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Ciclismo antiguo

La leyenda de los «forzados de la ruta»

Publicado

en

Shimano 2021 Junio

«Los forzados de la ruta», o traducido simplemente en francés : «Les forçats de la route», es una frase que se hizo famosa en su época y que se puede llanamente mantener con el paso de los tiempos; ser actualidad. Para encontrar el origen de esta frase, hay que remontarse al Tour de Francia del año 1924, que fue el que precisamente se adjudicó y consagró de manera definitiva a aquel pionero italiano llamado Ottavio Bottecchia.

La frase se debió a la pluma del célebre periodista Albert Londres, que había despuntado con anterioridad como escritor de sendas novelas muy populares en su época, que tenían un cariz más bien perteneciente al género aventurero. Fue, además, colaborador asiduo del rotativo “Le Petit Parisien”, lo que le permitió introducirse por vía indirecta en la especialidad incluso deportiva, un filón por el cual en un principio no se sintió muy motivado.

Fue con el tiempo que sus escritos se inclinaron paulatinamente ante las incidencias que fue presenciando, día tras día, en la ronda francesa en la época veraniega. Su periódico decidió sumergirle en esos menesteres, cosa que en sus inicios se sintió un tanto desplazado. Su función, bien es verdad, fue el cumplir con una obligación dictada por los dirigentes que llevaban la responsabilidad de la gaceta en cuestión, que conocían bien de sobras sus ya doctas habilidades periodísticas.

Era un hombre liso que atraía por sus escritos plenos de candente originalidad al transparentar en su crónica diaria las incidencias que iba experimentando en el periplo francés. Observaba y veía con agudeza el torbellino viviente del Tour con sus protagonistas inconfundibles: los sufridos ciclistas, cosa que plasmaba con doble y atractiva intención.

Lo esencial fue que con el paso del tiempo Londres se afianzó en sus narraciones con una fuerza interior sin igual en el transcurso de las varias ediciones del Tour en las cuales cual concurrió con no poco y sí crecido entusiasmo. Demostró a los lectores su particular valía y el significado profundo con que con su mágica pluma describía los movimientos en ruta espoleados por los hombres del pedal.
La chispa del repórter Londres sonó con más difusión, si cabía, a los cuatro vientos a raíz de la retirada de los hermanos Henri y Francis Pélissier, dos muy populares ciclistas franceses, en compañía de Maurice Ville, que ocupaba entonces el segundo puesto en la clasificación general. El abandono, un abandono muy sonado, se produjo en la población de Coutances, en el transcurso de la tercera etapa Cherburgo-Brest del Tour del año 1924, al discrepar furiosamente contra un comisario por una penalización que se le había impuesto en la vigilia de la etapa al casi intocable y famoso campeón en su tiempo, Henri Pélissier, el hermano mayor de la saga de los Pélissier, toda una institución.

Se le consideraba que había vulnerado el reglamento de la ronda francesa al prescindir en plena carrera de una segunda camiseta que llevaba puesta para protegerse de los fríos. Asediado por el calor impuesto por el astro rey, el sol, Henri se sacó la citada elástica y la echó por los suelos al borde de la calzada. Un comisario que vio la acción no le perdonó este desliz que contravenía el reglamento vigente de la carrera. Fue una medida drástica que Henri no aceptó.

Aunque desavenencias, dicho sea de paso, siempre las tuvo con los organizadores de cualquier competición ciclista. Tenía aptitudes para la práctica de las dos ruedas, pero su mal carácter y su germánica personalidad muchas veces le desbordaron. Su persona, aquel genio y figura, producto de su continuada disconformidad ya le venía de lejos. Los mismos aficionados, los que le admiraban, bien lo sabían.

En un café provinciano de la localidad que hemos mencionado más arriba, coincidieron en la misma estancia los tres ciclistas retirados con precisamente el aludido escritor Albert Londres, una presencia que imponía cierto respeto. Henri, con su temperamento habitual, arremetió contra los dirigentes del Tour y de manera particular contra Henri Desgrange, otro protagonista con carácter, que posee el mérito de haber fundado e impulsado la gran ronda gala, allí poco antes del año 1903, un hito realmente inolvidable para la historia. No tuvo inconveniente en acusar abiertamente a los directivos que llevaban en aquel entonces las riendas del ciclismo.

