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Ciclismo antiguo

La larga sombra de Vinokourov

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DT – 2022 post

No hace muchos días y un tanto casualmente, tuvimos la oportunidad de mantener un intercambio de impresiones con un buen amigo, que viene siguiendo muy de cerca las diversas vicisitudes que a diario nos viene mostrando el deporte de las dos ruedas, una afición que llevamos los dos muy adentro y de años.

Hablando y hablando, no pudimos por menos que comentar el inesperado desfallecimiento que tuvo el holandés Tom Dumoulin, cuando vestía la camiseta roja que distingue al líder de la prueba, a raíz del desarrollo de la penúltima etapa, con final en la localidad de Cercedilla, en donde los ciclistas supervivientes debieron salvar cuatro puertos de primera categoría, situados estratégicamente a lo largo de un recorrido un tanto intrincado y de consabida dureza.

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Fue en el segundo paso por el Alto de la Morcuera, cuya cima se levanta a 1.796 metros de altura, en donde Dumoulin, oriundo de la ciudad de Maastricht, sufrió una fuerte crisis física de la cual ya no se recuperó en lo que restaba de etapa. Hubo algunos momentos en la que nos pareció que iba recuperando con no poco sufrimiento el tiempo perdido. Pero lo cierto fue que, paulatinamente, la triste realidad, perdió el empuje de manera notable, sin piedad. El ciclismo es un deporte que muchas veces no perdona. Es algo que todos lo sabemos, seamos practicantes o no lo seamos.

A la vista de la debilidad con que se encontraba Dumoulin, aparecieron en la primera línea de fuego los componentes del equipo Astana, enfundados con sus camisetas de color azul celeste, que se pusieron a trabajar muy intensamente con el propósito de poner en situación comprometida al corredor holandés atenazado o saturado por el esfuerzo. Los domésticos de la aludida escuadra llevaron consigo tras sus ruedas al corredor transalpino, Fabio Aru, oriundo de la isla de Cerdeña, que gracias a sus dotes de escalador nato pedaleó con decisión hacia la meta, su sueño, en donde reconquistó el codiciado puesto de líder, un puesto que conservaría hasta su conclusión en apoteosis en Madrid. Gloria para uno y desesperación e impotencia para otro. Así se saldaron las cuentas de manera inaudita casi e inesperada. Fue una jugada muy emocionante que no olvidaremos con el pasar de los días.

La sombra alargada de Vinokourov

¿Y qué fue de aquel ciclista llamado Alexandre Vinokourov que se adjudicó la Vuelta a España del año 2006 casi de la misma manera que lo ha conseguido ahora el italiano Fabio Aru en la presente edición? ¿Qué sucedió en aquel entonces bajo la acción certera del ciclista de Kazajistán, que vestía precisamente los colores del equipo Astana, los mismos al que representa hoy Aru?

Son preguntas que trataremos de responder, y que delatan una cierta similitud con lo que acaba de acontecer en la ronda española, que acaba de cumplir su 70ª edición, un eslabón ya longevo y con mucha historia. Vamos, pues, a puntualizar sobre aquel suceso que aconteció hará ya nueve años, y que hemos querido dar luz en las páginas de El cuaderno de JoanSeguidor.

Para ello nos debemos de remontar, repetimos, al año 2006. En aquella Vuelta participaba el kazako y conocido Vinokourov, que figuraba encuadrado en el equipo Astana, una formación que llevaba varias temporadas dando vida al ciclismo en ruta. Desde la novena etapa se había colocado como líder de la prueba el murciano Alejandro Valverde, que daba, además, la sensación de que iba a conservar tan atractiva prenda hasta su conclusión.

Por otra parte, Vinokourov, que no había entrado con buen pie desde sus inicios, fue con el transitar de las etapas de menos a más, rematando la jugada, inesperadamente desde luego, en la decimoséptima jornada que culminaba en Granada. Vinokourov, en colaboración directa con su equipo, se percató de que Valverde no tenía su día, motivo por el cual la escuadra entró sin pensárselo dos veces a lanzar un ataque fulminante y a todas luces sumamente acertado.

Parecía que Valverde, sin embargo, recuperaba su golpe de pedal. Poco le faltó para llegar a neutralizar a los ciclistas disidentes. No pudo superar una segunda y terrible envestida que dio como resultado el de que Vinokourov, el principal beneficiario, conquistara el primer puesto de la general en detrimento de Valverde, moralmente malherido, que tuvo que bajar velas ante su impotencia para soportar el golpe por parte de sus insistentes oponentes.

