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Ciclismo antiguo

Nibali fue Merckx e Hinault al mismo tiempo

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DT – 2022 post

Los adoquines están ahí y son parte del juego” Christian Prudhomme el día de la presentación del Tour de Francia de 2014.

Ya pasó, ya está, ya pueden conciliar el sueño. Fluyó húmeda y peligrosísima la jornada de adoquines y el Tour ya piensa en mañana. ¿Balance? Pues espectacular, si nos dejamos llevar por la emoción, y trascendente si vemos la carrera en su conjunto. Hubo un ganador de etapa, Lars Boom, por fin en el lugar donde se le presumía, pero hubo otro ganador, moral, espiritual, díganle como quieran, que se llama Nibali, Vincenzo Nibali, un ciclista mayúsculo que sacó petróleo del caos. Es decir como siempre. Por cierto, de ese caos no tomó parte Chris Froome, atosigado a caídas, cuando ni siquiera habían empezado los adoquines.

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La historia nos habla de ganadores y perdedores en esta suerte de lotería que nadie obliga a ponerla en el mapa. La primera vez que la carrera pasó por aquí fue en 1919 y el desafortunado Eugène Christope perdió dos horas y media para buscar una forja que arreglara su maltrecha horquilla. El adoquín fue paisaje habitual en el Tour de los sesenta y setenta.

En los anales contrastó la actitud conservadora de Anquetil, siempre al cobijo de Stablisnky,  frente a la agresividad de Merck, para quien cada día era una guerra como si no hubiera un mañana. Hoy el prudente fue Alberto Contador, comedido, quizá demasiado, escondido con sus gregarios como Anquetil con Stablinski, y dejándose un tiempo que puede ser precioso, lo que queda dictará sentencia si bien me temo que este Nibali rueda como nunca lo había hecho.

Pero si un “personaje Tour” estuvo íntimamente ligado a este paraje fue Bernard Hinault. En 1979 en la etapa Amiens-Roubaix, Hinault pincha en una alfombra de adoquines y acto seguido Zoetemelk ataca. La confluencia de intereses hace que Hinault colabore con Kuiper para llegar a sólo dos minutos del abuelo neerlandés. Como dijo Anquetil “hoy Hinault ha ganado el Tour por minimizar pérdidas”.

No obstante si por algo se distinguió el bretón fue por una mala hostia sin igual por eso quiso cobrarse venganza ante el adoquín y al año, otra vez con Kuiper de aliado, entró a saco en las sabanas de pavés y salió ganando. Hinault empezó el día amenazando huelga a la organización a la que finalmente acabaría perteneciendo y lo acabó triunfando sobre los pedruscos. Paradójico. Hoy Hinault, y también Merckx, ha sido Nibali, excelso y muy bien acompañado, con gente como Westra que merece una generosa subida de sueldo por esta etapa y por su campaña.

En tono intermedio el resto de favoritos. Salvaron la papeleta casi todos, pues casi todos estuvieron en la horquilla Nibali-Contador, si bien fue destacable la rapidez en el cambio de planes que ejecutó el Team Sky con Richie Porte. Lejos de lamerse las heridas de la pérdida de Froome, se pusieron con ese generosísimo ciclista llamado Geraint Thomas a ejercer como dignos ganadores de las dos últimas ediciones del Tour.

Hay carrera, hay Tour. “Vive

le Tour”.

A vueltas con los adoquines

El arranque de la jornada desde Ypres estuvo marcado por la supresión de dos tramos de adoquín por parte de la organización. Adujeron malas condiciones, lluvia a mares e impracticabilidad del terreno. Bien, se puede entender. La organización del Tour de Francia velando por la seguridad del ciclista. Es incluso hasta loable sobre todo si los antecedentes acompañaran a tan sibilina decisión pues creo que en el fondo lo que había era un canguelo impropio de la mejor carrera del mundo de perder dos o más grandes nombres al cuarto día de la carrera. En esta decisión la hostia que se pegó Froome camino de Lille creo que acabó de cuadrar el círculo.

Si uno ve la tradición de Roubaix y recuerda sus mejores jornadas, siempre tendrá en mente esas estampas de ciclistas cuya silueta es una sábana de barro producto de jornadas marcadas por la lluvia y la adversidad. Con ello no quiero decir que no se omitan los peligros, pero igual que ASO potencia la leyenda del infierno del norte, respetando íntegramente una Roubaix, a pesar de lo complejo de las condiciones, no veo motivo para quitar tramos en el Tour.

