizo voltereta y su irisado estaba impecable.
Los campeones suponen el punto y a parte del deporte, la quinta esencia, son el faro, todos les miran, muchos les admiran, inspiran generaciones que crecen con ellos en la retina.
El genio de Luis Ocaña, el hambre de Freddy Maertens, la mala hostia de Roger De Vlaeminck.
Hoy ese tipo insaciable es Tadej Pogacar, el coco de Tirreno, de Strade, del Tour…
Se les conocen muchas victorias, también sonadas derrotas, pero son referencia por donde pasen.
Me hablaban hace un tiempo que Alberto Contador es el ciclista más pestoso al que se había enfrentado.
“Te lleva en el filo, sientes su aliento” me comentaron.
Terrible, un campeón no te vende la piel, no se rinde. no ceja en el empeño, no se puede permitir un día malo.
Es un ejemplo de superación casi constante, porque a sus rivales de generación se les suman las nuevas, y los que ya estaban.
El otro día hablamos de Rik Van Looy, uno de los grandes de siempre que a él ser generoso le hacía ser débil.
Lo que dijo, generosidad equiparada a debilidad.
Eso es cierto hasta un punto determinado, pero ¿cabe la generosidad en un campeón?
Yo creo que depende.
A mí el corredor que es superior y además de demostrarlo, lo gesticula, no me parece digno de ser criticado.
Cada uno es muy libre de hacerlo como le plazca, aunque consciente que donde las dan las toman.
Sea como fuere el campeón que no regala ni la meta volante es para admirar.
Estar delante es agotador, acabar disputándolo todo, como hubo alguno, y encima ganarlo implica nadar en el milagro, pero no un milagro que viene solo, es un milagro que lleva tesón, lucha, fe y confianza.
Con esos ingredientes se hace el campeón, aunque también con suerte y con un equipo, porque el ciclismo sigue siendo un deporte colectivo y esa es su grandeza pues regala incertidumbre, para mí el mejor aliciente del ciclismo y el peor enemigo del campeón que prefiere control y todos a su cobijo.
Ser el mejor y demostrarlo, incluso adornarlo con gestos, no me parece mal, al contrario implica artificio y por tanto disfrute para quienes los vemos.
Recuerdo las celebraciones de Peter Sagan que abrasaron la paciencia de Fabian Cancellara, pues Sagan esos días no corría, volaba y como todo le llegaba sumamente fácil, se emocionó.
Ahora bien, lleva años probando su propia medicina.
Con todo, Miguel Indurain sólo hubo uno, porque sinceramente no vimos nada igual nunca más.
El navarro era generoso, en apariencia, pero pondría la mano en el fuego que detrás habían favores devueltos, porque el ciclismo y la vida son así. No obstante que levante la mano el que no sueña con ganar machacando un día, somos humanos y débiles y lo que hizo Miguel fue especial, único, tanto que como decimos nunca más se supo de uno como él.
Veremos qué le depara el futuro a Pogacar, pero esta Tirreno es otra piedra que marca el camino…
Imagen: FB Tirreno Adriatico