Las jugadas paralelas del equipo Astana

En la etapa siguiente, la decimoctava, en una exhibición a dúo integrada por Alexandre Vinokourov y su compañero de fatigas, Andrey Kashechkin, sirvió de todas a todas para reasegurar su primer lugar que ya poseía. En las duras revueltas que llevaban a la cima de la Sierra de La Pandera, punto de meta, se ultimó la batalla definitiva. Quedó escrita aquella página gloriosa protagonizada por el ciclista kazako, que había asentado, en consecuencia, su triunfo absoluto.

Su compañero, el doméstico Kashechkin, que tanto contribuyó en este golpe de teatro que nadie vaticinaba, consiguió a su vez y un poco de carambola el ocupar el tercer lugar que le valía pisar podio. Valverde, el adversario frustrado en la postrera semana, tuvo que conformarse con una segunda posición de mérito, pero que ya no le ilusionaba, tras los varios días en los cuales pudo saborear las mieles de un posible triunfo que no llegó y que había estado al alcance de su mano. Perdió la Vuelta con una desventaja maléfica de un minuto con 12 segundos tan sólo. No había nada más que comentar ante unos hechos consumados.

La conclusión definitiva es que la sólida escuadra Astana, tanto en el año 2006 como ahora en el 2015, estableció o ha establecido sobre el asfalto de la carretera una oportuna estrategia con clarividente sentido táctico e incluso, si se quiere, con una malévola astucia. Las citadas fechas que acabamos de señalar muestran un parejo y curioso paralelismo. No en vano el manager actual del mencionado equipo resulta ser Alexandre Vinokourov.

Por Gerardo Fuster

Imagen tomada de www.rtve.es

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Ciclismo antiguo

Tour 1983: Angel Arroyo le dio la vuelta a la tortilla

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DT – 2022 post

Aquella crono de Ángel Arroyo cambió la suerte española en el Tour

Permitidnos irnos 39 años atrás, al Tour de 1983, la carrera que, como hemos leído tantas veces, lo cambió todo para el ciclismo español, aunque si tuviéramos que tomar un día, hablaremos de ese del Puy de Dôme, de la crono de Ángel Arroyo y los grandes mitos que se derrumbaron en esa subida.

Para quienes no estén en sintonía, me gustaría invitaros al podcast que hicimos hace unos días con Pello Ruiz Cabestany y Ángel María de Pablos.

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Si al primero, seguro le tenéis ubicado, al otro deciros que fue la voz del ciclismo en TVE cuando ésta se adentraba en caravanas por media España a razón de la Vuelta.

Angel, como Pello, guarda recuerdos de esos años que deposita en una pieza sonora que es una joya y que, entre otras cosas ubica dónde estaba el ciclismo español hace más de 40 años.

Tras Tours de grandeza y notoriedad con Luis Ocaña, entre otros, llegaron vacas flacas que dejaron al ciclismo español completamente al margen de la elite mundial.

«Ir al Tour era un fastidio, todo el día a mil por hora y encima mal pagado» viene a comentar Pello en este podcast.

«Otro día de calor en Burdeos y los españoles sin aparecer» recuerda Angel de aquellos días.

No sé si la imagen es del Tour de 1983, pero tanto da, muchos de los que ahí salen son artífices de ese salto adelante que devolvió España al mapa del ciclismo mundial y consiguió torcer las cosas.

Para quienes nos atribuyen hostilidad para con Abarca, hoy gestor del patrocinio de Movistar, que vean que, recordando estos momentos, tenemos buena memoria.

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De aquella historia hubo un día muy glorioso, único diría yo.

Fue el 16 de julio de 1983, y la etapa, la cronoescalada al Puy de Dôme

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Entre Clermond Ferrand, la patria de Geminiani, y el Puy de Dôme, no hay más que quince kilómetros, los suficientes para que Ángel Arroyo escriba la historia en letra gruesa.

El abulense vuela en la subida al gigante prohibido del Macizo Central, por carácter militar y gana una etapa cuyo podio completa Pedro Delgado, Perico, el mismo que días antes había impresionado en las bajadas de los Pirineos.

Arroyo, descalificado en la Vuelta del año anterior, un día después de su conclusión, se redimía con un ejercicio en solitario que mejoró en 13 segundos el tiempo de Perico y en casi medio minuto el de Patrocinio Jiménez.

El futuro ganador de aquel Tour, Laurent Fignon se dejó casi dos minutos.

