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Opinión ciclista

La victoria vestida de una sonrisa

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Tuvalum

Cuando Peter Sagan vio y venció en Richmond hace más de un año dijimos: “Sí, ya está es suyo”. Campeón del mundo, casi nada. Al año siguiente repetiría hazaña en un recorrido que no le favorecía. Son triunfos emocionantes, de esos que te llenan, tras persistir y persistir, contra todo, contra rivales que te toman la matricula, contra plumillas que hilamos fino, contra el público que se frustra casi tanto como el protagonista. Grande Sagan.

Cuando Fabian Cancellara viste de grandeza y épica sus victorias, atacando a lo bruto, rompiendo hostilidades a una eternidad de meta, se pone al frente y llega a Roubaix con tiempo de celebrarlo solo, sobrado y con margen,… chapeau. Son triunfos contundentes, que no te dejan indiferente, que causan admiración por su ejecución y culimanción, aunque llegue un momento en que conviertan la carrera en un monólogo, con los riesgos que ello implica.

Cuando Chris Froome sentencia un Tour en la primera etapa de montaña, atacando con unas cifras que los entendidos no aciertan a interpretar. Cuando mete una cadencia inhumana, siendo, sobre el papel, humano, cuando en la meta alguien pone el crono y se asombra de las diferencias establecidas. Eso son triunfos fríos, calculados, casi cuadrados, pero triunfos, a la postre.

Son, como vemos tres maneras de ganar, pero mi pregunta es ¿venden todos igual? yo creo que no, ni mucho menos. A Froome se le admira, por el atleta que es, por su forma de ejecutar el plan, pero no genera la complicidad del Sagan que acumula segundos puestos hasta que un día rompe el melon de la victoria, o del Cancellara que revienta a lo bruto todo y llega solo a meta.

Y es que las victoiras, a efectos crematísticos, cuentan todas igual, eso es una verdad, pero no todas reportan el mismo crédito ni generan el mismo mensaje. A veces si la victoria se envuelve de calidad humana, parece que es más, o al menos más grande y en ese terreno hay un corredor y un equipo que lo visten como nadie.

En el diario As comentan que a Esteban Chaves ha recibido un premio de los periodistas internacionales como el ciclista más accesible del circuito. Es una estrella, gana con asiduidad, y nunca tiene un no para nadie y nunca escatima una sonrisa cuando el tiro de cámara le busca.

Sus victorias generan complicidad y también sus malos momentos, que también los hay, por que nadie es infalible y un mal día es la excusa perfecta para que pagues todas las facturas juntas. Y con Chaves, su equipo, el ejemplo de lo que es el trabajo del colectivo. Una forma de hacer que parece mentira no está tan extendida, incluso en grupos con más prestancia sobre el papel. Vender triunfos al sponsor es importante, más lo es ser “friendly” y ahí no se puede vacilar.

Imagen tomada del FB de Il Lombardia

Ciclo21
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