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Mundo Bicicleta

Sagan llegó, vio y venció

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DT – 2022 post

Emoción sin límites para los que tuvimos la oportunidad de vivir de cerca el desarrollo de los últimos momentos de este Campeonato Mundial de ciclismo reservado a corredores profesionales, cuya celebración y apoteosis tuvo lugar en la ciudad estadounidense de Richmond, emplazada en el Estado de Virginia, cumpliendo su LXXXII edición.

Un título con gloria

Oportunismo muy osado el mostrado por el joven corredor eslovaco Peter Sagan (25 años), nacido en la localidad de Zilina, que realizó un feroz ataque a un conglomerado bastante numeroso de oponentes cuando restaban tan sólo dos kilómetros y medio para cruzar la línea de meta, meta que le proclamaría campeón del mundo de fondo en carretera.

Sorpresa mayúscula fue el de que precisamente en una dura subida adoquinada fraguara tan inesperada escaramuza que finalizó en plena gloria, valiéndole el conquistar la codiciada camiseta irisada, con sus colores que tanto atraen al gran público, un alto honor que en realidad nadie olvida. Su acción fue sorprendente cara a sus más temibles adversarios, que no llegaron a imaginar que en aquella temible ascensión se permitiera Sagan el lujo de torpedear tan fulminante ataque.

Si Sagan hasta la fecha ha alcanzado fama dentro del deporte de las dos ruedas, se debe exclusivamente a su gran arma que es la velocidad, en donde siempre han brillado su estrella y sus triunfos. Su fuerte hasta ahora han sido sus continuadas victorias conseguidas en última instancia al enfrentarse a un grupo o a un gran pelotón compacto, una labor a todas luces un tanto arriesgada que no todos los ciclistas se sienten con ánimos a afrontar.

Esta vez, pudo zafarse de los veinticuatro corredores que perseguían, al igual que él, el conquistar tan preciado título. Todo aconteció en los últimos compases de la prueba.

Tal alternativa fue un tanto difícil dado que el circuito por donde discurría este Campeonato del Mundo no poseía obstáculos suficientes para provocar una selección de corredores entre unos y otros. Se sucedieron, eso sí,  algunas escapadas que animaron a la carrera y que no llegaron a feliz término. El pelotón como es costumbre controlaba la situación y los  aspirantes al máximo galardón se mantuvieron más bien a la expectativa dando largas al asunto que quedaba en el aire sin resolver.

Ya esperábamos, esta fue la verdad, que la papeleta del mundial se resolvería en el último respiro bajo un grupo más o menos apretado. Muy poco faltó para ello. Sagán decidió romper los esquemas y los vaticinios, y se nos fue en solitario hacia adelante. Tomó unos pocos segundos de ventaja, los suficientes para triunfar incluso ligeramente destacado.  Era una viva estampa que no conocíamos en él, acostumbrado a disputar la victoria tal o cuál bajo una tumultuosa llegada y mezclado entre ciclistas, unidos todos cual fueran una piña. Perdonen nuestra gráfica expresión.

A continuación se clasificaron el australiano Michael Matthews, el lituano Ramunas Navardauskas, el noruego Alexander Kristoff y nuestro representante español Alejandro Valverde, en este orden. Esta vez no pudo pisar podio, consiguiendo una actuación que le honra una vez más. Aprovechamos para señalar que sus compañeros, el madrileño Daniel Moreno (27º), y el murciano Luís León Sánchez (30º), no pudieron llegar a más arriba, aunque en algunas fases de este Campeonato se hicieron notar dando la cara.

El eterno segundo en el pasado Tour

Recordamos que en el último Tour de Francia, una competición que encierra tanta esperanza, a Peter Sagan no le acompañó la suerte en el transcurso de las etapas. No ganó en ninguna de ellas, aunque lo intentara con mucha voluntad. Fue segundo: en Zelande (2ª etapa), en Amiens (5ª), en Le Havre (6ª), en Rodez (13ª) y finalmente en Gap (16ª). Sin embargo, sí logró ser rey en la clasificación general por puntos, una merecida consolación a su persistente adversidad.

