Mundo Bicicleta
Monumentos ciclistas: cinco motivos para amarlos
En Roubaix no es un momento el que emociona, es la labor de ese oficio a veces tan denigrado en las tablas de puntuación y rankings, es el oficio de gregario, impagable, incondicional. En Roubaix quien nos emocionó fue Daniel Oss, una cabellera abultada, rubia, creo que hasta rizada, fuera de la ruta, y un portento en ella.
La labor de Oss es casi tan valiosa como el soporte del trofeo que sostiene el adoquín que le dieron a Van Avermaet en el velódromo, una pieza de esas que sobreviven a los tiempos para quienes apreciamos el trabajo por terceros. Sagan sabe muy bien lo que hace reclamando a Oss.
En Lieja el momento es la recta de Ans y el dominio del ciclista que en estado de gracia lo hace todo fácil. Alejandro Valverde se equiparó a los grandes de la decana con otra de esas exhibiciones que combinan sapiencia, control, visión y sobre todo una superioridad que trasciende las generaciones. Cuatro Liejas no caen por casualidad en el mismo palmarés, cuatro Liejas no se decantan del mismo lado por azar, hay talento, y sobre todo “gallina de piel” cuando ves al murciano arrear a lo mejor de cada casa y ganar.
Y Lombardía, el monumento recuperado, presa últimamente de ediciones tediosas que corrige su desenlace con efectivos espectáculos en el que, si entra Vincenzo Nibali, para qué añadir más. Si hay un monumento que le sonríe, a él, que pisó podios en San Remo y Lieja, es éste que premia destreza, estrategia, pero también arrojo y personalidad.
Si un monumento lo ganan Gilbert, Kwiatko, Van Avermaet, Valverde o Nibali, tened por seguro que merece la pena el atracón de kilómetros y los minutos de la basura, porque estaréis viendo ciclismo de ese que bebe de más de cien años.
Imagen tomada del FB de Il Lombardia
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