Para él era una terrible injusticia la manera que los pobres ciclistas eran constantemente maltratados por los mismos dirigentes de la organización. A todos aquellos esforzados ciclistas que debían soportar mil sacrificios y mil ingratitudes pedaleando por aquellas tortuosas y hasta delirantes carreteras, que les atormentaban día tras día. Acusó a los responsables jefes representativos de no haber tenido más consideración a favor de los atletas del pedal, siempre despreciados, marginados, y no valorados en justa medida y en consonancia con los esfuerzos que venían realizando cotidianamente. Por lo demás, tampoco eran compensados en buena lid, económicamente hablando. Eso se sabía al dedillo en los ambientes y coros del pedal ¡valgan las palabras!

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Albert Londres, observador atento del entorno ciclista y de sus trifulcas, siguió muy de cerca la conversación planteada por los hermanos Pélissier. Digamos que hubo un tercer hermano que completaba la dinastía, un tal Charles, que también destacó con soltura en este deporte, y quizá más adecuadamente en las carreras clásicas de un solo día. No le faltó tiempo a Londres para publicar un extenso artículo puntualizando y defendiendo con ahínco a los pobres y hasta esclavizados ciclistas.

El juicioso escrito, bien es verdad, causó gran revuelo y a la vez tuvo mucho éxito entre los lectores apegados a los medios informativos. El autor puso sobre el tapete aquella frase escueta y contundente en referencia a los corredores ciclistas a los que denominó más comúnmente como “Les forçats de la route”. La palabra “forçats”, indicaba en su lengua de origen, simplemente las labores de los presidiarios condenados a trabajos obligados o forzados. Aquella frase tan alegórica dio la vuelta al mundo. Fueron unas palabras muy contundentes que tocaron la dura realidad con la que se encontraban los ciclistas, que defendían su pan y su prestigio en unas polvorientas y casi intransitables carreteras, en un escenario más bien dantesco y hasta desconocido por los medios de divulgación. Era, en fin, una cruda y triste realidad. Fue, sin embargo, todo un vivo elogio, repetimos, dedicado a aquellos héroes del pedal encerrados casi en un mundo desconocido por las gentes.

Hay que descubrirse vislumbrando las pequeñas y grandes historias que sucedían sin cesar bajo los escenarios de aquel pasado tumultuoso. Como exponente secundario, si queremos nombrar a uno de los novelistas, especializado como profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, llamado Marc Augé, oriundo de la Bretaña francesa, al que tuvimos la feliz oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, que inmortalizó a toda costa este duro deporte de las dos ruedas a través de un libro que tituló: “Elogio de la bicicleta”, una publicación de pequeñas dimensiones que siempre consideramos de alto contenido divulgativo y de expansión tal como se desprende de redacción tan acertada y a la vez tan bellamente descrita.

Él, nos referimos al autor Marc Augé, escribía, por ejemplo, que nadie puede hacer elogio de la bicicleta y sus practicantes sin hablar de su propia experiencia. La “bici”, escribía, forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje, su mundo, nos remite a momentos muy emotivos y muy particulares, estelares, cercanos a nuestra infancia y a nuestra misma adolescencia.

Por Gerardo Fuster

Sobre las fotos

El primer documento fotográfico que se acompaña pertenece al periódico “L´Equipe”, agenciada por “Presse Sports”. De izquierda a derecha, figuran el conocido periodista Albert Londres, cubierto con su sombrero, y los ciclistas Henri y Francis Pélissier, y Maurice Ville, en el día de su sonada retirada en el Tour de 1924 .

El segundo documento: Figuraba expuesto en el Musée du Sport. El protagonista es el belga Lucien Buysse, cruzando a pie el alto del Tourmalet, en la edición del Tour de 1926, una imagen delatadora del ciclista vencido por el sufrimiento.

