Ciclismo antiguo
Hennie Kuiper también plegó un adoquín de Roubaix
“Kuiper en Roubaix” podría ser un libro sobre las cabronadas del infierno del norte
En alguna de las París-Roubaix recientes, al volante del Team Sky estaba una leyenda viva de la carrera más singular del ciclismo llamada Servais Knaven quien decía que para ganar en Roubaix, él lo hizo hace veinte años, son necesarias experiencia, fuerza y buena suerte, lo sabía bien, había 16 veces desde Compiegne y acabó otras tantas honrando la memoria de sus antepasados, entre otros Hennie Kuiper, un corredor total.
Hace cuarenta años, en Roubaix sonaban las coces de De Vlaeminck, Moser, Merckx, Raas y Hennie Kuiper, nuestro hombre de hoy.
Como Knaven, Kuipper es holandés y como Knaven, Kuiper podría escribir un libro sobre las cabronadas del infierno del norte, que son muchas, variadas y sorprendentes.
Hasta 1983 Kuiper fue nueve veces top ten en las diez que había tomado la salida y ese año estaba dispuesto a torcer la historia.
A su undécima Roubaix Kuiper llegaba mejor que nunca. Había sido un invierno de perros, con lluvia y frío, tremendo viento, jornadas de entrenamiento que te costaban años de vida, normal y deportiva.
Sin embargo Kuiper se declaraba presto, a tope: “Entrené mejor que nunca, muy duro”.
La carrera no le fue a la zaga. Se salió a mil por hora y hasta Arenberg la sucesión de acontecimientos fue tal que el desgaste psicológico empezaba a pesar en las piernas y encima cabía entrar en la recta.
De aquí salieron dieciséis unidades. Entre otros, se sostenían en vanguardia Francesco Moser, Gilbert Duclos-Lasalle, Yvon Madiot, Alain Bondue, Stephen Roche y el mentado Kuiper por cuya cabeza rondaba la necesidad de romper aquello cuanto antes a la vista de su pobre sprint en caso de llegar juntos.
Dicho y hecho, en el Carrefour de l´ Arbre, Kuiper pone toda la carne en el asador.
Es un todo o nada, la forma de rematar esas ediciones que otras veces le dejaron con las ganas de ganar. Kuiper se marcha solo y mete metros a sus perseguidores. La cosa parece hecha.
El rocoso holandés vuela hacia meta. Parece que el triunfo que precisaba su palmarés de culto estaba por llegar.
Sin embargo en Roubaix los elementos son insospechados.
A seis kilómetros de meta un imprudente fotógrafo en la cuenta no da el paso a atrás toda vez ya había encuadrado su ídolo.
Kuiper trata de esquivarlo y revienta el tubular en un recoveco entre adoquines.
Otra vez, fantasmas de antaño aparecen, pero en esta ocasión los coches, esos que en Roubaix tardan una eternidad en devolverte a la ruta, aparecen rápido y le reponen la bicicleta con el tiempo suficiente de llegar solo, empañado en polvo, gaznate seco, y ambiente fresco, al velódromo más querido.
Hennie Kuiper fue un ciclista de los que podríamos llamar de culto
Hay que reivindicar figuras como Kuiper, porque hoy serían inimaginables.
Sumó 83 triunfos en 16 temporadas, entre otros fue campeón olímpico en Múnich, aquella que derramó tanta sangre por la sinrazón terrorista, y del Mundial de 1975.
Además pisó dos veces el podio del Tour, donde ganó en Alpe d´ Huez y se quedó a un paso de ganar los cinco monumentos, sólo le faltó Lieja, curiosamente ese que dicen ser el más afín para los vueltómanos.
Imagen tomada de www.cadenceperformance.com





