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Ciclismo antiguo

Induráin en 5 esenciales

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5 claves para entender a Induráin: calma, estrategia, descensos, Luxemburgo y su “salida” de Banesto

Permitidme una serie de trazo grueso sobre ciclistas que tuve la suerte de ver a modo como lo harían los de Pantomima y permitidme empezar con el ciclista más grande que he visto nunca, Miguel Indurain Larraya, el azote de las estadísticas, los relojes y nuestros recuerdos.

Y es que, lo repito, desde él, nada igual he vuelto a ver, quizá el que más se aproximó fue un pelirrojo alemán del Este, llamado Jan Ullrich, cuyo motor nunca estuvo al nivel de su mentalidad.

He reunido cinco piezas para resumir a Miguel Induráin, y no, no son sus cinco Tours por orden.

CCMM Valenciana

La primera sería la calma.

Desde que se supo de él, Miguel Induráin fue una suerte de aparente mar en calma, aunque entiendo con marejada de fondo.

Sus revoluciones iban por dentro, los sentimientos también, su aspecto impenetrable, su media sonrisa en la agonía del esfuerzo, esas cosas se rompieron sólo en la fatídica tarde de Les Arcs.

Hasta esa fecha, todo lo que pasaba alrededor de Induráin rezumaba normalidad, como su la lógica, su lógica, se impusiera por simple designio natural.

Nunca se le vio un renuncio, su dominio se hacía extensible hasta en los podios, donde tenía la habilidad de no darle la espalda nunca a nadie.

Induráin ganaba Tours en la famosa primera semana

Costa Blanca- Diputació Alacant

La segunda es la estrategia.

A su condición física arrolladora se unía una capacidad estratégica tremenda.

Dominaba la pizarra como esos centrocampistas que controlan el juego como si lo viesen desde arriba.

Nunca tuvo el mejor equipo, pero le sacó un partido brutal en Tours en los que les tocó tomar la responsabilidad al 100%.

Seguimos por los descensos, tan en boga ahora y de los que el navarro sigue sentando cátedra en las marchas en las que toma parte.

Todos recordamos aquella famosa bajada del Tourmalet, hace 30 años, pero hubo muchos más, algunos en condiciones tremendas de frío y lluvia como en el Giro.

Fue incluso, en un descenso, donde estuvo a punto de perderlo todo en el Tour 94, cuando el Ventoux le puso al límite de la carretera.

La cuarta pasa por Luxemburgo.

Sé que hay obras maestras en su CV, pero la del principado, aquella crono de más de 60 kilómetros, fue la sublimación de la modalidad y del esfuerzo individual.

Voló no, lo siguiente, su brutal pedalada dejó por sentado a aquella generación que, mientras él estuviera en liza, no iban a ganar un Tour,

Y acabamos por su final, el final nunca explicado, al menos de su boca.

Cuando en 1996 las cosas no marchaban, cuando los mecenas se pusieron nerviosos y el tándem Echávarri & Unzué forzó la máquina, Miguel, sencillamente, dio un paso al lado.

Podemos tener mil conjeturas y alguna certeza de que aquella relación quedó tocada, pero de lo que no cabe duda es que su salida no fue la merecida por el mejor ciclista que nunca he visto, el atleta perfecto, el señor dentro y fuera de la carretera, que tanto tiempo después conserva su áurea intacta.

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