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4 Comentarios

4 Comments

  1. Gerard

    4 de enero, 2016 En 12:56

    «Les forçats de la route» es un slogan que marcó no sólo una época, sino una manera de enfocar la vida encima de la bicicleta. Bravo a este periodista, que la inmortalizó. Valiosas también las fotografías que condimentan el artículo, hasta el punto de trasladar a uno a esos años legendarios…

  2. Consol

    14 de enero, 2016 En 22:51

    Artículo muy interesante de Gerardo Fuster desde el punto de vista de la Hisroria del ciclismo.

  3. Pere Brunsó

    14 de enero, 2016 En 23:07

    El mundo de la «bici» nos remite, según Marc Augé, a la infancia y a nuestra propia adolescencia. Gerardo Fuster, en un documentado y espléndido artículo, nos remite también a la época de los «forzados de la ruta», así llamados por el periodista Albert Londres. D. Gerardo, en sentido metafórico, también es un «forzado de la ruta», pero prefiero llamarle «esforzado» de la ruta, un esforzado y apasionado de la ruta que lleva en sus piernas ciento setenta mil kilómetros, cuatro veces la vuelta al mundo, sobre la bicicleta que le regaló su amigo el gran campeón Fausto Coppi.Enhorabuena, D.Gerardu, y mi gran admiración.

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Ciclismo antiguo

Vuelta España: mis cinco mejores etapas

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en

Shimano 2021 Junio

De Rominger a Contador, los cinco mejores etapas que he visto en la Vuelta

En la elección de mis cinco mejores etapas en la Vuelta a España, esto es como todo, han jugado el recuerdo, la imaginación y los sentimientos.

Un servidor ha escogido cinco, entre las que recuerda y ha visto, y todas tienen una cosa en común, ciclismo, ciclismo en mayúsculas, de largo radio casi siempre, de horas pegado al televisor, como el otro día con Roglic y Bernal, camino de los Lagos, una etapa que por cierto podría desplazar a cualquiera de las que hemos elegido.

Ahí va nuestra selección…

Empezamos con un clásico de los tiempos, Vuelta de 1993, la penúltima en abril

Aquellas carreras eran una ruleta, a una participación internacional siempre justita, se le añadía la meteorología «primaveral».

La etapa de El Naranco se presentaba como una de las últimas oportunidades para que Tony Rominger aumentara su colchón de segundos sobre Alex Zulle, antes la crono final en Santiago de Compostela, pues aquella fue la Vuelta del Xacobeo 93, el invento de Fraga.

En el recorrido el suizo, dorsal uno a la espalda, tenía un punto clave, el descenso de la Cobertoria.

Pactó con Iñaki Gastón, uno de los ciclistas de nuestra infancia, asumir riesgos con la lluvia remojando el firme y poner a Zulle, superior en las cronos, en un brete bajando.

Y pasó, Zulle se cayó y aunque pudo continuar, perdió un tiempo que, como veríamos en la crono santiaguesa, fue clave.

La persecución que se estableció entre Rominger y el resto fue una de las grandes antologías de mi niñez ciclista, un día de esos que por mucho que pase el tiempo, casi treinta años, no se queda en el olvido.

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Nos vamos unos años más adelante y recordamos el día que la Vuelta abordó por primera vez el Angliru

Año 1999, una carrera apretada de grandes nombres pujando por ella.

Otra vez Asturias y otra vez el diluvio: el Angliru tomaba tanto protagonismo como los mismos corredores, un puerto que fue portada de diarios por sus porcentajes brutales.

El desenlace del Chaba, rebasando al final a Tonkov, está rodeado de tanta confusión como la nieblina que cubría la cima, sin embargo, quienes tenemos cierta memoria, recordamos pocos días en los que el ciclismo hubiera estado tan presente en todos los lados, en un tiempo en el que la popularidad de este deporte no era la mejor, veníamos del Tour del 98 y Lance Armstrong acababa de iniciar un reinado hoy borrado de los libros de historia.

