Ciclismo
El Mundial de gravel es la guinda del pastel
El Mundial y la UCI vinieron a buscar al gravel, no al revés
Menudo fin de semana de ciclismo que se nos viene, ya en octubre, dos semanas después del mundial, desde IL Lombardía a la preciosa París-Tours aterrizando al primer mundial de gravel.
Sí, el primero con el arcoíris de la UCI vistiendo al ganador, en Italia, cómo no, en las rutas mixtas del Véneto, entre Vincenza y Cittadelle, por casi 200 kilómetros y una buena lista de estrellas en el cartel.
Como si del pitorro de una olla a presión habláramos, ahí estarán buscando otra cosa Nikki Terpstra, Greg Van Avermaet, Zdenek Stybar y los dos ciclistas más influyentes, a mi entender, de la última década, Peter Sagan y Mathieu Van der Poel.
Añadidle a Carlos Verona.
¿El objetivo? algo diferente, sencillamente algo divertido, alejado de la presión de la gran campaña ciclista, en un ambiente prendado de incertidumbre y aventura.
En un ambiente de gravel.
Pero no nos engañemos, el gravel como modalidad que lleva creciendo desde hace unos años y ha reventado tras la pandemia no necesitaba un mundial ni el sello de la UCI para bautizar su momento de dulce.
Esta modalidad a caballo entre la carretera y la montaña seduce cada vez a más gente, que no quiere mierdas de tráfico ni malos rollos con otros ciclistas con piques y otras historias.
El gravel se ha abierto paso de forma natural entre un público variopinto, que puede venir de la grandísima competición, Juan Antonio Flecha es uno de sus apóstoles, o del más absoluto anonimato.
No hay tiempos ni medias, hay diversión, aventura e inmersión en el territorio, por donde otras no llegan, o tardan mucho en llegar, la gravel lo hace con su geometría de gran fondo y ruedas algo más gruesas, sobre el precioso manillar de carretera.
Por eso una competición de gravel me parece contranatura.
Y es que lo que van a hacer los lobos anunciados para el domingo no es gravel 100%, pues su ruta estará perfectamente señalada y balizada, para que no pierdan detalle ni ritmo del mundial que hay en juego.
Los que salimos en gravel queremos sentir las ramas raspando los costados, las hierbas resonar en los radios y, a veces, poner pie a tierra porque la ruta no admite una bicicleta rígida sin que ésta se parta por la mitad.
Al menos, nos gusta leer eso que el ciclista que llegue a meta deberá hacerlo con el mismo cuadro de la salida, que no se admiten cambios de bici y que las averías se reparan en ruta con la mochilica que lleven con los recambios.
Ahora permitidnos una vanidad, aquí publicamos esto hace ocho años, cuando la bicicleta parecía haber tocado techo, nuestro amigo Tony escribió esto…
Hoy, cuando parece que la cosa ya está tocando techo, ya tenemos frenos de disco hidráulicos, cambios electrónicos que se pueden programar para que cambien solos, parece que sólo nos falta que estos sean inalámbricos. Cuesta imaginar por dónde pueden ir los tiros.
¿Qué está por venir?
Como en toda evolución, lo que toca es la fusión. Parece que las diferentes disciplinas se empiezan a mezclar ante la fuerte influencia del ciclismo urbano: todo tiende a hacerse uno. Podríamos decir que lo nuevo se llama “gravel”, algo así como una versión renovada de la apolillada palabra de “cicloturismo” aunque con matices. Hoy, la bici más polivalente para un ciclista es la bici de gravel, sino la de ciclocross, de la misma manera que en la montaña ha aparecido el enduro.
¿Por qué tienen tanto éxito las bicicletas de gravel o ciclocross?
La respuesta es muy sencilla: lo tienes todo en una. Son máquinas cómodas y versátiles, puedes ir por asfalto y tierra por las ciudades. Las puedes sacar de viaje colgándolas unas alforjas e incluso acoplarlas mil cosas útiles para el día a día. Son bicicletas robustas y agradecidas a la hora de conducirlas. Con un simple cambio de neumáticos, la conviertes en una bicicleta para explorar caminos boscosos o pistas forestales. ¿Qué más se puede pedir?
¿Estamos ante la bicicleta perfecta? ¿Es el último eslabón? Abran sus apuestas.





