Opinión ciclista
Dopaje mecánico: la amenaza que no vemos venir
Acabamos de vivir la historia más increíble sobre dopaje mecánico
A muchos de vosotros quizá no os suene el nombre de Cyril Fontayne, pero el amigo ha protagonizado la última de eso que llaman dopaje mecánico, algo que muchos no tenemos muy presente pero que poco a poco se conforma como una amenaza real y tangible al ciclismo.
A saber…
Hace un tiempo hablando con una persona muy entendida del tema me comentó que un escándalo de grandes dimensiones en dopaje mecánico podría ser si no letal, porque este deporte ha demostrado sobrevivir a muchas cosas, sí muy dañino para el ciclismo.
Se escudaba en los artículos e incluso libro que iban a salir sobre el tema.
Es en definitiva como una gota malaya para el ciclismo.
Porque yo me pregunto ¿Qué sería más dañino?
Que Froome pitara por positivo “tradicional”, que ya lo ha hecho a falta de resolver lo suyo, o que le localizaran ese motor que muchos le sitúan en su bicicleta.
Ya sabéis, su arrancada del Ventoux frente a Nairo, hace cinco años es síntoma de dopaje mecánico.
Igual que los demoledores ataques de Fabian Cancellara camino de Roubaix.
El peligro no calibrado del dopaje mecánico
Como digo no somos conscientes de que poco a poco este problema nos envuelve y entra por el lugar menos esperado y recóndito.
Y ahí tenemos a este francés, garante de una de las historias más tristes, pero rocambolescas en este terreno.
Un ciclista master de 43 años, que entiendo tiene su vida, es decir trabajo, familia y esas cosas, pillado con un motorcillo durante un el arreglo pinchazo en su botellín.
Dice que no quería ganar, que no quería llevarse el premio, que simplemente quería “volar”, sentir el aire en su cara dura y poner en tensión a la concurrencia.
Sin más.
Y con estos mimbres vemos que el ciclismo está enfermo por culpa de auténticos desalmados que no respetan ni el deporte que dicen amar, ni sus compañeros, ni a ellos mismos,
¿Qué lecciones le puede dar este pájaro a sus hijos, si los tuviese?
Son lo que un día llamamos “los herederos de la trampa”, personas que tenían que estar sacándole punta a su segunda juventud, con todos los dolores y agujetas que te dejan los sobresfuerzos a ciertas edades, y sin embargo esconden un motorcillo en la bicicleta.
En la cresta de las modas que las marcas nos imponen, que si calapiés, que si discos, que si e-bikes, éstas últimas están bajo la lupa.
Han llegado para quedarse, qué duda cabe, pero convendrá llevarlas bien marcadas e identificadas para saber al menos con quién ruedas y con quién te juegas los cuartos.
El ciclismo ya era complicado y llegó el dopaje mecánico, como decíamos, la gota malaya que no cesa pero erosiona. Y al final los tontos de medio pelo contribuyen a hacer más gorda la bola.
Imagen tomada de The Connexion
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