Un poco la historia acerca del Mundial

Se entiende que hacemos referencia a los ciclistas profesionales de carretera en el escenario del Mundial, competición de alto rango que se inició en Nürburgring (Alemania), concretamente en el año 1927, con el triunfo del italiano Alfredo Binda, que luego conquistaría dos títulos más, en 1930 y 1932, marca que ha sido igualada únicamente por los belgas Henri Van Steenbergen (1949, 1956 y 1957) y Eddy Merckx (1967, 1971 y 1974), y el español Óscar Freire (1999, 2001 y 2004). Debemos adicionar en el elenco, aunque fuera por una sola vez el vestir la elástica de arco iris, a Abraham Olano (1995), en Duitama (Colombia) y a Igor Astarloa (2003), en Hamilton (Canadá).

Por Naciones, sigue imperando el dominio ejercido por Bélgica, que ha acaparado veinticinco títulos mundiales de carretera. A continuación anotamos a Italia, con 19, y a Francia y Holanda, con 8. España, figura con cinco medallas de oro, tal como hemos señalado en el apartado anterior.

Por  Gerardo  Fuster  

Imagen tomada del FB de la UCI

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Mundo Bicicleta

El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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Países Bajos: un ancestral amor por la bicicleta

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Así se vive la bicicleta en cualquier viaje por los Países Bajos

Poned un pie en Amsterdam, en los Países Bajos. Si usamos la vía normal será a través del principal aeropuerto del pequeño estado que ganó terreno al mar, Schiphol. Luego cogeréis un tren dirección estación central y allí accederéis a la vida normal de una ciudad que parece no dormir nunca.

Y lo veréis, un parking de varios pisos de altura donde se sitúan encajadas que digo cientos, miles de bicicletas, perfectamente acopladas, situadas y alineadas en grandes hileras.

Un espectáculo de civilización. Daréis dos pasos y os pitarán por izquierda y derecha, quizá hasta por arriba y abajo, son bicicletas que van y vienen. Gente de todas las edades, chicas con falda, ejecutivos con traje.

Todo armonía. Todo simple.

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Apreciaréis riadas, continuos movimientos informes de personas sobre su bici, también que el tráfico es menos denso, como más fluido.

Atascos habrá, como en todas las grandes urbes, pero mucho más llevaderos. Coger un bus, llamad a un taxi. Comparadlo con Madrid o Barcelona. Aquello va como más ligero.

Coged un tren e id a La Haya, o Delft, ciudades preciosas, modernas con sus enclaves de siempre, acanaladas en algún caso y sembradas, auténticamente trufadas de bicicletas.

Disfrutad de los bajos de las estaciones de tren con bicis que van y vienen, mirad el parking para bicis en Delft.

Acercaros a la que dicen ser la más católica de las ciudades de los Países Bajos, id a Utrech, la que vio la salida de Tour de 2015 o la de la Vuelta 2022.

Es una ciudad por y para ciclistas.

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Sinceramente, las flacas abruman, es terrible, son las reinas del paisaje, de la calzada y casi de las aceras, los coches frenan al verlas pasar, son el auténtico motor del lugar y del país.

Una isla en medio de países fuertemente motorizados, porque en sus senos crecieron grandes industrias automovilísticas.

Al norte Suecia, donde el respeto al ciclista no es la norma, al oeste Francia, al sur Alemania.

Ahora estos países y otros se quieren subir a los beneficios de la la bicicleta, pero estos ya se respiran en los Países Bajos desde hace tiempo ¿por qué? ¿de dónde viene ese arraigo?

Pues le viene de lejos, de tan lejos que hay que irse al 1870. Mientras Alemania sueña en grande con Bismarck, los neerlandeses adoptan la bicicleta como elemento propio y diferenciador, un instrumento que además perdura ante la inexistente industria del coche del país, lo que le confiere autonomía en la planificación de las ciudades.

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En esas fechas surgen las primeras asociaciones de velocipedistas, que hacen un ímprobo trabajo en la promoción de la bicicleta, esa máquina que entroncaba con la época de los grandes navegantes que yacen en las iglesias de Amsterdam, tiempos de esplendor que se recrean a través del equilibrio, libertad e independencia, valores que transmite la bicicleta, hoy la reina del lugar.

Y si no mirad lo que era Amsterdam en los años setenta, una utopía que casi cincuenta años después muchas ciudades europeas sueñan con ser.

Ellos ya lo eran entonces, nos llevan mucha ventaja.

