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Ciclismo antiguo

Robert Marchand: “A la vejez ciclismo”

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La bicicleta fue la gran compañera en los 110 años de Robert Marchand

Hubo un ciclista menudo y mítico. Le llamaban la pulga. Nació en Torrelavega. Hacía las modestas dimensiones de metro y medio de altura por cincuenta kilos de peso. Vicente Trueba se llamaba y fue una celebridad allá por los años treinta. En esa época nuestro protagonista, Robert Marchand, tenía unos veinte años y era bombero, de París para ser más exactos.

Marchand nació el año 1911, cuando mi ya fallecido abuelo, en Amiens, donde las catedrales rascan la panza del cielo.

A los tres años tuvo que poner pies en polvorosa porque con el estallido dela Gran Guerra, la primera mundial, el ejército prusiano amenazaba lo que al final cumplió: ocupar la franja más septentrional de Francia, un gran país de que cuenta muchas más derrotas que victorias.

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Obviamente Amiens formó parte del botín y cayó en manos germanas.

Recuperada la normalidad, en los felices veinte, Marchand probó a ser ciclista.

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Antes había tentado el boxeo con su padre, e incluso hizo pinitos de gimnasta, pero esa bicicleta que adquirió con catorce años le superó.

Ganó carreras y tenía hechuras, pero sus dimensiones, las que el propio Trueba atesoraría, le descartaron para el profesionalismo.

No supo el ciclismo lo que se perdió hasta muchos años después.

Tras vivir en Venezuela y Canadá, tras ser bombero, panadero, vinicultor, trabajar la caña de azúcar, siendo viudo y no habiéndose  casado nunca más.

Tras más de media vida consumida, Marchand decidió volver a ser ciclista, pero no ciclista de registros comunes, no, ciclista de longevidad probada y fiabilidad eterna. Ciclista de los pies a la cabeza.

Y se enroló en las grandes marchas, y en sus piernas cayeron sucesivamente la Burdeos-París, la Roubaix, la Marmotte, hasta una travesía entre Moscú y París.

En el loco camino de su romance con la bicicleta, Marchand quiso más, probó ser eterno y rubricó un registro para la historia, el de Aigle, en el centro mundial de la UCI, marcando más de 24 kilómetros en una hora de marcha por su elipse una vez cumplidos los cien años.

A los pocos meses, completó 100 kilómetros en Lyon en cuatro horas y diecisiete minutos. El señor iba lanzado.

Pero Marchand quiso, obviamente, un poco más y ese pedacito es la eternidad.

Volvió al velódromo, al nuevo de Saint Quentin-en-Yvelines, inaugurado dos semanas antes como la nueva catedral de la pista francesa, de esto hace nueve años, para rebasar con creces la marca de Aigle. Nada menos que 26 ,17 kilómetros recorridos en sesenta minutos con testigos: numeroso público y conexión en directo.

Marchand pequeño, frágil en apariencia, 102 años, una vida en círculo, rodando.

Y siguió rodando marcando nuevos hitos de longevidad en el ciclismo, hasta apreció en el Libro Guiness.

Su dieta de verduras, algo de carne y un poco de café más una rutina diaria de una hora de bicicleta en casa le tuvieron activo hasta los 110 años, cuando nos dejó definitivamente.

Su éxito habla de los improbables que se convierten en probables gracias a la bicicleta.

Una historia magnífica en la que gana el bueno, gana el ciclismo.

Foto tomada de veloaficionado.com

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