Ciclismo antiguo
La hora que acabó con Miguel Indurain
El récord de la hora fallido pasó factura al futuro inmediato de Miguel Indurain
A la semana de sembrar de felicidad todo un país en Duitama, Colombia, Miguel Indurain atentó contra el récord de la hora que Tony Rominger le había batido un año antes.
El velódromo Luis Carlos Galán de Bogotá fue el escenario para una gesta que, a pesar de la euforia del mundial colombiano, no era nada sencilla.
Ya en Burdeos un año antes, Indurain había evidenciado que rodar en un velódromo no era lo suyo, factores múltiples incidían y atenuaban un registro que, por otro lado, nadie vio estratosférico en un ciclista que había batido el récord de la hora en una contrarreloj a carretera abierta en el Tour de Francia.
Miguel Indurain aterrizó a contrapié en Bogotá y el resultado ya lo vimos
Recuerdo la retransmisión de Carlos Martínez en una emisión para los abonados de Canal + y la evidencia de que los más de 55 kilómetros que adornaban la marca de Rominger iban a ser infranqueables.
Sobre el hormigón, a 2400 metros -como cuenta Carlos Tigero en la “Estela de Miguel“- de altitud, Miguel Indurain evoluciona bien de inicio, marcando mejores intermedios que su rival suizo hasta el quinto kilómetro.
Están a 12 grados y una humedad del 90%, calza una paella de 64 adelante y 14 atrás, una multiplicación de privilegiados que exige un estado de forma óptimo, que digo, superlativo.
A partir del sexto kilómetro el festival decae, Miguel Indurain no puede con los parciales de Rominger y justo en el ecuador, pasada la media hora desiste.
Iba camino de hacer kilómetro y medio menos que el helvético.
Lo que podría ser tomado como una normal consecuencia de una preparación draconiana para el mundial, tras ganar el quinto Tour, se toma como un abandono que no debe sentar bien a los que pagan la fiesta.
Invitan al navarro a que repita por la tarde, pero no, la cuerda se había quemado por los dos extremos, Miguel no accede.
Cuenta Carlos Tigero en su libro que la reunión entre corredor y técnicos, José Miguel Echávarri a la cabeza, no fue plácida, en palabras de Vicente Iza, masajista “fue tensa y larga”.
Chocaban dos trenes, por un lado los responsables del equipo y la estructura, acuciados por compromisos publicitarios que no entendían de cansancio y hartazgo en el corredor y por otro éste mismo, completamente vacío psicológicamente, tanto tiempo fuera de casa, con su esposa embarazada.
Había dicho basta.
Cuentan los mentideros que de aquella experiencia las cosas cambiaron mucho entre Miguel y sus mentores, Indurain hipotecó gran parte de su confianza en los técnicos de toda la vida en una hora que se hizo eterna por sus consecuencias.
Al año y poco acabaría abandonando el ciclismo, aquella mañana de enero en un hotel de Pamplona… el primer NH de la historia, curiosamente.





