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Ciclismo antiguo

Euskaltel y los días más naranjas del ciclismo

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Euskaltel Haimar Zubeldia JoanSeguidor
Shimano 1024×140 – Ultegra
Shimano Dura Ace 2 – 1024×140
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Euskaltel es al ciclismo lo que el naranja a la paleta del pintor

En la ronda de charlas de este ciclismo confiando que estamos manteniendo, el Euskaltel y aquella famosa marea naranja que rebosaba por las cumbres de los Pirineos es el hilo de la de hoy.

Al otro lado del teléfono, Haimar Zubeldia, símbolo de aquella generación de corredores que puso ese maremoto naranja muy arriba, para hablar de esos años que dieron la medida de cuán alto puede llegar el corazón de un proyecto que espera seguir dando que hablar…

Haimar ¿qué era Euskaltel cuando tú subiste a pros?

«Era el referente para nosotros, no estaba al primer nivel que llegaría luego, pero nos motivaba ser pros en el equipo de casa. Hablo de los años 98 y 99, cuando todavía era un proyecto relativamente joven»

¿Cuándo subes tú al primer equipo?

«En 1998, fue especial, ahí dimos el salto dos guipuzcoanos, dos vizcaínos y dos alaveses, ahí íbamos Beloki, Gorka Gerrikagoitia y yo, entre otros. Para mí fue clave ganar el Campeonato de Euskadi amateur»

Recuerdos de esos años…

«Volví a estar con Julián Gorospe, que había sido mi director en Olarra. Empezamos a crecer como equipo y en ambiciones, enganchábamos a la gente»

El Euskaltel se hacía mayor poco a poco…

«Cada año subía alguien de aficionados, eso nos apegaba a la tierra, pero es que los resultados crecían, a mí me salió una buena Euskal Bizikleta, Beloki, podio en la Volta. Aquello no llegó de la noche a la mañana»

¿Recuerdas qué cambios notaste cuando te dijiste: «Ya soy pro»?

«Notas que empiezas como de cero, todo está más organizado, las ideas están más claras. Abres un libro en blanco con idea de llenarlo y aprender día a día, piensas en lo que puedes llegar a ser…»

 

Y debutas en una carrera que te marcó, debutas en el Tour

«Sí, fue en 2001, el de la victoria de Laiseka en Luz Ardiden. Recuerdo que fue muy duro, días en los que iba en la grupeta final, sufriendo los cambios del viento, un aprendizaje a marchas forzadas. Al año siguiente pasé quince días buenos, pero la tercera semana se me hizo pelota»

Hay un año en la historia marcado a fuego en Euskaltel, incluso en la historia de algo tan vasco como Orbea, es el 2003, aquel Tour fue la bomba

«Era mi tercer Tour, llegaba bien, con la idea de ganar la etapa, pero empezó bien desde el mismo prólogo de París, en el que estuve con el mejor tiempo mucho rato, al final acabé cuarto. Arrancar así fue bueno, incluso con la pérdida de la crono por equipos, porque luego llego Alpe d´ Huez y el triunfo de Ibán Mayo»

En el álbum de familia del Euskaltel, pero también en el Haimar, hay una foto que marca aquella época: dos naranjas con Ullrich y Armstrong en la cima del Tourmalet

«Fue tremendo. Recuerdo que antes de La Mongie, Armstrong muestra debilidad y Ullrich arranca. Iban Mayo, con ellos. Vinokourov iba conmigo atrás, pero veía que no caminaba así que decidí probar, ya en los túneles. Hice La Mongie solo y les cogí saliendo»

En ese momento se desató  la locura…

«Íbamos por un estrecho pasillo de gente,  gritos, pasión… y en medio de todo gente conocida, que me gritaba y animaba. Increíble»

 

¿Recuerdas alguno en especial?

«En la última recta reconocí a los organizadores de la Itzulia, a Jaime Ugarte y compañía. Ver toda esa gente, todos esos conocidos, en el Tour… impresiona mucho»

Dos Euskaltel con los dos más grandes personajes del momento, pasión, furia, atacando para el PODIO EN EL TOUR… pero, pasada la cima, Julián Gorospe, en el coche de equipo, os pide calma

«Cuando empiezas a bajar un puerto como el Tourmalet debes tener cuidado, los primeros metros son peligrosos, además a más me vino a la mente la caída que había tenido en Tour del Porvenir. Julián (Gorospe) nos pidió tranquilidad…»

Visto ahora ¿fue una oportunidad perdida?

