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Ciclismo antiguo

En Arenberg, la madre de todas las batallas

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DT – 2022 post

Los que han estado dicen que no hay nada como Arenberg

Nos contó Flecha que “el Bosque de Arenberg es el inicio de la auténtica Roubaix.

En él se abren las primeras diferencias, hay un antes y un después, sobre todo si el día es seco, pues  si ha llovido la carrera ya llega rota. Estamos realmente en el infierno, antes de llegar al tramo hay una pancarta que nos lo recuerda. El sol no suele entrar mucho, la recta está en medio de un bosque, y el adoquín suele estar siempre húmedo”.

Hubo unos años que no estuvo en el recorrido de la París-Roubaix. La última vez no fue hace mucho por las caídas de Philipe Gaumont y Johan Museeuw, quienes rozaron el ocaso deportivo tras dar con sus huesos sobre el maltrecho adoquín de esta recta de casi dos kilómetros y medio cerca de Wallers, y no muy lejos de Valenciennes. Estuvo también ausente diez años, entre 1974 y 1984.

Arenberg es mítico en sí, y más cuando su paso no rompe ni rasga la carrera definitivamente por que aún está lejos de la llegada. De cualquiera de las maneras su paso merece un punto a parte. Incluso en los años más mezquinos de lo televisivo, el tramo de Arenberg se hacía por separado y luego, luego, el resto de la prueba.

Aquí el infierno se posó por primera vez en 1968. Esa París-Roubaix decían era la más dura de la su ya longeva trayectoria. Una edición de 257,4 kilómetros con casi 57 sobre pavés a partir de Solesmes. El pelotón empezaba a botar a 112 kilómetros de meta y así hasta el velódromo. En la ruta muchos candidatos para tomar el trono de Janssen. Un batallón belga estaba dispuesto a suceder a su ilustre vecino. No obstante el primero en dar fue Roger Pingeon, un francés que quedó noqueado en el paso de Arenberg por un pinchazo primero, y posteriormente por un grupo de lobos del cual salían como flechas los Merckx y Van Springel. En el velódromo el “caníbal”, vestido de arco iris, fue más rápido. Tras ellos, sólo belgas, Godefroot, Sels, Van Schil, ….

“¿Un deseo?: Ganar la París- Roubaix”. El pensamiento es una obsesión en voz alta del viejo Duclos, sí de Gilbert Duclos Lassalle. En 1992 pudo con el reto. Se plantó en cabeza a Arenberg y salió acompañado por Van Poppel y Van Slycke. Demasiado poco para un zorro en los pavés del norte que llegó en solitario al velódromo con 38 años a las espaldas. Al año siguiente, el eterno francés volvió a ganar, otra vez, por segunda vez y con los cuarenta llamando a la puerta. No ejerció de tirano en el bosque, pero el mismo le sirvió para enlazar con la cabeza tras salvar de una tacada una caída y pinchazo. Su triunfo frente a Ballerini se resolvió en tan sprint que nadie se atrevió a señalar al ganador antes del juicio de los árbitros, fue casi tan memorable como el del Eddy Planckaert frente a Bauer en 1990. Ese año Arenberg pasó desapercibido. Pero no todo fueron “rositas” para Duclos en Arenberg, aquí enterró sus opciones en 1985.

Lo cierto es que la historia no le ha dado a Arenberg la importancia que se ha ganado en los capítulos de la épica. Lo dice la historia, en esta recta se cuentan más los infortunios que las hazañas, por que mantenerse sobre la máquina ya era una hazaña. Su mortal pavés era trascendente cuando el barro disimulaba el grosor del tubular. Entonces sí que se podía armar la de Dios. Así ocurrió en 1972 cuando se fue al suelo un total de 40 corredores cual dominó. De esa escabechina no se libró ni Merckx. Fue el año del primer triunfo del gran De Vlaeminck.

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No siempre estuvo la desgracia para Merckx en el tramo de Arenberg. En 1970 otra hecatombe sacude al grupo. De la monumental montonera salen vivos cuatro Flandria, entre ellos De Vlaeminck, junto ellos Karstens, Janssen y el inefable Eddy, quien tras dos pinchazos, para variar, gana. Zoetemelk es otro de los grandes que salieron tocados de muerte de Arenberg. El divo holandés se dejó sus opciones en Arenberg en la edición del 73.