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En linea cronológica pegamos un buen salto para irnos a la Vuelta de 2012

Tras varias llegadas en cuestas de cabras, la carrera afrontaba la jornada de Fuente De con la sensación de que lo gordo había pasado.

Nada más lejos de la realidad, el líder Purito vio cómo en el encadenado de puertos de segunda, Contador le lanza varios ataques que responde con solvencia.

Son tantos los acelerones del madrileño que Purito le deja ir en uno de ellos para dar forma a una de las grandes etapas de siempre en la Vuelta.

El error de Purito es tangible, Contador tiene compañeros por delante y aliados como Tiralongo con los que abre camino para lograr, en la jornada menos decisiva sobre el papel una victoria total, etapa más sentencia de una Vuelta que parecía tener dueño.

A los tres años, la Sierra de Guadarrama vio como Fabio Aru remontaba la antológica crono de Burgos de Tom Dumoulin en una etapa de esas que enamora en todo, por delante una fuga única de Rubén Plaza y por detrás Astana disponiendo sus mejores galas para cortar a Dumoulin, completamente aislado.

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Y como muesca final para demostrar que las mejores etapas que hemos visto en la Vuelta no han sido las de las cuestas imposibles, el final de Formigal en 2016

Aquello fue un homenaje al gran Fuente en el mismo sitio que perpetró una de sus mejores obras.

Un Team Sky, inexplicablemente relajado en la salida, no se percata que Alberto Contador arma una escapada en la que se mete el propio Nairo Quintana, el gran rival de Froome.

En una jornada excelsa de ciclismo, con un tipo llamado Jonathan Castroviejo, entre otros, haciendo otro monumento al esfuerzo, Nairo le mete a Froome el tiempo suficiente para que el inglés ni siquiera sueñe en remontarle con su estratosférica crono unos días después.

Estas son las cinco nuestras, que serían seis con la obra de arte de Roglic & Bernal en los Lagos, ahora pensad en las vuestras…

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Ciclismo antiguo

Las primeras Vueltas en los Lagos de Covadonga

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Shimano 2021 Junio

En los Lagos de Covadonga el ciclismo se vestía de gala

Aseguraban desde la moto, Emilio Tamargo en concreto, aquella tarde de abril de 1985, que algunos colombianos ponían una corona de 22 para subir a los Lagos de Covadonga.

Era el tramo más duro de aquella etapa con final en los Lagos, en la Vuelta del 85.

Robert Millar, de quien bromeaba Angel María De Pablos, con música de fondo, que iba bien «especialmente por el whisky», hizo un derroche en aquella subida que llevaba primero a Ercina, luego a Enol.

Millar, que con el tiempo sería Philippa York, apuraba aquellas rampas imposibles de Covadonga, imposibles para la época.

Un 15% entonces era el 22% de ahora.

Aquella subida a los Lagos de Covadonga era silvestre, salvaje, con los primeros hervores de la primavera, un sol que no siempre fue tan generoso hacia la cima la asturiana, y de lana y acero.

La gente del ciclismo somos curiosos: vemos hoy aquella subida, hace ya 35 años a los Lagos, y decimos aquello sí que era ciclismo.

Con una pléyade de nombres, Álvaro Pino, Raimund Dietzen, Fabio Parra, Peio Ruiz Cabestany, Perico Delgado, Pedro Muñoz… que eran mitos en vida, adorados en las llegadas y salidas de media España, aquel ciclismo posiblemente sería peor que el actual, pero sí que estaba más interiorizado entre la gente,

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Bahamontes se lamentaba que hubieran tantos juntos, tan cerca de meta, él tan racial, tan de romperlo todo cuando se terciaba.

«Hay que hacer hueco en las rampas duras» repetía Bahamontes, con Jesús Álvarez desde el estudio.