«Fríamente, ahora, creo que es entendible, era la primera vez que estábamos ahí, a ese nivel, no es sencillo tomar una decisión, en cierto modo podemos decir que a nosotros, aquello ya nos valía»

Pero el podio estaba a tocar…

«Ya y nos acabaron adelantando Hamilton y Vinokourov»

Vaya nombres, Hamilton, Vinokourov, Ullrich, Armstrong…

«A posteriori salieron muchas cosas feas, da que pensar, claro, y te preguntas qué habría sido de ti sin ellos en competición, qué final habría tenido todo, pero es lo que hubo y no creo que quepa darle más vueltas»

¿Fuisteis conscientes de lo logrado?

«Costó, pero te das cuenta de lo que es el Tour y llegas a casa y vas de homenaje en homenaje, durante la carrera no eres consciente de lo que estás logrando?

¿Fueron aquellos días los mejores de la historia de Euskaltel?

«Posiblemente sí, desde luego encumbraron al equipo, pero no podemos olvidar que luego vinieron grandes nombres como Samu, Antón o Nieve»

Y ahí estaba la famosa marea naranja…

«Era increíble, en el Tour lo llenaban todo, un puerto como el Tourmalet no tenía hueco alguno, no sólo iba gente del ciclismo. Cuando cruzabas la meta y bajabas al bus te daba hasta miedo de la cantidad de gente que había, ahí te encontrabas de todo, amigos, familiares que te paraban, te cogían casi en volandas, aunque hay que decir que la gente siempre supo comportarse bien»

A los diez años Euskaltel decía adiós al ciclismo

«Lo viví muy triste. Sé que había una presión enorme por los dichosos puntos UCI  y que la gente no acabó de entenderlo»

Pero este rarísimo 2020 nos ha devuelto Euskaltel al pelotón…

«Es ilusionante. Desde la parte que me toca, desde Etxe Ondo, ves que las cosas vuelven a salir, poco a poco. Que Euskaltel volviera nos saco una sonrisa a todos»

¿Volverá a ser lo que fue?

«¿Por qué no? entonces ya llegamos»

Imagen: Diario de Triatlón

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Ciclismo antiguo

¿Cuántos Indurain vs Rominger hemos visto?

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Indurain Rominger JoanSeguidor
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Si echamos cuentas sobre duelos directos entre Indurain y Rominger no recordamos tantos

En estos tiempos en los que estamos viendo un Van der Poel vs Van Aert cada poco, incluso en meses de invierno, echamos cuentas sobre otros grandes duelos y no hemos tenido la misma suerte con otros pulsos míticos tipo Cancellara vs Boonen o Indurain vs Rominger…

Recuerdo los días duros de confinamiento el año pasado, cuando Teledeporte nos rescató dos piezas que explican el punto de inflexión de Tony Rominger y su acceso a la primera línea de rivales históricos de Miguel Indurain.

Si en el Galibier puso su pica en el Tour, cabe decir que en la jornada de los Lagos de Covadonga el suizo alcanzó la convicción que la Vuelta del 92 estaba a su alcance.

Tras el estreno de Luz Ardiden en la Vuelta, durante aquella jornada de primavera hostil, en la cima astur Rominger tuvo la certeza que el pequeño murciano, Jesús Montoya, era asequible.

Entre ambas etapas pasaron 14 meses, más o menos, y entre, las dos Rominger se erigió como el rival directo de Indurain, incluso más peligroso de lo que Chiapucci y Bugno habrían soñado jamás serlo.

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Sin embargo, visto hoy, lamentamos que estos dos gigantes no nos dieran la cantidad de duelos que muchos habríamos querido.

No, al menos, en la cantidad que imaginábamos, pues si quitamos ese Tour del 93, las coincidencias de los dos astros y en plenitud de condiciones no fueron tantas.

Y lo lamentamos, viéndoles destrozar el Tour mano a mano en el Galibier, sin olvidad que los dos sumaron once grandes vueltas en cinco años, una barbaridad de dominio al que sólo se escaparon talentos como Chioccioli, Mauri, Berzin y Jalabert.

Si hiciéramos una pinza entre el primer y último Tour de Indurain, la lista sólo tendría un nombre extraño: Eugeny Berzin, ganador del Giro 94 

En medio, dominio total de ambos.