A más de cuatro minutos del líder, el desafortunado Pascal Simon, quien arrastraba las molestias de una caída que le acabaría por obligar al abandono, Arroyo iniciaba la reconquista del podio del Tour, que acabaría pisando en París.

Sólo le quedó por remontar a Fignon, aquel rubio era demasiado aquellos días, aunque la cosa hubiera sido diferente si en el camino de Ángel no se hubiera cruzado un tal Van Impe, que jugó a lastrarle en la etapa de Morzine, la misma en la que Perico se agarró el globo que le sacó de un podio que tenía casi seguro.

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Ciclismo antiguo

Para calentar el Tour, de Merckx al vacío francés

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DT – 2022 post

En el Tour nombres como Merckx e Hinault suponen la excelencia del ciclismo

Tal como ya anunciábamos con anterioridad, es nuestra intención el ir  exponiendo y comentando habitualmente ciertos relatos en torno al Tour de Francia, la carrera más prestigiosa que encierra nuestro calendario internacional ciclista. No dudamos de que los aficionados a este deporte podrán conectar y conocer de cerca ciertas anécdotas u otras actitudes ignoradas o difusas por el paso de los tiempos y que creemos que vale la pena ventilar o poner sobre el tapete.

Merckx,  el conquistador de etapas

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No hay duda de que Eddy Merckx ha sido uno de los ciclistas con más fama y popularidad en el plano deportivo de nuestro siglo.

Tiene un aquilatado y variado historial que le sitúa en un lugar a todas luces excepcional.

Aún así somos de los que creemos que no es tarea fácil el querer establecer comparaciones y colocar en un mismo ramillete a todos los atletas del pedal que han destacado, entremezclados en un mismo saco, pero pertenecientes a épocas distintas, diversas.

Un período determinado no es comparable a otro 

Los acontecimientos que nos depara la carretera con sus protagonistas no son, repetimos, comparables.

Las circunstancias son enormemente variables. Todos los juicios, en más y en menos, son suposiciones que no se sostienen con una base sólida.

Hay temporadas que se aglutinan una serie de ciclistas de alta categoría o rango, y, en cambio, en otras los atletas del pedal, por lo general, son de más bajo nivel.

Es aquello que se suele decir metafóricamente: que el país de los ciegos, el tuerto es el rey. No podemos medir los valores en litigio con el mismo patrón. Los vientos soplan de una manera u de otra.

Las comparaciones suelen ser insostenibles por unos entornos que nosotros no vamos aquí a discernir, una a una.

Hubo, por ejemplo, una Primera y una Segunda Guerra Mundial, motivos de indudable trascendencia que alejaron a los ciclistas de toda competición, de todo escenario rutero, sin un porvenir por delante que supusiera una renovada esperanza.

Hubo tiempos en los cuales se notaba la ausencia de figuras de categoría, de campeones en esencia. Como hubo asimismo también otras épocas que fueron mucho más prolíferas en la producción de ciclistas de alto copete. No nos vamos a extender en más consideraciones en este capítulo que queremos dedicar más bien a este corredor belga inolvidable, admirable, que ha marcado un verdadero hito en la historia del ciclismo: Se llama Eddy Merckx.

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Merckx ha sido, al igual que los consiguieron Jacques Anquetil, Bernard Hinault y Miguel Induráin, los protagonistas que conquistaron con brillantez y buena lid el Tour de Francia y nada menos en cinco ocasiones.

El estadounidense Lance Armstrong, que poseía siete triunfos absolutos, fue apeado de su flamante posición al ser sancionado por dopaje perdiendo en consecuencia toda su titularidad y todo su áureo prestigio.

Es interesante recalcar que Merckx, que concurrió en el Tour siete veces, logró acaparar nada menos que treinta y cuatro victorias de etapa, y, además, con la valía adicional de vestir la codiciada camiseta amarilla de líder durante noventa y seis largos días, una marca pasmosa y de alto mérito deportivo, no igualada o superada por ningún otro ciclista hasta la fecha de hoy.

Eso sí, el año pasado, apreció como Mark Cavendish se le ponía a la par en etapas ganadas.

¿Y cuánto tiempo lleva Francia sin ganar “su” Tour?

Analizando las prestaciones realizadas por naciones, es interesante observar que ha sido Francia el país que más veces ha reeditado la victoria absoluta en el Tour, “su” Tour. A los franceses les ha sonreído el triunfo en nada menos treinta y seis  ocasiones.

En cambio, con la mitad (18), le sigue Bélgica; y en un escalón más inferior  aparece España, con doce.

A continuación en un plano algo más bajo, aparece Italia que logró en el balance global tan sólo nueve triunfos en ese Tour que nos ocupa.