Y sí, vemos aquellas imágenes y nos entra nostalgia, esa carretera que dudo no tuviera boñigas de vaca entre los socavones del frío y el invierno, esos maillots, esas retransmisiones sin conocer el recorrido, como las actuales, en las que el periodista de meta, Alberto Barcia se picaba por que había compañeros muy agresivos para conseguir las palabras del ganador.

Pero ya entonces recuerdo, lo mucho que nos gustaría saber sobre los ciclistas, su vida menos pública, sus entrenamientos, los lugares por donde competían, tener 24 horas de ciclismo, como puede suceder hoy en día.

Entonces queríamos lo de hoy, hoy queremos lo de entonces, somos así, inconformistas, nunca es suficiente, y si nos permitís viajaremos a la primera vez que los Lagos de Covadonga iluminaron la televisión y la historia de la Vuelta.

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Recuerdo perfectamente aquel día de primavera del año 1983.

Por primera vez la Vuelta se retransmitía en directo por TVE.

La expectación era enorme.

Nadie conocía aquella subida que iban a afrontar los corredores.

Decían que era muy dura.

Y muy bella.

No decepcionó a nadie.

Aquella tarde pegado a la pantalla de televisión asistí al nacimiento de una estrella en la montaña asturiana de los Picos de Europa: los Lagos de Covadonga, y también por extensión al ganador de aquella épica jornada: Marino Lejarreta, que dio toda una exhibición en sus espectaculares rampas batiendo en los porcentajes más duros al mismísimo Hinault.

Desde entonces la leyenda de los Lagos creció a pasos agigantados y ganar en su cima daba prestigio y se convirtió en toda una hazaña para todos los que alzaban sus brazos junto al lago Ercina.

Por recordar algunos pocos, y épicos nombres, me vienen a la memoria ciclistas como Perico, Millar, Lucho o Pino. Vencer allí arriba, a 1070 metros de altitud, no era fácil en los años 80 que tenían que mover desarrollos mucho más duros que los de hoy en día para superar muros como la Huesera o el Mirador de la Reina que por aquel entonces, muy lejos aún de los descubrimientos de Mortirolo, Angliru o Zoncolan, eran paradigmas de dureza extrema ya que no se conocían los exagerados porcentajes que actualmente sufren los corredores.

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Ascender los Lagos en aquella época era el sueño dorado de muchos iniciados al cicloturismo que, como yo, veíamos en fotos las imágenes de aquella espectacular ascensión. En mi caso fue una que debí ver en alguna de las muchas revistas que tenía por ahí amontonadas.

En la imagen tres cicloturistas, de espaldas y sobre las monturas de sus bicis, contemplando el hermoso lago de Enol.

El de en medio apoyado en sus dos compañeros, manteniendo el equilibrio.

No se les veían las caras, pero era fácil imaginarlas.

Una estampa preciosa.

Esta fue mi primera visión onírico-cicloturista que resumía a la perfección los valores que buscaba en este deporte: amistad, satisfacción, naturaleza y esfuerzo, el que suponía llegar en bici hasta la orilla de los lagos, y me dije: “yo quiero estar ahí”.

No tardé en cumplir aquel deseo junto a otros tres amigos y recuerdo, una vez superadas sus cuestas más duras, descender un corto pero duro repecho que nos mostraba, allá abajo a la derecha, en medio del verde asturiano, el anhelado lago.

¡Ya me encontraba allí! Pero para coronar la mítica montaña teníamos que llegar hasta arriba.

No pudimos ver bien el lago de la Ercina ya que una espesa niebla nos lo impedía.

Dimos media vuelta y la foto de rigor nos la hicimos donde años antes soñaba con estar.

Un paraje venerado por muchos asturianos que año tras año han puesto el nombre de Enol a sus hijos.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.eyeonspain.com

 

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Ciclismo antiguo

Lo de Rominger y la Vuelta fue un win-win

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Shimano 2021 Junio

Las comparaciones de Roglic con Rominger en la Vuelta están justificadas

Cuando pones «Tony Rominger Vuelta» en Google, el buscador te sugiere Primoz Roglic y no es pos casualidad.

