Ciclismo
José Pérez Francés tiene las llaves del Tour en Barcelona
La primera vez que el Tour vino a Barcelona fue la fiesta de Pérez Francés
La historia del ciclismo se construye a menudo con la base de la regularidad, pero se vuelve eterna gracias a los caracteres indomables que rompen el molde del pelotón.
José Pérez Francés pertenecía, sin lugar a dudas, a esta última estirpe.
Cántabro de origen pero afincado y adoptado con devoción en territorio catalán, Pérez Francés fue un corredor de rompe y rasga, un auténtico huracán cuyas pedaladas dejaron una huella imborrable en la vida de nuestro secundario de lujo Jaime Mir.
Su relación, forjada inicialmente en la dureza de las carreras amateurs donde el cántabro ya amenazaba con reventar la carrera al paso por La Garriga, devino con los años en una hermosa y estrecha amistad cultivada en la intimidad de cenas, charlas y almuerzos entre ambos.
Aquel chaval que asombraba en la etapa amateur se convirtió en un profesional de trayectoria singular, marcado por un temperamento tan duro de pelar como célebre, capaz de lo mejor y de lo más volcánico.
El cénit de su leyenda se escribió con letras de oro y rabia en el Tour de Francia de 1965.
En una jornada asfixiante, con el termómetro disparado y el asfalto derritiéndose por una ola de calor que actuó como gasolina para su orgullo, Pérez Francés firmó una gesta en solitario camino de Barcelona.
Mientras Julio Jiménez ya había triunfado en los Pirineos y Gimondi caminaba firme hacia el liderato, Pepe desató su tormenta partiendo desde la frontera en Ax-les-Thermes para cruzar las carreteras catalanas en una cabalgada mítica.
Desmentida la leyenda romántica de que corría espoleado por la prisa de reencontrarse con su mujer María en la meta, la realidad dictó una entrada triunfal entre las torres venecianas de Montjuïc y el Palacio de la Metalurgia que electrizó a la ciudad.
El éxtasis colectivo en el Paralelo, con el bar Las Banderas como epicentro de la emoción popular, rememoró las grandes Voltas de Cañardo y Poblet.
Aquel triunfo de un ciclista elegante, que ya había sido tercero en el Tour de 1963 tras Anquetil y Bahamontes, se cerró con un gesto fiel a su indomable naturaleza: bajó del podio, rechazó la invitación a la cena de gala en París y se marchó discretamente en avión hacia Barcelona con su señora, ajeno a los jolgorios oficiales.
Ese mismo carácter indómito que le encumbró fue, en no pocas ocasiones, el reverso de su moneda y su mayor enemigo.
Su fuerte temperamento le costó una expulsión del Tour tras propinarle una patada al corredor holandés Pijnen, un lance en el que el propio Mir tuvo que mediar ante Jacques Goddet para evitar el castigo.
Recordar el Giro de 1966 que Pérez Francés tuvo muy cerca de ganar o las broncas del cántabro a sus compañeros en la meta por no haber respondido según sus expectativas.
A pesar de los claroscuros de su fuerte reprís, su palmarés brilló con un podio en la Vuelta, el estreno de la Setmana Catalana y dos campeonatos de España en ruta antes de colgar la bicicleta.
Jaime Mir, que absorbió en primera persona el enorme carisma de Pérez Francés, mantuvo siempre una buena relación con el astro de Peñacastillo, demostrando que el ciclismo verdadero, más allá de los podios y las polémicas, es un veneno para siempre.