Si tu apuesta pasa por meter una carrera de tres semanas en terrenos de clásicas –y ojo porque la jornada de Sheffield no tuvo lluvia- hay que mantenerla hasta el final a no ser que una hecatombe, que al parecer no fue tal, impida el normal desarrollo de la prueba. Luego está el debate de si se deben incluir o no estos tramos en el Tour, algo que a mi modesto parecer está plenamente justificado por el exotismo que le imprimen a la carrera y porque, parafraseando a Prudhomme, los adoquines están ahí y son parte del juego.

#fact El primer gran damnificado del pavé ela historia del Tour, Eugène Christophe fue en 1919 el primer ciclista en vestir el maillot jaune.

#àdemain El Tour se toma un respiro enfilando hacia los Vosgos, próxima estación digna de mención. Casi 200 kilómetros casi llanos para poder ver el posible cuarto triunfo de Marcel Kittel en Reims.

Foto tomada de @burritabike

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Francisco Bonilla

    31 de julio, 2014 En 19:48

    Lo que ha hecho Nibali en el lavé ha sido legendario y merecedor de ganar el Tour sólo con ese arrojo que ha demostrado en unas carreteras y un día dantesco. Ave, Vincenso.

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Ciclismo antiguo

Cuando los adoquines decepcionaron en el Tour

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DT – 2022 post

Angel Arroyo llegó a salir en cabeza de los adoquines del Tour

Tener adoquines en el Tour de Francia es atractivo, un reclamo brutal para la primera semana de carrera una forma de separar el grano de la paja en terrenos en los que los grandes favoritos no están acostumbrados a jugarse los cuartos.

El ciclismo actual está tan igualado y medido que a veces tenemos la impresión que las cosas sólo se rompen en superficies peligrosas e imposibles, tipo pavés, como la moda de la tierra o los circuitos «súper ratoneros».

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Pero los adoquines no siempre ha sido decisivos en el Tour…

Nos vamos al Tour de 1983, edición icónica que estos días vamos visitando a retazos, desordenados y a golpe de memoria y capricho.

Tras ver a Arroyo en Puy de Dôme y Perico jugarse el bigote en los Pirineos, retrocedemos unos días, al inicio de aquella carrera para visitar la etapa de los adoquines.

Situada en la primera semana, entre Valenciennes y Roubaix, la jornada de piedras del Tour 83 llegaba al día siguiente de una nada sutil contrarreloj por equipos de 100 kilómetros, como aquellas olímpicas de Barcelona 92 hacia atrás.

En el test colectivo se impuso el Mercier de Zoetemelk, con el Reynolds de Perico y arroyo dejándose casi seis minutos.

Aquella máquina triturar que eran las cronos por escuadras no tenía compasión de aquellos españolitos que iban a conocer el Tour.

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Que se lo digan a Julián Gorospe, sobre el papel el líder del equipo de Echávarri, que al día siguiente se dejaría 25 minutos tras desfondarse persiguiendo incordiado por un par de pinchazos.

«He venido aprender, a ver cómo iba esto» se sacudía el joven vizcaíno, atosigado por preguntas sobre su balance deportivo.

Lo de Gorospe fue mala suerte de manual, porque la jornada resultó extrañamente lenta e indefensa.

A una salida a full, le siguió una ralentización de todos los hombres importantes una vez empezaban a sucederse los tramos de pavés, tramos que llegaban a sumar unos 30 kilómetros de una etapa de 150.

En el pelotón, Ángel Arroyo se emocionaba al ver que todas aquellas plazas que pedía en las alfombras empedradas, las recuperaba en los tramos de conexión de asfalto.

El abulense estaba de dulce, tan de dulce, que antes de entrar en el velódromo de Roubaix se armó de valor y saltó a ver qué pasaba.

Un ataque que le hizo ser el primero del pelotón entrar en el célebre velódromo.

Había salvado las mil circunstancias del adoquín, había aguantado ante los armarios belgas y neerlandeses, había salido vivo de la jornada más conflictiva… hasta que se cae en el mismísimo velódromo.