Curiosidades no faltan. El italiano Gimondi llegaba en 1971 con una renta corta a Arenberg. Un paso a nivel le cortó las alas justo antes del célebre paso.  Los diez años de ausencia de Arenberg en la Roubaix hicieron que una generación entera de grandes no probara la grandeza del escenario. De los Merckx, De Vlaeminck y Janssen pasamos por asomo a los Kelly, Planckaert y Vanderaerden. En 1984 la “rentrée” de Arenberg se hace a lo grande para los anfitriones. Los Redoute Bondue y Braun entran a saco en el tramo. No miran para atrás. De nuevo en el asfalto, toman conciencia de la situación. Sus perseguidores están por encima del minuto. Pero claro quedaban 100 kilómetros, y eso era mucho trecho para “King” Kelly…

Image: A.S.O./Pauline Ballet

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Ciclismo antiguo

Pra-Loup mató a Eddy Merckx

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DT – 2022 post

Cuando Thévénet vio a Merckx descolgarse de Gimondi supo que era su momento

Divaga Carlos Arribas, en su fenomenal “Ocaña”, como el protagonista conquense hablaba de “matar a Merckx.

La obsesión del recio y moreno ciclista de Priego por el mejor corredor de la historia le hacía hablar casi en clave penal.

Al menos así lo atestiguó Arribas.

Sin embargo,  aunque Ocaña hizo besar la lona al belga, lo cierto es que no fue hasta unos años después que un francés de segunda fila llamado Bernard Thévénet, uno de los rostros míticos habituales en la presente caravana del Tour, sí hirió de gravedad al caníbal y lo hizo en una cima que se ha distinguido por ser míticamente discreta.

Porque Pra-Loup es un enclave poquísimo frecuentado por el Tour de Francia.

Se sitúa en la zona meridional de los Alpes, en la Alta Provenza, quizá los menos frecuentados por la carrera y eso que ofrecen el puerto más alto jamás flanqueado, la Bonette Restefond, con sus más de 2800 metros, dejando atrás Iseran y Galibier en este ranking de las altitudes.

Cerca de Pra-Loup, un resort de esquí está Barcelonette, la localidad que marca el inicio de la subida a la mentada cima de Bonette.

Pra-Loup es un resort esquiable no muy alto sin excesiva dureza.

Desde Barcelonette parte una carretera medio llana que empieza a subir en el tercer kilómetro y rompen sus 1620 metros tras poco más de cinco kilómetros de ascensión en los que destaca el tercero, por encima del diez por ciento.

Hace poco menos de 50 años, el 13 de julio, el Tour tomaba la salida en un luminoso domingo hacia Pra-Loup.

La carrera afrontaba su última semana y lo hacía entrando por los Alpes.

Miles de personas aguardaban en las cunetas de Saint-Martin, Couillole, Champs y Allos antes de la cima final.

Millones de personas estaban pendientes de la carrera por la televisión.

Tras siete horas de carrera, Eddy Merckx manejaba el cotarro vestido de amarillo, una prenda que de conservar hasta el final le daría su sexto Tour, lo nunca visto ni entonces ni ahora, pues lo de Armstrong fue un espejismo.

Dos días antes, Merckx había sido agredido por un mal llamado aficionado. Le propinó un puñetazo en la boca del estómago como protesta ante su dominio, como si ganar fuera sencillo y fruto del capricho de un hombre.

En la ascensión final Merckx, a la estela de Felice Gimondi, caminaba destacado en tierra de nadie, la reacción por detrás la conducía Thévénet arrastrando los siempre “pestosillos” Van Impe y Zoetemelk.

El francés jadeaba, se movía graciosamente sobre la bicicleta.

Agarraba el manillar por la parte de abajo. Se refrescaba con una botella de una persona del público para acelerar sutilmente e irse solo.

De repente atisbó el horizonte y en si línea apareció el maillot amarillo.

Gimondi acababa de dejar a Merckx, Thévénet venía a cobrarse todas las facturas y todos y cada uno de los ataques que el belga había sembrado por el camino hasta el puerto final.

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El francés deja a Merckx y supera fácil a Gimondi.

En la cima gana la etapa y se pone a menos de un minuto del líder.

Lo más difícil estaba hecho. Thévénet, quien protagonizaría la primera gran confesión de dopaje de la historia, se viste de grande y el 14 de julio celebró a lo grande la fiesta nacional en el Izoard para jolgorio de Bobet.

Merckx había caído, su reinado tocó a su fin y Pra-Loup fue su tumba.

Imagen: Byenrique

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Ciclismo antiguo

Roger Walkowiak, el campeón más triste de la historia

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DT – 2022 post

Vamos al Tour que ganó contra todo pronóstico el menospreciado Roger Walkowiak

Ganar a lo Walkowiak es algo que impuso en la historia el bueno de Roger.

En a historia hubo alguna victoria en el Tour que respondió a ese perfil, es decir, triunfar de forma sorpresiva y sin triunfo de etapa que adorne la general final.

Cuando Oscar Pereiro ganó la mejor carrera, muchos se acordaron de Roger y su triunfo «a la Walkowiak»

Pero no os engañéis, ganar el Tour implica muchas cosas, posiblemente años de salud, la alineación de los astros en forma de salud, suerte y rivales y en ocasiones el factor sorpresa.