Imagen: Amsterdam Bikes

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Pedaleando por el techo del mundo

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El Semo La, en el Tíbet chino, les esperaba en el techo del mundo

En el techo del mundo. Así se podían sentir, en la montaña más alta del planeta que se puede ascender en bicicleta: el Semo La, en el Tíbet chino. La fecha, 14 de julio de 2005 y allí estaba en su cima la expedición catalana a este reto: Xavier Romero, Manel García y Jordi Pons, nuestro protagonista de hoy (en la foto, en el centro). Querían demostrar que el Semo La era unos 150 metros más alto que el Khardung La (Tíbet indio) -el «Highest Motorable (y ciclable) Pass»- que figura en el Libro Guiness de los récords. Y lo consiguieron y así lo certificaron.

Aquel mes de julio, saturados de estudiar fotografías aéreas y mapas, volvieron al Tíbet donde tuvieron la satisfacción de ascender y medir el puerto ciclable que probablemente sea el camino para vehículos más alto del planeta: el Semo La, 5565 m, 206 m más alto que el Khardung La, que en la medición dio 5359 m en lugar de los 5602 m que erróneamente figuraba en muchos lugares.

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En el puerto tomaron muchos datos de los satélites y los grabaron en un GPS profesional durante una hora, para tener pruebas irrefutables del hecho. La ascensión al Semo La fue muy dura. Fue un día de mucho viento y frío. Y lo hicieron sin poner pie a tierra en este gigantesco puerto, tal y como nos explica Jordi Pons.

Nacido en Barcelona, biólogo y profesor de ciencias, y gran amante de la bicicleta de carretera y montaña, a pesar que «de pequeño no tuve ni bicicleta y no fue hasta que tuve 20 años que me pude comprar una«. Recuerda que su primera gran aventura en bici fue ir a Burdeos y ya desde entonces no paró. Con su bici recorrió desde los Pirineos y los Alpes hasta la Península de Kamchatka (2003), pasando por el Himalaya (2002) y participó en maratones y triatlones como el de Embrunman, en 1989.

Es coautor de «Altimetria dels ports de Catalunya» (1991) y es un gran aficionado a la escritura en épicos relatos donde nos explica sus aventuras extremas, como en el libro que auto editó «Pedasalcel, buscando los puertos más altos del Planeta», basado en sus viajes en bici por el Himalaya. «Pedasalcel» fue precisamente el nombre de este proyecto, porque «montar en bici nos saca, literalmente, los pies del suelo, y pensábamos subir lo más arriba posible, buscando el lugar más alto del planeta donde se pueda ir sin motor ni tocando los pies en el suelo, sino pedaleando».

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Y eso que a aquella altitud pedalear por aquellas pistas les costaba más que caminar y tenían que mantener una velocidad mínima para no caer, añadido todo a una vasta zona donde no había poblaciones, con lo que eso suponía de falta de alimentos, recambios, suministros y abrigo, y donde las aguas eran salobres. La bici que utilizó fue una de montaña con doble suspensión, bielas de 180 mm y Rotor.

Aquel 14 de julio, día de la ascensión y medida del gran puerto, hicieron 73 km por encima de los 5100 metros, una buena paliza. «Realmente la ilusión ayuda mucho en las montañas».

Jordi, explícanos tus mayores proezas encima de la bici:

Prefiero mejor hablar de recuerdos: con mi primera bici, que era de paseo, me fui hasta Burdeos, con 20 años. ¡Vaya aventura! Luego acabé la Marmotte en 1990, con un «hierro». También he subido el Angliru, donde no puse pie a tierra pero tuve que hacer alguna “S”: la rampa al final de la Cueña de les Cabres es monstruosa. Y luego los grandes viajes: de Lhasa a Katmandú (y campo base tibetano del Everest) en bici de carretera el 2002. En bici de montaña la travesía por Kamchatka (Siberia oriental) el 2003 y este recorrido para medir los puertos más altos del mundo en el 2005.

¿Qué problemas pueden surgir en una aventura de estas características?

Un viaje en bici por el Himalaya comporta muchas molestias y gastos en los aeropuertos para llegar a tener tu propia bici en buen estado en el punto de partida. Pero esto no es nada comparado con los trámites burocráticos que hacen falta para que te dejen viajar de forma autónoma las autoridades chinas que ocupan el Tíbet. Superado todo esto sólo queda pedalear y ya no parece tan difícil.

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¿Cómo fue la experiencia?

Pocos lugares están tan aislados del resto del mundo como el Tíbet. Esto añade un aliciente al que quiera recorrer en bici este desolado país. El exotismo se agradece, pero la falta de oxígeno, de comodidades y de comida, hacen que no sea un lugar para un viaje de placer y menos aún en bici. Fue una experiencia dura donde nos dejamos una parte de nosotros mismo, 7 kg exactamente.