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«He sido un idiota» decía Angel, siempre sencillo y directo, lamentándose por la «flipada» que protagonizó en puertas del templo del infierno del norte.

Marc Gómez tuvo que irse a casa por esa misma caída con fractura en la cabeza del fémur.

Ángel salía de Roubaix a cinco minutos de los mejores, pero sólo a medio de Laurent Fignon.

Antes que ellos llegaran Rudy Matthys había dado cuenta de Kim Andersen, el nuevo líder.

Y es que como reza el articulo del servicio especial para El Mundo Deportivo, aquel día de julio de 1983, la etapa de adoquines del Tour fue «venida a menos».

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Ciclismo antiguo

Tour 1983: Cuando Perico fue el loco de los Pirineos

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DT – 2022 post

En ese descenso Perico revolucionó la imaginería del Tour 1983

Aquella bajada del Peyresourde en el Tour de 1983 fue un icono, al punto que llegó a inspirar hasta cuadros perfilando a Perico dándolo todo cuesta abajo, al punto que le llamaron el «Loco de los Pirineos».

En castizo francés: «Le Fou des Pyrénées».

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No hace mucho vi una fotografía de Perico con Philippa York, su nombre actual, aunque hace casi cuarenta años, era el de Robert Millar.

Cuántas historias firmaron estos dos, cuántas veces se cruzaron aunque si hubo una sonada fue ésta, en el Tour de 1983, cuando Robert Millar le rebañó una etapa de antología a Perico.

Una jornada que fue de Pau a Luchon por el círculo de la muerte de los Pirineos aunando Aubisque, Tourmalet, Aspin y Peyresourde, para acabar, como tantas veces en Luchon.

Una de esas jornadas de antes, que quisiéramos revivir ahora.

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Sea como fuere aquello fue brutal, bestial, casi 200 kilómetros corridos a cuchillo merced al primer acelerón de los colombianos, ya en el Aubisque, dando las primeras pinceladas del infierno que se avecinaba.

Luego en el Tourmalet, Patrocinio Jiménez aguantaba en cabeza con un Robert Millar que olía la pieza.

El escocés no dio más de un relevo en condiciones, sabedor que lo importante estaba por llegar.

Montaba ese día un cuadro que fue el primero con piezas de carbono en ganar una etapa del Tour un cuadro que, no hace mucho, vimos en un hotel de Flandes que recomiendo a quien quiera sumergirse en el ciclismo de todos los tiempos, el Flandrien Hotel.

Millar se escapó solo en el Peyresourde y emprendió el descenso hacia Luchon.

Lo hizo con 35 segundos sobre Perico que venía de dejar atrás al que acabaría siendo ganador de aquella carrera, el rubio Fignon, entonces un buen ciclista, joven y prometedor que, de repente se vio con dos Tours y toda la vida por delante.

Una vez fijadas las posiciones en la cima del Peyresourde, vino esto…

 

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Con un riesgo que excedía toda norma, Perico se acoplaba, sin casco, a pelo hacia la parte delantera de su manillar, con la barbilla por delante, la mirada en la siguiente curva y todo el valor del mundo.

Le faltaron al bueno de Perico, 23 años en su bautismo internacional, seis segundos para dar caza a Robert Millar, haciendo de esa etapa del Tour de 1983 la primera página de un libro que recoge una de las grandes rivalidades de tiempos recientes.

Ser el loco de los Pirineos no le valió a Perico ese día, pero su estampa hizo fortuna, demostrando que no todo es ganar, también hay que marcar y emocionar, cosas que a Pedro se le dio muy bien siemore.

Ya sabéis, a los pocos días sería segundo en el Puy de Dôme.

El ciclismo español entraba en la modernidad.

Imagen: FB Movistar Team 

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Ciclismo antiguo

Angel María de Pablos: «Fignon me dio una entrevista en español sin problema»

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Al habla Angel María de Pablos con Pello Ruiz Cabestany sobre las sutilezas de la narración ciclista

En los días más duros del confinamiento por el Covid, hace más de dos años, las reposiciones de ciclismo fueron uno de los momentos más esperados de la jornada, un instante que aguardábamos cada tarde y que nos llevaba, entre otros sitios, a los años ochenta con la voz de Angel María de Pablos.

Para muchos fue un descubrimiento, una voz radiofónica en Televisión Española, perfectamente modulada y cargada de poesía que nos narró el primer ciclismo que recordamos.

