Ciclistas
El lujo se llama Ion Izagirre
La forma de ganar de Ion Izagirre tiene valor doble
El Gran Premio Miguel Indurain ya tiene otro nombre ahí arriba, Ion Izagirre, al nivel de Alejandro Valverde, Ángel Vicioso, Juan Fernández y Hortensio Vidaurreta.
Son los máximos ganadores de una carrera que un tiempo tuvo el hombre de Gran Premio de Estella, y ahora toma el del gran campeón.
Cuesta asimilar, por eso, que el tiempo pase tan veloz, casi tan rápido como Ion Izagirre trazando un descenso, pero la realidad es que el ciclismo español se prepara para un vacío difícil de llenar.
Cuando en unos meses el menor de la saga cuelgue la bicicleta, lo hará dejando una sensación de orfandad en una afición que se acostumbró a su fiabilidad germánica y a su clase guipuzcoana.
Ion ha sido ese puente necesario, el corredor que mamó el oficio en la época dorada de los Valverde, Contador y Purito, y que supo sobrevivir al cambio de guardia sin perder un ápice de competitividad.
Su hermano Gorka ya abrió el camino del retiro hace un par de años, y ahora es él quien afronta su última campaña profesional demostrando que el dorsal todavía le pesa menos que las piernas a sus rivales.
Ganar el Gran Premio Miguel Indurain por tercera vez no es solo una muesca más en su revólver; es una declaración de intenciones sobre lo que significa ser un ciclista total.
Sumar 19victorias profesionales puede parecer una cifra discreta si se compara con los caníbales de la era moderna, pero el valor de su palmarés reside en la calidad y la longevidad.
Ion ha ganado antes y después de una pandemia que cambió el ritmo del mundo, recolectando etapas en las tres grandes vueltas y conquistando una Itzulia que para un corredor de casa vale un imperio.
Ha sido nuestro lujo silencioso en medio de un desierto que amenazaba con desertizar las vitrinas del ciclismo nacional.
En Estella volvimos a ver al Ion genuino, ese que no necesita fuegos artificiales para imponer su ley. Su triunfo ante Quinn Simmons y un jovencísimo Markel Beloki, diecisiete años menor que él, es la fotografía perfecta de su trayectoria: veteranía contra la explosividad del nuevo ciclismo.
Verle soltar a Simmons en el tramo decisivo es recordar por qué siempre ha estado ahí, peleando contra el crono o contra la montaña.
Nos queda poco para disfrutar de su estilo pulcro y de esa capacidad de estar siempre en el lugar adecuado.
El ciclismo español echará de menos esa regularidad que a veces no valoramos lo suficiente, pero mientras tanto, nos queda el consuelo de verle levantar los brazos en honor al astro navarro, recordándonos que el talento no tiene fecha de caducidad inmediata porque habrá un día que Ion ya no vuelva a hacernos sonreír.
Imagen: Mathilde L’Azou / Team Cofidis






