Ciclismo
El Tourmalet en el Tour, la leyenda que nunca falla
El Tourmalet en la primera semana de Tour es tan excitante como inusual
El Tourmalet es, sin discusión alguna, el puerto más famoso del mundo, una mole mítica que atesora más de 115 años de historia indisolublemente ligada a la mejor carrera ciclista del planeta.
Sin embargo, el Tour de Francia de esta edición depara un escenario singular: la ascensión espera a los corredores ya en la primera semana de competición, como en 2023, cuando Vingegaard estuvo en un tris de sentenciarle la general a Pogacar.
Esta temprana aparición no es una casualidad aislada, sino una constante histórica que se repite de forma matemática en el diseño del recorrido.
Cada vez que la ronda gala decide iniciar su andadura desde España o desde el sur del territorio francés, el Tourmalet asoma de manera prematura en el libro de ruta.
Al encontrarse geográficamente tan cerca del punto de partida, los organizadores se ven obligados a programarlo en las jornadas iniciales, lo que altera por completo la mística habitual de la gran montaña pirenaica.
Esta situación provoca que el coloso se despache rápido, casi con prisas, en los primeros compases del trazado de la carrera.
Lejos de ser el juez definitivo de las etapas decisivas del bloque final, el pelotón afronta la subida pasando de puntillas por sus rampas.
Al programarse en la primera semana, el grupo de ciclistas llega íntegro, sin el desgaste acumulado de semanas de dura competición, y con las fuerzas intactas.
Los corredores se encuentran en un estado de forma óptimo para volar materialmente sobre la cima, manteniendo un ritmo altísimo que difiere enormemente de las agónicas ascensiones de épocas pasadas.
El Tourmalet se convierte así en un testigo mudo de la velocidad del ciclismo moderno, donde los favoritos se vigilan de cerca y neutralizan cualquier intento de romper la carrera de lejos.
La grandeza de la cima, que ha visto escribir las páginas más doradas y dramáticas del ciclismo desde su inclusión en 1910, contrasta con este paso fugaz y veloz de un pelotón hiperprofesionalizado que devora los kilómetros a ritmos de vértigo.
Al estar la carrera todavía en una fase tan temprana, el miedo a perder opciones y el exceso de control por parte de los equipos fuertes diluyen el impacto que un coloso de este calibre suele tener en la clasificación general.
De este modo, la montaña que corona la leyenda del Tour de Francia se asume en esta ocasión como un obstáculo temprano, superado a toda velocidad por un pelotón con energía de sobra, que deja atrás su imponente silueta en los Pirineos mientras la carrera apenas empieza a definir a sus verdaderos aspirantes al podio de París.