¿Seguiste algún entreno específico?

Jo hacía unos 6 mil km al año. No es mucho y para hacer este tipo de travesías no hace falta ser un superhombre. Lo puede hacer cualquier persona bien entrenada y aclimatada.

¿Cuánto tardasteis en hacer la ruta?

Fue muy larga. Cogimos hasta siete aviones para llegar y necesitamos cuarenta días. Hicimos entre 30 y 100 km diarios.

Por Jordi Escrihuela

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“Mira, es el jodido Tyler Hamilton”

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Tyler Hamilton relata, en riguroso orden cronológico, la tempestad que sacudió su calma mental 

El otro día me devolvieron el libro de Tyler Hamilton, una historia que nació cuando moría la sucesión de los hechos que cuenta.

Una espiral, una vorágine.

Como esa agua que abandona aturullada el desagüe de un lavabo.

Tyler Hamilton relata, en riguroso orden cronológico, la tempestad que sacudió su calma mental.

Sí. Aquí nos hicimos eco de la obra que sinceramente pone al descubierto muchas cosas.

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Su valor es doble, a dos aguas.

Por un lado, documental, prueba y atestigua varias verdades, a saber…

Lance Armstrong fue un gánster de la peor calaña surgido sobre las cenizas de una enfermedad.

España era, quiero pensar que no sigue siéndolo, el paraíso del dopaje.

El sistema que rodea al ciclismo no invita a ser coherente con tu ética ni valores de niñez.

Sin embargo, y por una regla de tres que se nos escapa, el ciclismo sigue vivo, es motivacional y mucha gente se sigue inspirando en él. Paradójico.

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Empecemos. Tyler Hamilton lleva una vida piramidal.

Arriba, Lance Armstrong, hilo conductor de la narración, presente en presentación, nudo y desenlace.

Si el tejano no quisiera salir, sería imposible la concepción de la obra.

En medio dos médicos listísimos, uno, Michele Ferrari, el otro Eufemiano Fuentes, el tipo más avispado que ha pisado los aledaños del pelotón.

Trabajó con tantos y tanto tiempo a la vez, que es increíble cómo una persona puede mantener tal omnipresencia.

Abajo, en los vértices, dos directores, desalmados, carentes de escrúpulos, hijos directos de los milagros de los noventa.

Uno Johan Bruyneel, el otro, el “forzudo en persona” como él llama el ciclista en su redacción, Bjarne Rijs.

Salen otros muchos nombres, otras muchas situaciones, otros muchos lugares.

El libro de Hamilton responde a muchas preguntas.

Desconozco su grado de sinceridad.

Su forma de hacer es conocida, se introduce en un mundillo, admite verse “obligado”, acepta las reglas, las ejecuta y cuando se ve expulsado, canta como un pichoncillo.

Su confesión fue detallada, exacta, acusadora pero también tardía, al calor de una editorial y múltiples traducciones.

Ello le quita valor, qué duda cabe, como el obvio retoque de un autor, Daniel Coyle, sin embargo damos por buenas muchas de las mierdas que cuenta.

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Porque Hamilton no hace más que retratar la vida misma. Wall Street en el ciclismo.

Hay un párrafo sobre Thom Weisel, impulsor del US Postal, en una reunión californiana en enero de 1997.

Hacerlo de una jodida vez” les dice a los chicos.

Hartos de descolgarse de las furibundas carreras europeas, donde se ven lejos de los mejores, el patrón les espolea.

No dudó en poner los mejores medios. No hubo cortapisas.

Pasados los 1000 días de gracia en el profesionalismo, el ciclista pasa de ser un inocente ser en proceso de aprendizaje a introducirse en las catacumbas éticas y morales.

Querían la fama, pero como decía la serie “la fama cuesta” 

La expresión que titula este post es el sumun, la cima.

Tyler Hamilton, en el cénit de su fama, recién venido de aquella trepada kilométrica con final en Bayona, abrió una jornada en el American Stock Exchange, un honor enorme, bíblico, en el mundo de halcones que se movió este tímido ciclista.

Eh, mira, es el jodido Tyler Hamilton” canturreaban los agentes.

Esa fue la realidad que vivió Hamilton. Una realidad bien retratada, un buen trabajo, tardío, pero bueno y con ello nos debemos quedar.

Imagen: Aeon

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