Ciclismo antiguo
Indurain habría sido un coco en las clásicas
La suerte de Indurain en las clásicas no ronda siempre por estas fechas
¿Quién no se se sabe de memoria el palmarés de Miguel Indurain? ¿Y quién no echa de menos algunas clásicas?
No creo que digamos nada raro cuando afirmamos que al mejor ciclista español se le extrañó en alguna clásica, sobre todo en la época natural de estas carreras, la primavera, un ciclo que, por otro lado, nunca le fue bien al navarro.
Aquellas alergias que le acompañaron tuvieron parte de culpa, luego la especialización en las grades vueltas, sobre todo el Tour de Francia, cerraron el círculo.
A Miguel Indurain las clásicas podrían habérsele dado bien, pero a lo dicho anteriormente se añadía otro tema: la meteorología cambiante de la primavera, la misma que provocó que la Vuelta a España en abril nunca le acabara de resultar.
Pero eso no quita que le demos vueltas a lo que pudo ser, un ejercicio tan manido en este bendito deporte, y hacerlo coincidiendo con la Lieja-Bastogne-Lieja, el monumento que tuvo más cerca de ganar.
Indurain hizo una carrera que para muchos valió por diez clásicas aquella tarde de julio, cuando voló hacia Lieja con Bruyneel soldado a su rueda.
Ese día entroncó con uno de cuatro años antes, en la misma ciudad de Lieja, también con chichonera, tan habitual aquellos años cuando se competía en Bélgica.
Fue el 21 de abril de 1991, cuando Miguel Indurain pudo gran salto en su relación con las clásicas
Pocos días antes de afrontar la Vuelta que acabaría segundo tras Melchor Mauri, Indurain cogía la escapada buena hacia el centro de Lieja, al año siguiente se llegaría por primera vez a Ans, junto a Criquielion, Argentin y Sorensen.
Claro que cada vez que había una escapada en Lieja y estaba Moreno Argentin, ya sabemos quién ganaba.
Ese día no pudo ser, pero abrió el libro inacabado de Indurain en las clásicas.
El navarro era perfecto para estas carreras.
Su corpulencia le hacía poderoso en cotas cortas y en los tramos en los que rodar era la clave, no en vano, buenos contrarrelojistas han sacado excelentes resultados de escenarios como Flandes o San Remo, en los que, por aquellos años, se estilaban persecuciones cuerpo a cuerpo.
Luego estaba su manejo de la bicicleta y los riesgos que sabía tomar en cada momento, a veces con una naturalidad aplastante.
Si el grupo que llegaba era pequeño, Indurain tenía dotes para manejarse al sprint, lo vimos en el mundial de Oslo, pero también la posibilidad de romper la vigilancia cerca de meta, pues todo lo dicho se une a una excelente visión de carrera.
Aquella cuarta plaza de Lieja, lo más cerca que estuvo Indurain de dominar una de las grandes clásicas, es el colofón, sin embargo reluce su victoria, un año antes, en San Sebastián, casi por aplastamiento de los rivales, una opción que, a la vista de su físico, podría ser plausible.
No en vano, y aunque la primavera no le fuera proclive, hubo algún año en el que el navarro dominó la Paris-Niza, la vuelta que abre el ciclo de clásicas.
Eso sí, cuando el Tour emergió como objetivo absoluto no existió la discusión, los objetivos eran otros y estaban al calor del mes de julio