Todos los grandes nombres tuvieron una primera vez, el destello que antecedió sus reinados, pero a veces esa chispa fue una gta en el desierto, una suerte de carambola que el tiempo demostró ser la excepción y no la norma.

El 28 de julio de 1956 el pelotón del Tour de Francia llegaba París con una mezcla de incredulidad entre los corredores, asistentes y los aficionados que se inclinan en las gradas del Parque de los Principes.

El portador del maillot amarillo era un ciclista del equipo regional Centre-Nord-Est llamado Roger Walkowiak, un corredor de perfil muy bajo, tanto que nadie en los pronósticos previos había puesto su nombre en papel alguno.

Marcel Bidot, ciclista en los años veinte y por aquellas fechas mánager del equipo francés, antes de dedicarse al bohemio negocio del vino, no podía creer que Walko ganara el Tour: “Es increíble como las circunstancias pueden beneficiar a un corredor con el que nadie contaba.

Si entre Luchon y Toulouse, Darrigade hubiera estado junto a Bauvin, hoy éste sería el ganador del Tour.

Pero Darrigade quiso buscar el triunfo de etapa”.

Bauvin sería segundo en París a poco más de un minuto del ganador.

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Y es que como dijimos todo se alineó para Walkowiak, que cogió la fuga buena y supo administrar la renta con penosa resistencia, aprovechando que Louison Bobet estaba recuperándose de una operación, Charly Gaul no volaba como en el Giro, Fede Bahamontes estaba inéditamente discreto y Stan Ockers se centró en la clasificación por equipos.

Ya entonces el ranking por escuadras era objeto de deseo.

En un país acostumbrado a la grandeza de Bobet e impaciente por la eclosión inmediata de Riviere y Anquetil, nunca se perdonó la forma de ganar de Walkowiak, quien fue diana de los comentarios más ácidos y descarnados que posiblemente nunca haya recibido un campeón.

Aislado del mundo, ya retirado del ciclismo, Walko, el sacrificado Roger, admitiría que ganar el Tour había resultado su peor condena.

Imagen tomada de Vimeo

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Ciclismo antiguo

Un Mundial de ciclismo en la Italia de Mussolini

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DT – 2022 post

Así fue el Mundial de ciclismo de 1932 y la aventura de los españoles

Roma, 31 de agosto. Umbral del otoño. La ciudad eterna tomada por el fascismo. Italia, una potencia ya en esto de los mundiales, acogía por primera vez una edición de la prueba. Tres vueltas de 68,7 kilómetros por la Rocca di Papa, totalizando 206. Salieron 21 ciclistas, entre ellos una selección italiana que tenía en sus filas al campeón vigente, Learco Guerra, más a un doble campeón, Alfredo Binda, y al varesino Remi Bertoni. Artillería pesada para el mundial de ciclismo en casa.

Mussolini se presentó en persona para desearle suerte y éxito al vigente campeón, Learco Guerra, pues su sugerente apellido gustaba mucho. “Tutti per Guerra”, proclamaba el presidente de la Federación Italiana de Ciclismo, Garelli. Tiempos violentos aquellos. Pero el especialista en mundiales era Binda, que con su compañero lombardo, Bertoni, secó todos los ataques, entre ellos el de Montero, para irse juntos y hacer oro y plata con casi cinco minutos sobre Nicolas Frantz.

Dos acompañantes se sumaron a la delegación hispana: Juan Bautista Soler y Joaquim Rubio estuvieron allí, con los tres españoles. Ambos presenciaron la carrera en directo y pudieron incluso narrar la desventura de Mariano: “Estaba en el control de Frascati, situado a media cuesta. Montero y Cañardo pasaron con los primeros, formando un pelotón de ya siete hombres. Podemos confiar pues en que los dos llegarían a Roma en el grupo de cabeza, pero a Cañardo, al cual acababa de avituallar, le di un empujón para que reemprendiera la marcha, con tal mala fortuna que fue a chocar con Haemerlinck, cayendo. La caída no tuvo consecuencias, pero significó una estimable pérdida de tiempo en un momento en que se desencadenaba la batalla en plena cuesta arriba. A causa del empujón se le torció el manillar y se le descentró la rueda”. Pero Mariano se rehízo: “Con todo, Cañardo arrancó de nuevo y fue ganando posiciones, y cuando con Guerra marchaba a la caza de Frantz, no teniendo por delante más que a Binda, Bertoni y Montero, sufrió una avería, perdiendo todo lo ganado anteriormente”.

Roma, como Lisboa, la ciudad de las siete colinas, algunas de nombre mítico y legendario, había sido para Mariano una montaña rusa, un sube y baja emocional, en unos años en que lo complicado era mantenerse íntegro sin caídas ni lesiones.

