Ciclistas
Este Tour trae un Alpe d´Huez al cuadrado
No hay anfiteatro deportivo en el mundo como Alpe d´Huez
Alpe d’Huez no es una montaña cualquiera, es el teatro más grande del mundo cuando el ciclismo decide desplegar su producción más imponente.
Sus veintiuna curvas enlazadas sobre la ladera de la montaña no representan únicamente un puerto de categoría especial; constituyen un escenario vivo donde la pasión se desborda y el esfuerzo del ciclista adquiere una dimensión pública insuperable.
Esta vez la mítica cima pirenaica y alpina multiplica su presencia y ofrece una doble ración consecutiva entre viernes y sábado, planteando dos caras radicalmente distintas de un mismo gigante.
El primer envite responde al trazado clásico, el que todos guardamos en la retina.
Es el Alpe d’Huez de las multitudes, los carteles pintados en el asfalto y la rampa constante que castiga sin piedad desde la misma salida de Bourg d’Oisans.
Subir por sus veintiuna paellas implica someterse a la tradición, gestionar el peso de la historia y aguantar la presión de miles de aficionados que abarrotan cada metro de ascensión.
Es el espectáculo puro, la vertiente civilizada y mediática del coloso alpino.
Sin embargo, el segundo día el guión cambia de forma drástica al conectar la subida con el Col de la Sarenne.
Conviene diferenciar con claridad ambas ascensiones, pues la Sarenne introduce al pelotón en un terreno mucho más salvaje e indómito.
Ya vivimos este experimento en la edición de 2013, cuando la carrera descendió por esta carretera estrecha, botosa y peligrosa para volver a afrontar la subida tradicional.
La Sarenne rompe la postal idílica del puerto turístico; aporta un perfil áspero, desorganizado y desprotegido donde el asfalto irregular y el paisaje abrupto imponen exigencia física y mental.
El paso del tiempo y la evolución de las carreras han transformado el significado de esta cima.
Años atrás vimos exhibiciones memorables y gregarios descomunales capaces de contener la carrera para su líder, como ocurrió con Jeff Bernard y su jefe Indurain.
Alpe d’Huez siempre ha dictado sentencia, premiando la valentía y castigando la debilidad sin espacio para el disimulo. Esta doble cita confirma que, ya sea a través de su vertiente más legendaria o por los atajos salvajes de la Sarenne, la montaña alpina mantiene intacto su estatus de mito indiscutible del ciclismo mundial.
Imagen: ASO/Gautier Demouveaux








