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Ciclismo de carretera

Strade Bianche: presentación, nudo y desenlace

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Strade Bianche 2019 JoanSeguidor

Al revés de otras, la Strade Bianche salió de una cicloturista

Para saber del origen de la Strade Bianche nos vamos a 1997, cuando nació en Italia, en la preciosa Toscana, la tierra de viñedos e increíbles ciudades medievales, L´ Eroica, era la nueva edad de oro del ciclismo vintage.

Por los caminos que en Castilla se podrían llamar “de concentración”, se lanzaron miles de cicloturistas equipados con bicicletas de rastrales, cables por fuera y cambios en el cuadro.

Dotados de glamour de antaño, viejos hierros rehechos a sí mismos. Piezas de museo, menospreciadas durante muchos años, por su peso e incomodidad, abordaron las rutas de la Strade Bianche.

CCMM Valenciana

Todos debían llegar a la salida de Gaiole in Chianti con una bicicleta anterior a 1987, es decir, y para ubicarnos, todas las anteriores al triplete inédito de Stephen Roche.

Combinando gravilla, tierra y asfalto se pusieron varios recorridos y distancias según los niveles y exigencias

Todo se vistió de rosa, muy italiano, vino y pasta avituallaron el evento, el círculo estaba cerrado, un fantástico producto que desde entonces no ha parado de crecer.

Y lo ha hecho tanto que un sábado de marzo se llena de estrellas.

Es la Strade Bianche, cuyo origen en l´ Eroica es la repercusión más obvia y directa de este evento que al mismo tiempo ha inspirado no pocas citas en el calendario español e internacional en las que ciclistas pertrechados con maillots de hace cuarenta años, chichonera en ristre y vieja, pero remozada, bicicleta entre las piernas se dan cita para recorrer pintorescos lugares.

¿Sería posible en España? Jaén se ha puesto manos a la obra

Hace un tiempo Jordi Escrihuela nos deleitaba con una pieza sobre la vieja bicicleta que le acabó cautivando y llevando por los páramos de medio mundo a presumir el mero placer de rodar como antaño.

Con Jordi quisimos saber de las raíces de esta nueva pasión que además de generar eventos por doquier da de comer a no pocos restauradores, auténticos artistas platerescos que en otra circunstancia no habrían tenido esta cantidad de trabajo.

El amante del ciclismo vintage admiraba a Perico, a Ocaña, a Bahamontes, y echa de menos aquel ciclismo de costura y tapiz, sin pulsómetros, ni CRM ni hostias, era ciclismo a pelo, corrido con el corazón y las sensaciones, de rompe y rasga. La tecnología le ha robado alma al ciclismo, como a otros deportes, al mismo tiempo.

Hay auténticos nostálgicos de aquello.

Y la única manera de revivir esa época es montando estas fiestas del ciclismo sin pulsómetros, ni medias, ni chips, ni dorsales sino sacando las viejas bicis de rastrales, manetas en el cambio, y nuestros maillots de laneta de los sesenta o setenta

Hoy en día se ve a Froome, Bernal, Roglic y compañía, se disfruta, se sabe más que nunca de ellos, quizá demasiado, y la química no es la de entonces cuando un campeón era la cara de tu chapa en los juegos de corral y llenaba de posters las paredes de la habitación.

Hoy las carreras muchas veces se resuelven por un puñado de segundos, ya no existen las pájaras, ni los ataques suicidas, ni las heroicidades en montaña ni la épica, todo está bajo control, el ciclista no es dueño de sus actos, no hay tiempo para la improvisación, todo está bajo el mando de la voz del director en el pinganillo.

Por eso triunfan estas marchas, por eso vuelve lo antiguo, que aunque un incauto lo pensara, nunca pasó de moda.

Las imágenes de la Strade son de una modernidad bien disimulada.

La Strade Bianche es al revés que otras carreras.

Si muchas clásicas han dado origen a la cicloturista, aquí, como dijimos, ocurrió al revés.

Y con esos hierros, con emblemas como Gios, Willier o Bianchi luciendo en los cuadros nació un evento 110% ciclista que hoy es referencia mundial e imitado en el planeta ciclista.

Costa Blanca- Diputació Alacant

Hablar de la Strade Bianche es hacerlo de…

…ciclismo en la Toscana, mientras los corredores admiran sus preciosos paisajes. Eso si son capaces de levantar la mirada, mientras se aferran a sus manillares con fuerza, apretando los dientes y con la vista clavada en el suelo, dando chepazos en sus cortas pero durísimas rampas.

…la medieval ciudad de Siena y su bella Piazza del Campo, donde está situada la línea de meta de la carrera. De su casco antiguo, catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

…de ciclistas rebozados en barro y de pesadas bicicletas enfangadas desde el desviador del cambio hasta las calas de los pedales automáticos, pasando por la cadena o las zapatas.

…de frío, lluvia y los temidos tramos de tierra convertidos en auténticos barrizales, mientras los pros intentan sortear charcos… o no. Quizás sea de las pocas maneras que tienen para limpiar algo el barro de sus bicicletas.

…o bien de sol y rutas polvorientas al paso del gran pelotón ciclista, porque en la Toscana el tiempo cambia muy rápido, pudiendo ofrecer estampas de todos los colores y para todos los gustos.

…si hablamos de gustos, que le pregunten a los ciclistas qué sienten cuando comen y notan esos crujidos en sus bocas, sabiendo que lo que están masticando es tierra, arena blanca de la Toscana.

…de ese increíble final, el último kilómetro de carrera encarnado en la durísima rampa de entrada a la línea de meta en la Piazza del Campo: la Via Santa Caterina, de hasta un 16% de desnivel. Un suplicio sobre adoquines mojados para acceder a la colina donde está asentada la ciudad de Siena.

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