Ciclismo antiguo
Un recuerdo sobre Laurent Fignon
Pocos ciclistas nos habrán hecho sentir tan vivos como Fignon
Cuando Lemond ganó el Tour a Fignon, una ligera sonrisa con la frialdad de quien ve lejano el sufrimiento ajeno, emergió de mi rostro aquella tarde de julio de 1989.
El Tour moría en París, como nunca ha vuelto a hacerlo desde entonces, con una crono, que salió de Versalles para arribar al corazón parisino y robarle a un lugareño la gloria más grande a la que opta un ciclista.
Laurent Fignon se descomponía, sin casco y desprovisto de la aerodinámica del manillar de triatlón, ante Greg Lemond en el último suspiro de aquella inolvidable edición.
Todos queríamos que ganara Lemond
Especulador, aferrado, omnipresente, el americano sacó el partido emocional de la parroquia surgido del escupitajo de Fignon a un cámara, el día antes de la hecatombe.
Hay versiones para todos, una es que el cámara estaba en el sitio que no debía, a la salida del tren de alta velocidad, y el ciclista se sintió intimidado.
Otros echaron pestes de Laurent, tachándole del altanero que siempre fue.
Otra más en los anales del parisino.
1989 fue uno de los Tours más bellos que recuerdo yo, y no son pocos los que piensan lo mismo
Una carrera marcada por la cagada del dorsal número uno en la salida, el despiste de Perico, y por el cenit de la rivalidad Lemond vs Fignon que se resumió en no sé cuántos cambios de liderato, que no fueron pocos, como testimonio de la enorme igualdad que marcó aquella edición.
Un pulso que se resolvió por ocho segundos, eso, tras tres semanas, cerca de cien horas de competición y todo lo que ello conlleva, es una anécdota dirán muchos, pero eso sentenció la carrera del siglo.
Han pasado unos años de la muerte de Laurent Fignon, un corredor de trayectoria asimétrica cuyos mejores posos llegaron temprano –luego reconoció la inocencia rota de esa época en un bestseller– para luego diluirse en un quiero y no puedo que tuvo su paréntesis en 1989, cuando dobló San Remo y Giro y cerca anduvo de embolsarse su tercer Tour.
Aquel tipo rubio, con gafas rebosantes de intelectualidad, de frágil cola de caballo, rubia, tan singular que sólo él podía ser su portador, sería muy necesario en nuestros días.
Nunca causó indiferencia, a este lado de los Pirineos se podía saber por donde iba por los abucheos del público, pero al mismo tiempo, fue capaz de regalarnos minutos de ciclismo blanco, a cara de perro, corrido a base de tormento y hostigamiento sobre el rival, hasta en los avituallamientos, como tanto le gusta recordar a Perico.
Fignon en el ocaso físico y mental nos regaló cabalgadas como aquella de Mulhouse en el Tour de 1992, justo después de ser doblado por Miguel Indurain en Luxemburgo, cuando el navarro partió seis minutos más tarde.
Genio y figura, Laurent, te echamos de menos.
Que tu espíritu competidor nunca muera porque con gente como tú, el ciclismo nos recuerda que estamos vivos.
Imagen: Eurosport






Alfredo
27 de febrero, 2023 at 14:18
Querrías tú que ganase LeMond.
Yo, no.
Iban Vega
6 de marzo, 2023 at 12:46
pues yo sí