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Pero ¿cuántos Indurain vs Rominger vimos?

Pues el Tour de 1993 y poco más.

Esa carrera pudo haber estado más igualada de no haber mediado el desastroso inicio del suizo, que llegó muy perjudicado a la gran montaña.

Hizo falta aquel prodigio hacia el Galibier entre ambos, para que Rominger entrara en aquella carrera que se le había cruzado.

Una subida en la que los dos talentos fueron en paralelo, sacando un mundo al resto, aguantaron Hampsten, Mejía, qué clase tenía, y ese polaco de la goma, Jaskula.

Fuera de esos días, poco más dio esta rivalidad.

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Rominger no volvió a ser rival de Indurain en el Tour.

En los años sucesivos llegaría al Tour con Vuelta, la tercera y la mejor de largo, y Giro en el zurrón, pero quizá pasado de forma.

Otra cosa fue ese particular pulso por la hora que mantuvieron en otoño de 1994, en el que el suizo voló por muy delante.

Y es que la historia, caprichosa ella, muchas veces nos pone y nos quita los grandes del mapa, con azar e improvisación, dejándonos con las ganas de lo que pudo ser y no fue.

Foto: Parlamento Ciclista

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Vandenbroucke creció, vivió y ganó rápido

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Nada fue convencional en la vida ciclista y no ciclista de Frank Vandenbroucke

El día del Pilar se cumplieron doce años sin Fran Vandenbroucke, un competidor que no sólo ganó en la carretera pues arrasó en muchos corazones.

¿Es tan edificante la vida de Frank Vandenbroucke como para poner nombre en un memorial? eso se preguntaba Luis Jiménez el otro día en la también llamada Binche-Chimay-Binche que ganara Danny Van Poppel.

La pregunta tiene miga, nosotros no sabríamos qué responder…

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Hubo un ciclista valón, insolente, talentoso, desde bien pronto, pretendido por grandes equipos.

Primero le recuerdo en el Lotto, el mismo año pasó al gigante del momento, el Mapei GB, el de Ballerini, Taffi, Museeuw, Peeters,… un equipazo en toda regla, de esos que marcan sello y dejan huella.

Ese equipo en el que Oscar Freire aterrizó años después con su modesto Corsa en medio de las máquinas de alto rendimiento y diseño de Bartoli y cia.

De Frank Vandenbroucke se supo rápido.

No era uno más. Su perfilada perilla, el pelo perfectamente alineado, rubio de pote.

Le llamaban “l´ enfant terrible”, lo era dentro y fuera.

De él escribe David Millar en su «obra-denuncia» que creía saberlo todo sobre medicina aplicada al rendimiento, como Philippe Gaumont, otro corredor de largo ego que no acabó bien.

Vandenbroucke vivió a 200 kilómetros por hora y los radares no saltaron, no al menos como para evitar su prematuro final.

Falleció joven en Senegal. Sin embargo ciertas primavera nos obsequió con imágenes, recuerdos, retazos de un ciclista que era inimitable.

Con 25 años recaló en Cofidis, un equipo que en 1999 era ampliamente sospechoso de todo.

Llegaba con un CV enorme.: Había ganado a sus mayores en la Het Volk, en Niza, en los Tres días de La Panne.

Ese año son dos las escenas de VDB, pues así se le “abreviaba”.

En La Redoute, carrera lanzada hacia Lieja, toda vez se dejó Bastogne a las espaldas. Las Árdenas hierven. Subida recta, arbolada, exigente, el viaducto al fondo. Estampa familiar. Salta un coco, Michele Bartoli, dorsal uno cosido a la espalda. Es el ganador saliente de dos ediciones memorables, las dos anteriores. A Bartoli se le consideraba favorito cinco estrellas.

Manos en la parte baja del manillar. morro asomando por delante del mismo. Vista baja, horizonte plano. Arranca una vez y nadie le sigue. ¿Nadie?.

Un obús surge, es VDB, le toma la rueda, se le pone en paralelo y empieza un pulso de vida o muerte, aunque quede una eternidad para meta.

Mano a mano, ninguno cede, ¿quién la tiene más larga? VDB sale vivo y entero, Bartoli, tocado, roto. Poco después el belga saldría volando solo. Poco antes había sido podio en Flandes.