No ha sido elevada la cosecha acumuladas con el paso de los años por lo que ha representado y representa el país transalpino, con una identidad de por sí de alto contenido, pero que adolece por una falta de continuidad que se presagiaba, especialmente en la época gloriosa impulsada por el inolvidable dúo compuesto por Fausto Coppi y Gino Bartali, dos héroes, recalcamos, de carácter casi legendario.

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Vale la pena recordar, poner sobre el tapete, el de que los franceses, por ejemplo, lleven un largo trecho sin paladear las mieles de un ansiado y bien deseado galardón o premio.

Ha sido una senda frustrante, cosa que es sabido y que ahora señalamos una vez más. Nos hemos de remontar al éxito fructífero protagonizada por el ciclista bretón Bernard Hinault, el último bastión, cuando redondeó su último laurel en la ronda francesa, que se concretó en el año 1985; es decir, que han pasado casi cuarenta años de sequía absoluta, sin gloria y sin poder mostrar con cierto orgullo la siempre admirada bandera gala en el epílogo final vivido en París, la capital, una faceta o signo que se suele contemplar en su tierra con especial respeto y sobre todo con encendido patriotismo.

Por lo demás, Bernard Hinault, que fue un ciclista batallador y de alta capacidad física, tuvo la virtud de adjudicarse la competición también en los años 1978, 1979, 1981 y 1982, un conjunto de efemérides que los franceses conmemoran y que no olvidan. La nostalgia, hay que afirmarlo, les embarga con el pasar de las ediciones y de seguro que les llena de tristeza, de impotencia.

El Tour es algo muy propio que sus gentes llevan muy adentro. Se sienten propietarios más que nadie y sin embargo el destino les viene decepcionando sin concesiones.

Los españoles se han hecho oír

Quisiéramos hacer hincapié antes de dar por concluidas estas líneas, recordando la influencia de nuestros representantes españoles en la citada prueba por etapas. Decíamos con anterioridad que nuestro país se ha hecho notar con especial ahínco, en especial al inscribir sus nombres y apellidos por doce veces en el condensado historial del Tour.

Veamos, pues, al detalle su dilatada relación: Federico Martín Bahamontes (1959), Luís Ocaña (1973), Pedro Delgado (1988), Miguel Induráin (de 1991, 1992, 1993, 1994 y1995),  Óscar Pereiro (2006), Alberto Contador (2007 y 2009) y Carlos Sastre (2008).

¿Qué les parece ese panorama tan constante?

El presente no sonríe como antaño.

Aprovechamos este inciso para formularnos a continuación una incógnita:

¿Se nos ha interrumpido de un tiempo a esta parte la buena cosecha que fue acumulando España a lo largo de nuestro loable pasado, que involucra en cierta manera medio siglo de existencia?

Los números cantan: desde 1959, por obra de Bahamontes, hasta llegar al año 2009, con la victoria de Contador. Es una estela de resultados que nos hace pensar.

Por Gerardo  Fuster

Imagen tomada de forodeciclismo.mforos.com

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Ciclismo antiguo

Treinta años del primer Giro de Indurain…

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El primer Giro de Indurain hizo caer varios mitos

Dijo Claudio Chiapucci en un Bicisport que guardo: “Cuando atacamos a Indurain en su primer Giro me viene a la mente la imagen de los aviones luchando contra King-Kong, subido al Empire State. Y Chioccioli, Giovanetti y yo somos los aviones

Así fue ese Giro, el primer Giro, el del 92, el olímpico de Barcelona. Qué recuerdos: Indurain iba a probar, lo decía de puertas hacia fuera, por dentro era consciente que el ganador del Tour estaba obligado a todo cada vez que se enganchara un dorsal a la espalda.

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Giro del 92, salida desde Génova

Prólogo veloz que Thierry Marie, el gran especialista del momento, ventila por tres segundos sobre Miguel Indurain.

No ocurre nada especial.

En la tercera jornada, arribando al bellísimo Arezzo, esa plaza que quita el sentido, Chiapucci busca la sorpresa en un pequeño puerto de tercera, por donde el Giro ha vuelto en alguna ocasión.

Claudio hace la selección, Miguel con él, y tras ambos 28 unidades de las que sale victorioso el italobritánico Max Sciandri, quien acompaña en el podio la nueva maglia rosa.

Miguel Indurain es líder, pero lo será más al día siguiente ,cuando deja entrever que éste no es un ciclista cualquiera cuando sube a su cabra y que viene a por su primer Giro.