Desde hace algún tiempo, escucho y leo cada vez más opiniones que hablan de dos ciclistazos que comparten muchas cosas, además de un evidente amor por la Vuelta ciclista a España.

Con Rominger y Roglic tenemos hasta la fecha una reivindicación de grandes ciclistas de siempre, con un palmarés espectacular que no necesitaron de ganar el Tour para estar en corazón del buen aficionado.

A media carrera de acabar la Vuelta 2021, Roglic va a por la tercera, lo que le equipararía a Rominger.

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El esloveno, como el suizo, ha encontrado en la grande española su teatro natural de operaciones, una carrera amiga con la que ambas partes salen ganando.

Es un win-win, una simbiosis perfecta, la carrera incrementa prestigio con ellos en el palmarés, y ellos engrosan el suyo en una gran vuelta.

En el caso de Tony Rominger, hay que decir que la Vuelta encontró una mano amiga que le fue muy útil.

Hasta inicios de los noventa, no fueron muchas las estrellas extrajeras que hacían parada obligatoria en España para ganar la Vuelta, como mucho Bernard Hinault, que se desgració la rodilla en aquella del 83, y posteriormente Kelly y Herrera.

Las estrellas mayores se identificaban más con el Giro, para competirlo o simplemente calentar para el Tour.

Rominger fue otra cosa para la Vuelta.

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Su fichaje por el equipo que caía bien a todos, el Clas Cajastur, fue un pelotazo de cuyos pormenores no estamos enterados, pero que darían para un serial, pues explicarían cómo uno de los mejores ciclistas del mundo deja las huestes de lo que sería ese año el Gatorade y se entrega a un equipo con sede en Asturias de tamaño medio-alto, pero para nada top mundial.

El fichaje de Rominger por Clas le centraba, claro está, en la Vuelta, como primer y gran objetivo de la campaña.

Luego si eso… el Tour.

Y lo hizo bien, ya lo creo que lo hizo bien.

Tony Rominger llevó el nombre de Clas hasta lo más alto de la Vuelta tres veces seguidas.

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Las Vueltas de Rominger fueron, curiosamente, las últimas de abril…

Su dominio fue de menos a más.

Si a la edición de 1992 aterrizó a ver qué pasaba, la última que ganó, la de dos años después no dio ni opción ni respiro a los rivales.

En 1992, Tony Rominger lideró la conquista astur de la Vuelta con una carrera cuyo éxito basó en terreno que en teoría le era hostil, la etapa de Luz Ardiden, entre la niebla, antes de remontar en los Lagos para contener la diferencia de Perico.

En la crono definitiva, daría cuenta del amarillo de Jesús Montoya para auparse en el podio de la carrera en el año olímpico.

La siguiente edición sería extraordinaria en el mano a mano con Alex Zulle.

El de la ONCE llevó toda la carrera, literalmente a Rominger, hasta que en un mal paso en el Naranco, Zulle se fue al suelo por los riesgos que tomó Rominger en el descenso de la Cobertoria.

Qué día aquel en el Naranco, qué cabreo de Manolo Saiz viendo cómo la afición llevaba en volandas al suizo de su equipo.

Un día de curiosa unión de una zona en concreto con un equipo ciclista.

La última Vuelta de Rominger fue un castigo.

Para ser breves: líder de inicio a fin, seis etapas y un podio decidido por siete y nueve minutos sobre Mikel Zarrabeitia y Perico Delgado, respectivamente.

Casi treinta años después, aún recordamos aquellas carreras, ediciones que cambiaron el paso de la Vuelta y que nos puso a Rominger en el corazón de muchos, tal y como sucede hoy con el amigo Roglic, el corredor que ha hecho de España su baza segura.

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Aristidis Konstantinidis firmó el oro inaugural olímpico de ciclismo

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Shimano 2021 Junio

Konstantinidis fue el primer campeón olímpico en ciclismo allá en Atenas 1896

Vamos de viaje a la primera vez que hubo un meta olímpico en juego en ciclismo.