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Ciclista de momentos, meses después deja a su mujer embarazada y suenan vínculos con el doctor Mabuse.

Vida desordenada, dentro y fuera de la carretera.

En una Vuelta marcada por el plomo de Jan Ullrich, protagoniza un destrozo en Navalmoral que pasa a los anales como unas de la exhibiciones del ciclismo moderno. Ciclismo de monstruos, de actuaciones imposibles. Mikel Zarrabeitia aún trata de adivinar por dónde le adelantó que ciclista rubio e imposible en el empedrado de la muralla de Ávila.

Podio también en Flandes -ganado por leyendas como Van Petegem y Museeuw- VDB volvería, a fogonazos, como Claude Criquielion, el otro valón de cabecera hasta que llegó Philippe Gilbert.

En números, su palmarés no es de los mejores, en arraigo y sentimientos pocos calaron como él. Su nombre emana del recuerdo que viene de los mejores días que nos dio la Primavera.

Imagen tomada de www.wielerteamgirodelmondo.be

 

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Cuando Virenque hizo de la París-Tours un monumento

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Hace veinte años Virenque firmó su triunfo más singular en la París-Tours

«Le Nouveau Virenque» titulaba L´ Equipe su preciada portada el día siguiente de ganar la París-Tours, la carrera más antagónica que podíamos encontrar para el escalador francés.

Qué ciclista Richard Virenque, protagonista estelar de una época de auténticos personajes a los que hoy recurrimos muchas veces, ciclistas tipo Chava, Pantani, Ullrich o Vandenbroucke.

En medio de esa constelación de personajes, el francés brilló con luz intensa, cosa nada sencilla.

Sin embargo fue por cosas como esa París-Tours que Virenque ha pasado a la eternidad.

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En octubre de 2001, el mundo estaba aún frotándose los ojos ante las imágenes del 11S…

Pero la vida seguía, el ciclismo también.

En la París-Tours, entonces aún en la Copa del Mundo concurre lo mejor para luchar por el entonces maillot blanco que distinguía al mejor clasicómano de la temporada.

Ahí estaban Erik Dekker, Eric Zabel, Romans Vainsteins incluso el inminente campeón del mundo en Lisboa, Oscar Freire.

Por delante más de 254 kilómetros para la 95 edición de una de las carreras más antiguas del calendario, una travesía hacia el sur que rendía visita a uno de los sitios más icónicos del buen gourmet ciclista: l´ Avenue Grammont de la ciudad de Tours, cita obligada en cualquier recorrido por el Loira.

A los doce kilómetros de marcha, Jacky Durand y Richard Virenque se escapan

«Movimiento de relleno» se pensó, ahí estaban, sin embargo, dos ciclistas muy importantes, ganadores de monumentos y etapas en grandes vueltas, incluso Virenque había sido dos veces podio en el Tour.

Ese Virenque tomaba la salida en la París-Tours tras haber cumplido medio año de sanción un par de meses antes, ese Virenque no ganaba desde la etapa de Morzine en el Tour 2000, aquella que tuvo en su mano Roberto Heras hasta hacer un recto en un viraje del Joux Plane.

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Pasan los kilómetros y la diferencia se va por encima de los 18 minutos en el kilómetro cincuenta.

Sigue la carrera y las diferencias se estacan, el viento no frena la marcha de Virenque que quema distancia a su favor, mientras por detrás se suceden algunos intentos infructuosos, como el de Andrea Tafi, por hacer de puente.

La carrera entra en zona roja, Durand revienta en una pequeña cota a ocho de meta y todo queda en manos de Virenque quien nada y nada para llegar con dos segundos sobre Freire y Zabel, ni Javier García Sánchez habría firmado desenlace más taquicárdico para su «Alpe d´Huez»…

Dentro del mundo coral de Virenque, ese día es sin duda una cita escrita en grueso, color rojo y con lucecillas, una gesta que sólo podía conseguir él.

Locuras que hoy nos siguen quintando el sueño.

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Esta sería mi Copa del Mundo de ciclismo

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Una Copa del Mundo de quince pruebas con final sorpresa para el ciclismo más clásico

Pues sí, yo extraño la Copa del Mundo, especialmente estos días de Lombardía y Tours, ese ranking de clásicas que empezaba en la Milán-San Remo y acababa en Lombardía, cuando no en el Gran Premio de las Naciones o una contrarreloj por equipos, recuerdo que una en Eindhoven con el nombre de Gran Premio Liberación.

