Opinión ciclista
Las bondades del gran fondo se dejan notar en el Tour
Las grandes jornadas del Tour suelen ocurrir en etapas largas
El trío de etapas que ha cerrado la primera semana del Tour 2021, la misma que empezó con caídas terribles y tuvo una crono por medio, demostró una cosa: que cuando metes kilómetros la carrera gana muchos enteros.
Lo vimos entonces y lo seguimos apreciando en la segunda semana.
Fueron tres jornadas, la del viernes de casi 250 kilómetros y las otras dos de poco menos de 150, tres jornadas que hay que mirar en conjunto y con la vista puesta en lo que ha de quedar, por que, incluso mediando una jornada de descanso, el desgaste ha sido brutal.
En la etapa de Le Creusot, es cierto, la aptitud de Van Aert y Van der Poel jugó a favor de obra para que se viera la etapa que acabamos disfrutando, pero no es menos cierto que una etapa de ese tamaño y longitud era un caramelo para intentar algo más que llevar al líder en la sillita de la reina.
Todos los equipos vieron que UAE se desgastó a base de bien, con la entrega propia de tener al gran favorito y un contador de fuerzas que quedó muy merado.
La etapa en sí fue un etapón, con la misma conclusión entre Mohoric y Stuyven, sin olvidar los primeros movimientos de algunos favoritos, tipo Richard Carapaz.
Se impuso la norma que, cuando la carrera entra en franja roja y supera los doscientos kilómetros, cualquier cosa puede pasar y la lógica queda en el papel.
Como en las clásicas, ni más, ni menos, capaces de ver como Van der Poel pierde un sprint sobre Asgreen, por ejemplo.
La gran distancia obliga a los equipos a pensar y trazar estrategias cuyo resultado se hace esperar en el tiempo y transcurso de la etapa, premiando a aquellos que tiene arrestos para lanzar gente por delante y mover las piezas con acierto.
Luego estuvieron las dos jornadas alpinas, que para más de uno han sido una pesadilla de cansancio y correr a contrapié.
Las fuerzas tocadas por el maratón hacia Le Creusot quedaron al descubierto, beneficiando a quien mejor recupera, por cuestiones de genética o ensayadas, y ese no es otro que el actual líder del Tour.
Pogacar ha abierto unas diferencias enormes, impropias de este ciclismo que muchas veces plantea “etapas sprint”, olvidando que en las tres semanas la clave siempre ha sido la gestión del motor.
Por eso nunca debió salir a por Vingegaard en el Ventoux, con sofás de cinco minutos a su favor.
Aunque esas diferencias sean novedad en el presente, no dejan de conectar el ciclismo actual con el clásico, el de toda la vida, encumbrando a los capos de la carrera.
Cuando Pogacar atacó en el Col de la Romme, casi todos los líderes están solos, no hay casi terceros hombres para ponerse a minimizar los destrozos o disuadir a los rivales de intentarlo.
Y es que son etapas como la de viernes o la del sábado, incluso la remojada del domingo, las que quedan en la retina, en el recuerdo, pues los ciclistas acaban yendo tan dados de sí, que lo improbable puede dejar de serlo.
Además, que en vaciar el depósito y llevar esta gente al límite está la esencia de siempre de las grandes vueltas.
Imagen: © BORA – hansgrohe / Bettiniphoto






