Ciclismo antiguo
Charly Mottet estaba en todas las batallas
En todas las fotos de mi ciclismo de adolescencia salía Charly Mottet
Tiempos lejanos, pero tiempos guapos, en la historia del ciclismo que cabalgó entre los ochenta y noventa hubo un ciclista que hoy hubiera sido muy valorado por estar siempre ahí presto, pero que entonces, con todos mucho más centrados en el rendimiento de las grandes vueltas y entre grandes figuras de siempre, pasó más de puntillas, hablamos de Charly Mottet.
Más de sesenta victorias le contemplan y algunas muy destacadas, en medio de dos generaciones que acapararon el trono ciclista durante casi veinte años.
Charly Mottet no fue de la quinta de Perico, Roche, Fignon y Lemond, ni perteneció a la de Indurain, Breukink, Bugno y Raúl Alcalá.
Remó en medio de todos, en un país que no era consciente de la sequía que se le venía encima en el Tour, hoy aún dura la misma.
Ni en una, ni en la otra barca, entre dos mares, pero ello no le impidió tener brillo propio, incluso en ese ciclismo, el francés, en el que el rey sol era rubio con gafas redondas y que respondía al nombre de Laurent Fignon.
Ambos compitieron fueron avispillas en el Systeme U, hasta que Mottet decidió dejar “chez Guimard” y emprender la aventura del RMO.
En sus diez años de profesional se aupó al podio no pocas veces y en carreras del nivel de Dauphiné, Lombardía, Romandía y una que dominó hasta tres veces, el Gran Premio de las Naciones, el oficioso mundial contrarreloj que ponía el colofón a cada final de temporada como si fuera un pase de modelos, con cascos, bicicletas y skinsuits que adelantaban la moda que habría de venir.
Fue segundo en el Giro que dominó Bugno de inicio a fin, y logró dos etapas en la Vuelta y tres en el Tour, una de ellas aquella famosa de Jaca, en 1991, en la víspera de Val Louron y con la prensa española cabreada por la actitud de Banesto en carrera.
Pero entre esa tela de triunfos que le situó tan arriba, hay uno que queremos destacar y que le permitió proclamar: “He llegado más alto que el Montblanc, he ganado tras 4800 metros de desnivel“.
Lo dijo exultante tras ser el primer ciclista en inscribir su nombre en la historia de la Clásica de los Alpes, una carrera que con el tiempo se erigió como efímero test para el Tour entre grandes nombres.
Eso fue una tarde de mediados de mayo del 91, en la primera edición de una carrera que con los años sería un buen termómetro para el inminente Dauphiné, a la corta, y el Tour de Francia a la larga.
Mottet logró ese triunfo en las montañas que rodeaban la ciudad alpina y termal de Aix-les-Bains en escapada junto a Robert Millar.
Ambos llegaron solos al final para jugarse el triunfo de una forma increíble para una carrera alpina, en un sprint con sur place incluido a trescientos metros de meta
Mottet, más rápido, acabó con las opciones del escocés de larga coleta y violenta pedalada.
Cómo zarandeaba la bicicleta el ciclista que hoy se llama Philippa York y firma artículos ciclistas en la prensa anglosajona.
Aquella edición inaugural sólo acabaron unos treinta ciclistas de los ciento veinte que salieron.
En esos contextos de dureza extrema, Mottet también era un maestro.
Imagen: CapoVelo.com





Francisco Santos
25 de enero, 2022 at 12:19
Valoro de Motet que lo hizo sin estimulantes, según cuentan algunos pro que compartieron carreras con él. Era espectacular al natural.