Entre Arezzo y Sansepolcro gana una crono de casi 40 kilómetros, corta para la época, en la que intimida: dos minutos a Hampsten, dos medio a Giovanetti y más de tres a Franco Chioccioli, “Copinno” el ciclista de torso alargado que asomaba el morro más allá del umbral del manillar, el portador del dorsal uno.

El daño estaba hecho y empezaron las pamplinadas de la prensa.

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Lo llamaban la “Santa Alizana”, una conjura secreta, cuasi masónica entre los capos italianos, para derrocar al líder extranjero. Aquello fue agua de borrajas, efectos literarios, pues en la práctica, cada uno iba a la suya.

En la subida al Terminillo, el encantador Roberto Conti busca etapa y la maglia. Ni lo uno, ni lo otro. Indurain le da caza en el último kilómetro: “Siento actuar así Roberto, pero debo controlar”.

«Ni se merecen las disculpas, Miguel” responde el sacrificado escalador romagnolo que un día ganaría en Alpe d´ Huez.

Triunfa Lucho Herrera pero un tipo sale herido en su orgullo, vuelve a ser Franco Chioccioli.

En una semana ha perdido toda opción de mantener la corona y eso le duele, le duele a tal punto que al día siguiente pone la carrera patas arriba camino Imola, a donde llega con Roberto Pagnin, el guaperas del momento, con el tiempo muy maltratado por la vida, y Marco Lietti.

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Chioccioli no ganará el Giro a la vista de la solidez de Indurain, pero sí que estaba nuevamente en la puja por el podio y de paso merodeaba las plazas nobles por si surgía algún imprevisto, pues en tres semanas, lo inesperado es lo esperado, más cuando todos aguardaban el mal tiempo en los Alpes y Dolomitas recibiendo a Miguel, alérgico decían, a la lluvia.

Y Chioccioli fue la punta de lanza en días de hielo como chuzos, en el Giau especialmente, intentando lo imposible por dejar a un navarro que salía a por él, a por Giovanetti y a por Chiapucci, sin importar el orden ni lo que quedara para meta.

Fabrice Philipot y Armand De las Cuevas gestionaban el ritmo y llevaban en carro a su jefe que no mostraba debilidad aparente, y si la tuviere, la maquillaba, como el día del diluvio universal en el Monte Bondone donde se impone Giorgio Furlan.

Las cimas caían, Monviso, Pila,… también la llegada a Verbania, donde Chioccioli se redime.

Nada, los rivales bajan los brazos y ven a Miguel encajando una y otra vez, saliendo a por ellos, a veces sentado, otras con leve contorneo, sólido e inabordable y lo que es peor, con una crono de 66 kilómetros que gana por saturación de los rivales en lo que fue el preludio más nítido de lo que haría un mes después en Luxemburgo.

Sin haber empezado aún el Tour, Claudio ya supo que no podría ganarlo.

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Lemond & Hampsten, confesiones americanas en París

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Lemond y Hamspten fueron los pioneros del ciclismo del otro lado del charco

Estos días que todos miran el poderoso ocho del Jumbo para el Tour de Francia, con su dúo en punta formada por Roglic y Vingegaard, nos ha venido a la mente uno formado por  dos americanos pioneros que nos saben a leyenda: Andrew Hampsten y Greg Lemond.

No es que compitieran mucho juntos, en el mismo equipo, pero sí lo suficiente como para ser punta de lanza en uno de los Tours más icónicos de la historia el de 1986.

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Recuperamos esta fotografía del rincón de Photos Nostalgie en la que Greg Lemond, un ciclista que por muchos motivos hizo “Historia” con mayúsculas, sale conversando con su compatriota Andy Hampsten.

Era el final del Tour de 1986, una carrera que, como decimos, muchos años después sigue levantando pasiones y llenando novelas.

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La imagen es del 27 de julio de 1986.

Lemond se había convertido en el primer ciclista venido de ultramar que ganó el Tour con Hampsten en el equipo 

Aquella fue una edición marcada por las letras que luce en el pecho “La Vie Claire”, un equipo surgido de los chanchullos de Bernard Tapie, que copó la carrera haciendo primero, segundo y cuarto con Lemond, Hinault y Hamspten.

Sólo un suizo peculiar, raro, que le daba miedo volar, Urs Zimmerman, se coló entre el colorido maillot del equipo de Tapie.

Empezaba entonces,  y ellos sin saberlo, un largo paréntesis de sequía para el ciclismo francés.

Desde 1985, casi 40 años ya, París no corona a uno de los suyos.

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