No sé cuánto queda para la Volta 100, pero contamos los minutos
En unos días sería la Volta, la Volta 100, el centenario de ediciones, que no de edad, eso fue en 2011.
Dicen que la Volta es patrimonio inmaterial de Catalunya, lo es, como el “pan tomàquet”, como la sardana, como los castellers,…
La Volta es un hilo histórico de este lugar.
Nació hace 109 años.
Tiempos convulsos aquellos, prolegómenos de la Gran Guerra, nada menos.
Durante esa primera guerra mundial creció y asemejó sus primeras formas, luego vivió sobre la dictadura de Primo de Rivera, transitó por la República y sólo padeció un paréntesis en la Guerra Civil.
Tras ésta se denominó Vuelta a Cataluña, tuvo el leal soporte de Pirelli, su gran premio muchas veces.
Tiempos de grisáceas instantáneas, desgastadas fotos de bordes rotos y grietas galopantes.
Hollada siete veces por Mariano Cañardo, su mejor ciclista de siempre, le sucedieron los más grandes de la historia.
Los tiempos modernos no han sido fáciles para el grupo coordinado por Rubén Peris.
La crisis llegó hace más de diez años, pero las vacas flacas habían aterrizado en ella desde antes.
La misma serpiente invisible que nos ha dejado sin
Escalada a Montjuïc ni Setmana Catalana, amenazó con morder la decana.
Mi prehistoria con la Volta arranca de finales de los ochenta.
Cada mes de septiembre la carrera de Sants venía a la puerta de mi casa de siempre a visitarnos con los grandes del momento exhibiendo ese compromiso que ahora ahuyentan los mejores, al menos algunos.
Por los “chapados” puestos del mercado de Sants aquel repelente mozalbete reconocía sus ídolos.
Aquel Perico enfundado en PDM, a puertas de hacerse grande en el Tour.
Ese Sean Kelly, recuerdo líder, encofrado en este maillot blanquiverde como recuerdo a la bandera andaluza que giñó su creador, Miguel Arteman, de origen en el sur de España.
Los dos Systeme U eran Charly Mottet y sí, el “megaodiado” Laurent Fignon.
Qué nombres, qué época, qué gente.
Son las estrellas de entonces, las primeras, como aquella pasión rara vez volvimos a sentir una igual.
A la sombra del monumento del ciclista erguido por esas fechas en el corazón de Sants, en la plaza que ahora se dedica al “Avi Torres”, uno de los legendarios de la carrera, le pedí uno de mis primeros autógrafos a un risueño Peio Ruiz Cabestany quien encajaba con filosofía chanzas de mi padre.
Con la Volta me hice grande.
Ese Lale Cubino que ganó como campeón de España la carrera en Port del Compte, un lugar frecuentado en los noventa.
Sí, Miguel Indurain, de quien guardo una magnífica instantánea cerca de la Alcaldía modernista de Creu Coberta, lugar que también se situaba en el mapa usual de la carrera.
Momentos en los que conocí a José Manuel Oliván en Plaza Catalunya, mis primeros pinitos con el amigo Capdevila del Sport en la Ciudadela.
Incluso la seguí algún año encajado en la organización generado un increíble álbum de fotos que algún día prometo traer aquí con Boardman, Escartín, Perico, Casero, Chiapucci,…
Fue la Volta del 97.
En la Volta nací para este mundo, crecí y le debo parte e de lo que soy.
Siempre me quedará a fuego su biblioteca y su mentor, mi amigo de siempre Ferran Bellfort.
Con ella debuté en Ciclismo a Fondo cubriendo el triunfo del Chava, con ella vimos las victorias de Heras, de Beloki, de Popovich y otras, para el Meta.
No sé cuánto queda para la Volta 100, pero seguro que el momento excepcional nos dará la edición más deseada de la historia…