Hace más de 2800 años, Grecia albergaba la celebración de los Juegos Olímpicos de la Era Antigua.

Las olimpiadas, tal y como las conocemos hoy en día, en realidad, nacieron en el año 1896, dirigidas por el Barón Pierre de Coubertin, quien encabezó a principios de la última década del siglo XIX el movimiento de su recuperación.

La sede elegida para esta primera edición de la era moderna no podía ser otra; Atenas

Cabe indicar que solo cuatro años antes había visto la luz la Asociación Internacional de Ciclismo (ICA), que fue el primer organismo internacional de carreras ciclistas, y antecesor de la actual UCI.

Dato que nos indica cuál era la situación del deporte de los pedales en ese momento, que aunque existía desde hacía alguna década, apenas empezaba a dar sus primeros pasos de manera regulada y oficial.

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Concretamente en el país heleno, se calcula que a finales de ese siglo en la capital ateniense habían unos 2000 ciclistas de todas las edades, de los que entre 300 y 400 poseían su propia bicicleta, que utilizaban con asiduidad.

Mientras tanto, las féminas apenas superaban las cincuenta, y la mayoría procedentes de países extranjeros.

Para esta primera cita olímpica, se organizaron un total de seis pruebas diferentes, que se distribuían en cinco de pista, y otra en ruta.

Esta última tuvo lugar el 12 de abril, y comprendía el recorrido de Atenas – Maratón – Faliro, constando de un total de 87 kilómetros

En la línea de salida se encontraban tan solo siete ciclistas, procedentes de tres países diferentes: Alemania, Gran Bretaña y Grecia.

Precisamente de este último era Aristidis Konstantinidis.

Natural de la localidad chipriota Lefkoniko, cuenta la leyenda que fue uno de los primeros en traer una bicicleta al país.

Lo que sí es innegable es que fue uno de los pioneros de este deporte, siendo el fundador de la Asociación de Ciclismo de Atenas en 1891, y la Compañía de Ciclismo de Atenas.

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Desde el comienzo de la prueba, Konstantinidis estuvo comandando la carrera en todo momento, aunque seguido muy de cerca por el austríaco August Gentrich, y el británico Edward Batel, empleado de la embajada británica en Atenas.

El final de la primera mitad se situaba en la ciudad de Maratón, lugar en el que se encontraba el giro de retorno, y el punto de control establecido por el comité organizador, en el que los participantes debían certificar su paso antes de emprender el regreso.

Tras la pertinente firma, y escasos segundos después de iniciar la marcha, la bicicleta de Konstantinidis sufrió una rotura que la hacía totalmente inservible para seguir en carrera.

Es entonces cuando, tras unos minutos de confusión, y cuando ya lo creía todo perdido, finalmente terminó consiguiendo una nueva montura que le prestó un transeúnte.

Todo ese valioso tiempo fue aprovechado por el británico Edward Batel, quien le adelantó, aunque con ello nada se había decidido todavía.

A apenas unos pocos kilómetros de la línea de meta, fue Batel quien tuvo una caída mucho más grave, de manera que estando a punto de ser campeón olímpico, finalmente acabó siendo 3º, al adelantarle Konstantinidis (1º) y Gentrich (2º).

 

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Cuentan algunas crónicas de la época que la entrada de Konstantinidis a Atenas fue recordada muchos años después.

Las magulladuras sufridas en la caída, las escandalosas heridas sangrantes que le habían provocado, y el polvo de las carreteras de la época que llevaba adherido a cada centímetro de piel, ofrecieron a los espectadores una estampa de esfuerzo y épica tal, que convirtieron a esta medalla de oro en una de las más famosas de aquella primera edición de las olimpiadas.

Imagen: Wikipedia

Por Jonathan Martínez

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A Carlos Rodríguez se le ofreció correr con los mayores y no lo ha dudado. Ha hecho la crono y el domingo el fondo.
Esa es la actitud, salir de la zona de confort, buscar aprender y crecer hacia el excelente ciclista en el que se está convirtiendo.

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