Ciclismo
La admirable capacidad de Van der Poel de vaciar el tanque
Cómo Van der Poel hizo de la etapa de París un monumento
Han pasado un par de días y el pulso debe seguirle acelerado.
Lo que Mathieu Van der Poel ejecutó en el cierre de París entra directo en la historia gruesa del ciclismo moderno.
Confesó que tenía marcada esa etapa desde que vio a Van Aert batir a Pogacar un año antes.
Solo los elegidos logran que la realidad supere a la ficción que dibujan en su cabeza, haciendo que el resultado final eclipse incluso al deseo inicial.
El neerlandés pertenece a esa estirpe.
Siempre impresiona su capacidad para vaciar el depósito, para entregar hasta la última gota de energía e ir más allá de lo exigible.
Sabe perfectamente que limitarse a cumplir casi nunca basta para rozar la gloria.
El triunfo de Van der Poel es la victoria del ciclismo entendido como puro espectáculo.
Es el triunfo de una forma de correr que regala emociones que ningún otro deporte es capaz de emular.
Esta exhibición remite de inmediato a aquella Amstel Gold Race de hace siete años, cuando ganó en el último suspiro tras una remontada inverosímil.
Lo logrado en los Campos Elíseos entra sin discusión en su podio personal de gestas, tanto por el escenario monumental como por el desenlace agónico de tres semanas de competición.
En un ciclismo dominado con mano de hierro por Pogacar, el corredor de Alpecin es de los pocos capaces de aguantarle el envite y discutirle la hegemonía.
Conviene valorar lo que hace y guardarlo en la retina como un tesoro.
Su mejor versión en la ronda francesa ha aparecido en el momento más inesperado, firmando dos triunfos parciales y una presencia omnipresente durante toda la carrera.
Un verdadero lujo contemporáneo que arregló de golpe una tarde de domingo y nos recordó por qué nos apasiona este deporte.
Imagen: ASO/Jonathan Biche