Mariano estaba allí, llamando a la puerta, jugándose la suerte con ciclistas que crearon la palabra leyenda, pero le faltaba algo, la fortuna. Aquel día se clasificó duodécimo, pero había añadido una muesca a su palmarés en una carrera que se le daba bien.

Porque Mariano estaba entre los que inventaban el ciclismo en mayúsculas, el que germinó en aquella época, y lo hizo con compañeros de expedición de grandísimo bagaje.

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Juan Bautista Soler fue una de las grandes personalidades de los albores del ciclismo en España: árbitro en sus primeros días, fue presidente y máximo responsable de la Volta a Catalunya, siendo vicepresidente de la Unión Ciclista Internacional en los cincuenta, lo que le valió ser su presidente interino durante dos años por la muerte del entonces primer mandatario del ente, Achille Joinard.

Y luego estaba Rubio, Joaquim Rubio, una persona muy querida en el mundillo en aquellas décadas de aventuras increíbles. Primero ciclista y luego manager, fisioterapeuta, auxiliar y consejero espiritual de las vedettes, entre las que Mariano se contaba. Un empujón dado con todo el cariño y la pasión de Rubio le arruinó a Mariano aquella carrera romana.

Extracto de “El primer campeón”, próxima obra que Cultura Ciclista sacará en breve.

Imagen: Federazione Ciclistica Italiana

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Ciclismo antiguo

El quinto fue el mejor de los 5 Tours de Indurain

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DT – 2022 post

No pudo haber mejor culminación a los 5 Tours de Indurain

En nuestro frecuente viaje al pasado que nos regaló Miguel Indurain con sus 5 Tours, queríamos acordarnos, ahora que ha transcurrido más de un cuarto de siglo, del que consideramos su mejor triunfo en Francia.

Y lo situamos en el último de la lista, el quinto, para nosotros sin lugar a dudas una obra de arte de abajo arriba.

Un  ejercicio de control y dominio, sublimado por quinta vez consecutiva, el más difícil todavía, pues no sólo seguía siendo mantenerse, también implicaba mejorar lo visto hasta entonces.

Ese año Miguel Indurain volvió al Tour con el dorsal uno, pero sin el Giro en las piernas, pero con la certeza de que entre Francia y el mundial en Colombia iba a estar el cogollo de la campaña.

Dicho y hecho.

Cualquier momento decisivo de ese Tour fue terreno abonado a Miguel

Si tenemos que ponernos pejigueros, posiblemente sólo falló una cosa a la que nos acostumbró, no hubo tarde de escabechina contra el reloj,  como sí que nos había ofrecido en Luxemburgo, Lac de Madine y Bergerac, la mejor de estas tres la dejamos a gusto del consumidor, para nosotros algo como lo de Luxemburgo fue único e irrepetible.

De hecho Indurain no ganó por aplastamiento la primera crono larga, en las Ardenas, nada menos que saliendo de Huy en un ejercicio que pareció de contención, pues mantuvo y mantuvo, en especial a Bjarne Riis, hasta ganarle por la mínima al final.

Pero era suficiente, más que suficiente.

Aquella crono formaba parte de un díptico belga, celebrado en fin de semana, que se había abierto un día antes, con la jornada de Lieja, aquella famosa que se escapó con Johan Bruyneel, donde emergieron dos cosas.

Por un lado el patriotismo sin fundamento de aquellos que pensaron que el belga debió dejar ganar a Indurain, pues éste hizo todo el gato y además se debía a un equipo español.

Por el otro la rivalidad con el equipo ONCE, un auténtico martillo sobre la resistencia de Indurain y su Banesto.

En La Plagne, primer día de Alpes, Alex Zulle lo puso todo al límite hasta desencadenar la reacción furibunda de Indurain en el que consideramos su mejor día sobre la bicicleta, aquella subida al coloso alpino.

Nunca he vuelto a ver algo como La Plagne.

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Luego, unos días después en Mende, Jalabert, acompañado por Mauri y Stephens planteó órdago lejísimos de meta que puso al límite a Banesto.

Nunca, creo, nadie había puesto tal al borde del abismo al cinco veces ganador,  un día con el que  jamás hubiera querido  lidiar en el Tour, aunque visto ahora, añadió más brillo, si cabe, a su quinto triunfo en Francia.

El dominio y presencia de Indurain en el final de su serie de 5 Tours propiciaron que una carrera que era un avispero -allí convivían Jalabert, Pantani, Rominger, Riis y Zulle, entre otros- nunca pareciera fuera de control.

Y es que, más que nunca, pareció hacer fácil lo más difícil, encadenar Tours como quien aprendía a sumar.

Nadie podía imaginar que estábamos ante el epílogo de la mejor racha que hemos visto nunca y que creo nunca volveremos a ver.

Imagen: RTVE

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