Ciclismo antiguo
La San Remo más dramática
Eugène Christophe consiguió una sonada victoria en la clásica italiana internacional, Milán-San Remo, en la temporada 1910. Venció destacado con nada menos una hora de ventaja sobre un tal Giovanni Cocchi, italiano. Se registró un valioso promedio de 23,330 kilómetros a la hora, una cota de gran mérito dado que la clásica transalpina se celebró bajo unas condiciones climatológicas terribles, con tormentas de lluvia, viento a remolinos e incluso nieve en la zona preponderante del monte Turchino.
Basta resaltar que salieron de Milán sesenta y tres concurrentes y llegaron a la meta de San Remo solamente cuatro a los que llamamos verdaderos supervivientes, supervivientes que lo fueron más que nunca. Entre ellos se encontraba Christophe, venido de Francia, toda una novedad. Este hecho escueto que aludimos aquí fue un acontecimiento más bien que desconocen los mismos aficionados al ciclismo.
Es algo que aconteció y que vale la pena resaltar. Una cruda y casi inverosímil realidad fraguada a la fin por cuatro verdaderos héroes, casi encuadrados en el anonimato, salvo el galo Eugène Christopher, que llevaba tras de sí una cierta fama y hasta popularidad. Los cuatro citados actores o protagonistas en aquel día lejano se resistieron a abandonar y lograron sobrevivir frente a los imponderables de una naturaleza desatada.
Fue una fecha convulsa, un día acuciante, caótico y con evidente riesgo. Es algo que los ciclistas de hoy, lo actuales, deberían aprender en torno a estos forjadores, sacrificados y voluntariosos corredores de otros tiempos. Los franceses, a raíz de la noticia que les dio Christopher, comenzaron a sentirse más identificados por aquel atleta del pedal llamado Christophe, oriundo de la localidad de Malakoff, que parecía más bien un nombre ruso, emplazada en la zona del Sena, en el norte de la nación francesa, en la región conocida por Ile-de-France.
En Italia y por aquellas datas, pudo aprovechar de carambola para adjudicarse igualmente también el Circuito de Brescia, un triunfo que revalorizó todavía más la actuación que había tenido días antes en San Remo. De su figura o mejor de su faceta personal llamaba poderosamente a la atención su faz diáfana, tranquila y hasta ausente a los hechos de su alrededor. Posteriormente, eso sí, se habituó a lucir un enorme bigote un tanto chocante a las gentes.
P.S.- El documento gráfico que se adjunta al presente artículo fue editada por el rotativo “L´Équipe” y facilitada por la agencia vinculada de servicios Press Sports.
Por Gerardo Fuster




Gerard
19 de marzo, 2016 at 16:15
Debemos retornar a esos años heroicos del ciclismo, como el de 1910 que relata Gerardo F, para no perder conciencia de las esencias del ciclismo. Me apabulla también la estadística que en esa carrera tan solo llegaran a meta 4 de 60 corredores que tomaron la partida: aleccionador, en una palabra.