Aquel ranking de siete meses largos distinguía al primero con un maillot que llevaron referentes del tipo de Paolo Bettini, Michele Bartoli, Johan Museeuw, Olaf Ludwig, Sean Kelly, Maurizio Fondriest o Gianni Bugno.

Casi nada, pronunciar su nombre es la «flor y nata» de las clásicas durante los ochenta, noventa y bien entrado el nuevo milenio.

Copa del Mundo ciclismo JoanSeguidor

De esos años guardamos un cariñoso recuerdo y aquella prenda no pervivió más allá de 2004 con el grillo portándolo hasta el final.

Si ahora nos dijeran de configurar una Copa del Mundo nuestra apuesta iría a por quince carreras, repartidas un poco como las etapas de las grandes: cinco para adoquines, esencia clásica donde las haya, seis «wallonées», es decir para vueltómanos, tres de velocidad o veloces y una sorpresa contra el reloj.

Una Copa del Mundo que se jugaría en el periodo fértil de clásicas, es decir la primavera, salvo las excepciones de verano con San Sebastián y otoño como Quebec, Tours y Lombardía, junto a la recuperación de una crono.

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Hete aquí nuestra humilde apuesta y el porqué…

Arrancaríamos con la Het Nieuwsblad, la apertura belga, final de siempre de De Ronde y por ende inicio de la campaña de clásicas a nivel mundial.

Strade Bianche: símbolo del nuevo ciclismo, carrera que ha crecido una barbaridad en tiempo récord, siendo un referente que excede a veces el mismo ciclismo.

Con la Milán-San Remo: huelgan las palabras, 300 kilómetros donde se cincelan las grandes leyendas y ciclistas veloces.

Gante-Wevelgem: lo vemos cada año, la clásica flamenca más original y alejada del prototipo, donde el adoquín influye tanto como otras vicisitudes.

El Tour de Flandes es la fiesta nacional de Flandes, el día que se para al mundo en este rincón del mundo.

La Epic Gran Canaria, en versión otoñal

París-Roubaix es la clásica con mayúsculas.

Entraríamos en la Amstel Gold Race abriendo el mal llamado tríptico de las Ardenas, que seguirían Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja, mucho mejor en su versión de meta en el corazón de la ciudad.

Mayo sería el momento de la clásica alemana, Frankfurt, en un ciclismo alemán que poco a poco recupera brillos del pasado tras caer en el ostracismo más oscuro.

La vuelta de la competición tras Giro y Tour sería como en los buenos tiempos, en San Sebastián, la clásica de este lado de los Pirineos, que aunque haya desdibujado su esencia con el Murgil Tontorra, es una buena opción para los clasicómanos completos.

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El cierre sería otoñal, Quebec o Montreal, una de las dos, ambas espectaculares, junto a Lombardía y Tours, que son carreras centenarias y muy diferentes entre ellas, la primera preñada de dureza en un escenario de magia como el Lago di Como -no Bérgamo- y la otra con su renovado brío en los caminos de viñas, que rompen totalmente con el guión de una de las carreras más antiguas del mundo que ofrece un espectáculo y unas persecuciones interesantes.

Y para el cierre la recuperación del Gran Premio de las Naciones, haciendo dupla con el mundial como reducto recuperado para los croners.

No en vano sería devolver a la vida una carrera que nació en 1932 y aguantó a duras penas hasta 2004, contándose entre sus ganadores buena parte de los mejores especialistas, destacando Jacques Anquetil.

Eso lo dice todo.

Esta sería nuestra Copa del Mundo, dejando en la cuneta muy buenas carreras, sobre todo adoquinadas, pero pensada para volver a esos años de Kelly, Bugno, Bartoli y Bettini, en los que una prenda más movía la pasión del buen aficionado.

Imagen: @gzlz11

 

 

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Miguel Ángel López vuelve a ser celeste, pero no nos olvidemos que su salida de Astana fue tan atropellada como la de Movistar...
¿El pez que se muerde la cola?

https://joanseguidor.com/miguel-angel-lopez-astana/

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¿El pez que se muerde la cola?

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Abanico, bonita palabra a nivel genérico, pero en ciclismo es sinónimo de tortura para el ciclista y gustazo visual para el aficionado

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