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Angel María de Pablos y Pello Ruiz Cabestany, ciclista por aquellos años, nos ayudan a reconstruir la vida del narrador de las Vueltas de Pino, Perico, Belda Hinault y Marino.

Cabe recordar que Angel María de Pablos empezó como redactor de ciclismo del Norte de Castilla, en el Trofeo Virgen del Carmen, en su provincia de Valladolid.

Ha pasado mucho tiempo, tanto que sólo cabe recordar que aquel día compitió un tal José Pérez Francés, del que hablaban maravillas, pero que no era profesional aún.

Era entonces un chaval que casi no había cumplido la mayoría de edad y ahí empezó, contando el ciclismo en vivo y directo desde el coche.

Con Angel y Pello, transitamos, por las sutilezas de la narración ciclista, una habilidad de la que el periodista vallisoletano hizo un arte que despertó el interés del mismísimo Miguel Delibes.

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Tres de los ciclistas muertos en la Primera Guerra Mundial ganaron el Tour

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Recordamos alguno de los ciclistas que perecieron en la Primera Guerra Mundial

El día 28 de junio de 1914 se marca como la primera jornada de la Primera Guerra Mundial, una máquina de destrozar generaciones y sueños de la que los ciclistas no fueron ajenos.

Mucho menos divulgada que la segunda, aquella conflagración fue una barbarie tan grande y tan mal resuelta que dio origen al segundo capítulo, veinte años después en unos de los ciclos más horrendos y espeluznantes de la historia de la humanidad.

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa a manos de un estudiante nacionalista serbio abrió la veda.

Luego los imperios centrales entrarían en conflicto con las naciones aliadas dándose diversos escenarios al mismo tiempo donde perecieron millones de personas en batallas interminables e irresolutas.

Años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el Tour había nacido con salud, fervor y los primeros grandes ciclistas de la historia   

Los nuevos tiempos cabalgaban en bicicleta, ese elemento ya menos exótico que pasó de pulular por las ciudades a estructurar competiciones y apuestas integrales donde grandes diarios se lo jugaban todo a eventos deportivos.

Así nació el Tour y así crecieron sus primeros héroes, dándose la circunstancia de que tres de los ciclistas pioneros de la carrera acabarían sus días en el fragor de la Primera Guerra Mundial.

Hablamos de la terna formada por Lucien Petit-Breton, François Faber y Octave Lapize.

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Entre los tres escribieron el palmarés del Tour desde 1907 a 1910 y los tres encierran historias de excepción.

El nombre real de Lucien Petit-Breton fue el de Lucien Georges Mazard, si bien pasó a la historia, incluso al palmarés del Tour con el apodo de pequeño bretón.

Hablamos de un excelente pistard de la época, que vivió tiempo en Buenos Aires y que pudo batir el récord de la hora en el mítico velódromo parisino de Buffalo, el mismo lugar donde Henry Desgrange lo fijó por primera vez a finales del anterior siglo.

Petit-Breton superó los 41 kilómetros en sesenta minutos antes de ganar el Tour por doble ocasión, siendo el primero en lograrlo en la historia.

Durante la I GM, en 1917, sería herido en las contiendas de Vouziers, el lugar donde falleció un piloto llamado Rolland Garros.

Al poco tiempo, fruto de las heridas fallecería en el hospital de Troyes.

François Faber fue luxemburgués, el primero en ganar el Tour esta carrera antes del legendario Nicolas Frantz.

Faber ganó la edición de 1909. En su condición de no francés estuvo adscrito  a la Legión Extranjera de Francia tomando parte en la Batalla de Artois, en el norte del hexágono, no muy lejos de Roubaix.

Allí, en 1915, fue informado de que iba a ser padre, pereciendo en el momento de la celebración de la nueva en la trinchera.

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Una bala alemana le dio muerte.

Un fatal descuido que le impidió conocer a su niña.

Autor de la famosa frase de “sois unos asesinos” fruto de la primera travesía pirenaica del Tour entre lobos acechantes en las cunetas, Octave Lapize había ganado la edición de 1910.

Sargento del ejército francés, pereció en Pont-à-Mouson en 1917 durante un combate aéreo.

En su epitafio se puede leer: “Muerto por Francia”.

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